Llegué treinta minutos antes de la hora acordada. Mónica dijo que era urgente que
nos viéramos pues tenía algo muy importante que platicar conmigo. Intenté que me dijera sobre qué iba todo el asunto, pero se
negó a decir palabra alguna hasta
que nos encontráramos cara a cara. Son las
cinco con treinta y la cantina se encuentra desierta. Pido una cerveza, temiendo la
naturaleza de la noticia que está por darme. Desde hace dos
meses que no sabía nada de ella y de pronto
reaparece. Bebo la cerveza al hilo y pido otra. No quiero estar sobrio para lo
que sé que pasará. El cantinero me mira con curiosidad.
"¿Día difícil, joven?", pregunta.
"Y está por ponerse peor", suspiré.
Dos hombres entran y se sientan frente a la barra para charlar
con el cantinero. Bromean, piden cerveza. Su alegría me resulta insoportable. Cada minuto que pasa me hace sentir más molesto, nervioso. Ya no tarda en llegar Mónica. No sé por qué eligió este lugar para
encontrarnos. Aquí fue donde estuve con ella
hace dos meses. Antes de que la maldita desapareciera. Su celular apagado,
nadie que la localizara. Ese día nosotros éramos los que estábamos en la barra, sentados
muy juntos. Recuerdo haberle dicho que quería treparla en la barra y cogérmela ahí mismo, a la vista de todos
como un par de animales. Ella sólo reía, me daba una palmada en la
mano y me decía que me estuviera quieto. Le
encantaba todo eso, mis palabras obscenas, mi fiero deseo por ella. Sus ojos
brillaban, me invitaban a continuar.
Pido otra cerveza. Hace tres meses comenzamos a tener
relaciones. Justo cuando tuvo su pelea con "Armando", como se hace
llamar la pendeja de su ex novia. Resultó que una amiga de Mónica le contó que vio a Armando besándose con una chavita de prepa en la Plaza Cibeles, en
Irapuato. Mónica confrontó a Armando y, tras una larga y violenta discusión, cortaron. Ella vino a Guanajuato a llorar sobre mi
hombro. Yo, como buen imbécil que soy, no perdí la oportunidad y busqué sacarle el mejor provecho. Mónica me encantaba, pero como según ella era lesbiana y tenía por novia a una mujer que se
hace llamar Armando, me mantuve a distancia. Forjé una relación de amistad sincera con ella, nos divertíamos juntos. En más de una ocasión le comenté mi atracción por ella, y en más de una ocasión ella respondió con un gracias y nada más. Pero qué caray, acababa de cortar y
necesitaba sentirse querida, deseada.
El cantinero hace una pausa en su charla con los señores, y me pregunta si quiero otra cerveza. Al carajo, ¡otra más! Los dones me saludan y me
invitan esa cerveza. Hoy es un día para festejar, dijeron, ¿y por que no? Después de todo, puede que hoy sea un
día terrible. Brindo con ellos un momento y regreso a mi
mesa. Recuerdo que la cantina se encontraba llena ese día. Nadie se percató de que entramos juntos al baño. Nadie la escuchó cuando gimió como loca y tuve que ponerle mi mano en la boca para
evitar que gritara. El sólo recordarlo me provoca una erección. ¡Pendejo! Ahora no es el
momento para pensar con el pito. Lo más probable es que esté embarazada y todo se vaya al carajo. Ya la imagino frente
a mí, con los ojos llorosos,
preguntándome qué es lo que vamos a hacer. Y yo como pendejo sin decir una
palabra. Viendo todos y cada uno de los pilares de mi vida derrumbarse, hacerse
añicos frente a mí.
Lo mejor será que no me haga ideas hasta
que la vea. Quizás necesitaba darse un tiempo o
algo así, yo qué sé. Pido otra cerveza, que sigan
viniendo. Cuando salimos del baño había una larga fila de mujeres esperando entrar. Mónica resintió sus miradas de sorpresa al vernos
salir juntos y me pidió que nos fuéramos a mi casa. A mi casa... Me dijo que quería fumar marihuana y olvidarse de todo. Paramos en un oxxo y
compramos un veinticuatro de tecate light.
A unos metros de mi casa, subiendo por la Calzada de Guadalupe, dijo necesitar
un descanso, estaba agotada. Me paré a su lado y puse las bolsas
en el suelo, yo también necesitaba reposar. Sin
previo aviso, se me lanzó encima, besándome con avidez. Ni siquiera me dio oportunidad de dar un
respiro. Luego se separó de mí y me miró a los ojos con suma seriedad,
como si estuviera buscando un rastro de mentira en mis ojos. Me preguntó si yo la amaba. Dudé un instante sobre mi
respuesta, un momento que pasó desapercibido por el ladrido
de un perro a la distancia.
Me termino la cerveza y pido otra. Qué-más-da. Que todo se vaya al caño, yo a la cabeza. ¿Cómo pude ser tan idiota? Lo peor será decirles a mis papás. Puta... la cagada que me
darán. "¿Qué crees que hiciste?"
"¿Estás consciente de la estupidez que acabas de cometer?"
"¿Tú vas a trabajar para mantenerlo?, porque nosotros no lo
vamos a hacer." Sí, ya lo veo.
Creo que nunca me había parecido tan hermosa como
ahora, la idea del suicidio. Poner una bala en el barril, hacer que gire y que
la muerte llegue cuando mi suerte acabe. Esa sería una buena salida para mi
problema. Pero, ¿dónde puedo comprar un arma y cuánto cuesta? No hay remedio. Será como cuando mi papá me enseñó a nadar. Su método era simple e infalible:
"Si nadas de perrito, te vuelvo a arrojar." A ser hombrecito y
afrontar las consecuencias.
No estoy hecho para ser padre. Lo puedo jurar ahora y
cuando el niño, o la niña, tenga dieciocho años: no fui hecho para ser
padre. Nunca lo había contemplado hasta ahora, y eso es por algo. Creo que eso de tener una familia es para un valiente, algo así como un héroe moderno. Alguien que esté dispuesto a cargar con todo ese peso, con todas esas
obligaciones y responsabilidades. Alguien que no soy yo. No me veo yendo a
recoger a mis hijos al colegio, o pagando las mensualidades de una mini van, y mucho menos cambiando un pañal. No puedo ni imaginarme haciendo todo eso.
No creo que el aborto sea una opción. La idea de que licúen al feto como si fuera un smoothie de fresa me parece escalofriante. Ciertamente no me hubiera gustado que
me hicieran eso cuando ni siquiera podía opinar, qué humillante. ¡Otra cerveza!
El cantinero me mira angustiado. Me entrega la última cerveza y la cuenta. "Creo que ya está muy bebido, joven", me dice. Le doy las gracias y
pago mi cuenta. No supe cuanto fue. Miro el reloj en mi celular y me sorprendo
al ver que son las seis. En cualquier momento llegará Mónica. Estoy hasta el culo de
ebrio y no quiero que me vea así: derrotado. Me siento tan
angustiado que podría romperme a llorar junto con
ella por el hijo que tendremos. No hay otro modo. Le doy los últimos tres tragos a mi
cerveza, me despido del trío, y salgo de la cantina con
rumbo incierto. Mónica puede esperarme otro día más. Otro día en que no quiera romper a llorar como un bebé.
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