martes, 18 de marzo de 2014

Amor como el mío




Mi querida y dulce Marta. Mi adorada, mi musa, mi todo. Ha pasado una semana desde nuestro último encuentro. Una semana que se asemeja a un milenio de dolor en el cual me fue imposible verte. En la penumbra de la habitación me regocijaba con tu palpitante recuerdo. No lo negaré, me tocaba pensando en ti. Anhelando tus besos fríos por sobre todas las cosas. Pero no es sólo mi deseo por ti el que me hace pensarte a cada momento. No, no es sólo eso. Lo he meditado desde nuestro primer encuentro y desde entonces no me abandona aquel sentimiento, aquella emoción febril que raya en lo infantil. Te amo. Estoy tan convencido de ello, como lo estoy de que lo único que deseo es pasar el resto de mi vida contigo. Sé que es apresurado, pero jamás había estado tan seguro de algo en mi vida. No he sentido algo así por alguien como lo hago por ti, mi Marta, mi pequeña.

Lamentablemente, sabemos que lo nuestro no tiene futuro. Que sólo podremos vernos dos veces más, si acaso. Me parte el corazón saberlo, me destroza por dentro y la angustia de saber que ese momento se acerca me oprime el pecho, impidiéndome sentir más que dolor. No quiero pensar en ello, pero me es inevitable. Supongo que no debo pensar en lo que pasará, sino en lo que es. Recuerdo el primer momento en el que te vi a la orilla de la carretera. Cargabas una gran mochila para acampar que a tu lado se veía enorme. Lucías adorable. Fue por eso que me detuve para darte aventón. En el instante en el que te vi supe que iba a caer enamorado sin remedio. No tuve opción alguna, estaba escrito. Estabas tan emocionada por tu viaje, feliz de ir por primera vez de campamento con tus compañeros de la universidad. Hablabas tan deprisa que apenas podía entenderte, pero aún así conseguiste robarte toda mi atención. Y mi corazón. Tuve que fingir que trabajaba en el parque al cual ibas a acampar. La mentira era lo que me mantendría más tiempo contigo. Fue una simple fortuna que hubieras quedado de verte con tus amigos en la entrada del parque. Eso lo hizo todo más fácil. Qué risa me dio cuando pasamos a su lado y no se dieron cuenta de que estabas oculta en el asiento trasero de mi camioneta. Sé que tú también querías aprovechar para conocernos más. Que como yo, habías estado esperando un largo tiempo por un amor como el que sólo nosotros podíamos darnos. Un amor que traspasara tiempo y espacio, que no conociera barrera alguna. Gracias a eso es que podremos estar juntos ahora, teníamos que deshacernos de todo y de todos para estar a solas y conocernos en la intimidad. 

¿Recuerdas cuando, jadeantes y cansados, nos prometimos amor eterno? Tú apenas y podías hablar. El aliento no llegaba a ti. Me tumbé a tu lado, exhausto de tanto amarte, y te contemplé como a la más bella de las creaciones de dios. Aún con ramas y hojas en tu cabello y ropa, te veías hermosa. La felicidad no me cabía en el pecho. Pensar que encontraría al amor de mi vida a la orilla de la carretera y que terminaríamos haciendo el amor a mitad de la sierra, era algo que jamás me había pasado por la cabeza. Pasamos el resto de la tarde recostados sobre la tierra, observando al sol caer y perderse tras las montañas. Fue un magnífico día.

Ahora nos encontraremos una vez más en el mismo lugar. Nuestro lugar. Estoy seguro que te encuentras tan emocionada como yo. Traigo conmigo un obsequio para ti. Fui al centro comercial y te compré un vestido rojo que te quedará de maravilla. Y no sólo eso, también traje maquillaje. Haremos de esta una reunión perfecta. Quedarás bellísima, ya lo verás. Estaciono mi camioneta al final del camino, detrás de una colina para evitar que la vean desde la distancia. Después de aquí, es una caminata de diez minutos al lugar donde te encuentras esperándome. Casi voy brincando del gusto. ¡Las ganas que tengo de verte! 

La segunda vez que nos vimos me encontraba sumamente nervioso. Lo juro. No sabía qué decir, cómo comportarme a tu lado. Una semana había pasado desde nuestro primer encuentro y no sabía en qué estado te encontraría. Regresé a nuestro lugar con un poco de maquillaje que compré de camino hacia acá. Me hiciste peinarte y dejarte bella. Usabas la misma ropa que en nuestra primera cita. Por eso es que ahora traje un vestido, sé que te encantará verte femenina para mí. También traje una cesta con una botella de vino tinto, una manta y unos cuantos bocadillos para pasar la tarde. Me siento tan hambriento de ti que podría comerte. Sin duda eres la mujer más maravillosa que haya conocido en mi vida. He tenido novias, pero ninguna me ha hecho sentir un amor tan inmenso como el que siento por ti, mi Marta. 

Me abro camino por los arbustos y entro a una pequeña cueva a la orilla de la montaña. Ningún campista llega a esta zona, no hay nadie que nos pueda molestar, nadie que nos juzgue. Un amor como el nuestro debe esconderse, nadie lo comprendería. Ese es uno de los motivos por los cuales nos tendremos que separar, mi querida Marta. El terrible y juicioso mundo en el que vivimos, además de que tu condición no nos permitiría disfrutar mucho tiempo nuestro amor. Antes de que deba enterrar mis sentimientos por ti, te disfrutaré a plenitud. Me tendrás por el resto del tiempo que nos quede juntos. Antes de que el sol se meta y nuestro amor desaparezca con el ocaso. 

He llegado ante ti, mi bella durmiente. Me arrodillo a tu lado y te beso con pasión creciente. ¡Cuánto te extrañaba! ¡Cuánto te necesitaba! Me separo de ti para observar tu belleza. Tu ropa está sucia de tantos días de dormir en el suelo. Te arreglo un poco el cabello y te beso nuevamente. Prometo ponerte bella. 

Extiendo la manta en el suelo y te ayudo recostarte sobre ella. Retiro tu blusa, el brasier y el pantalón. Dejaré tus pantimedias para que sea más excitante removerlas antes de amarte. No puedo dejar de contemplar la belleza de tu cuerpo mientras recorro tu piel con los dedos. Un cuerpo como el tuyo merece un monumento. Saco el cepillo de la canasta y comienzo a limpiar tu cabello de hojas y tierra mientras te cuento sobre mi semana lejos de ti, del dolor que sentí al no tenerte conmigo a cada momento del día. Sé que no me escuchas, pero no importa. Mi único interés es estar contigo. Termino de arreglar tu cabello y saco el vestido del interior de la canasta y lo extiendo a tu lado. Creo que elegí la talla correcta. Antes de ponértelo me acuesto sobre ti para besarte, no puedo creer que toda mi vida estuve lejos de ti, de tu aroma, de tu cuerpo que me hace estremecer. No puedo esperar más, me desabrocho el pantalón y lo bajo hasta las rodillas, restregando mi miembro contra tu ropa interior. Te beso y muerdo los pechos, no quiero alejarme nunca de ti. Tus besos tienen un sabor más fuerte, han pasado ya dos semanas, es natural que huelas un poco mal después de estar tanto tiempo de campamento. Te retiro las pantimedias y me abro paso hacia tu interior, besándote en la boca con la pasión del poeta, con la fiereza de una bestia. Te hago el amor dulce y despacio, disfrutando cada instante en tu interior. 

De pronto escucho gritos a lo lejos: "¡Allá están, por allá!". Perros que ladran, más gente gritando. Apresuré mis embates para terminar antes de que nos separen. Juro por dios que no me detendrán, no alcanzarán. Descienden por el monte, se abren paso entre los matorrales hasta el claro afuera de la cueva. "¡Deténganlo!" Sólo un poco más, eso es todo lo que necesito. Un par de brazos me levantan con brusquedad y me arrojan a metros de ti. Me golpeo la cabeza en la caída y todo parece muy confuso. Uno de ellos se monta sobre mi espalda y me toma por las muñecas. "¡No! ¡No! ¡No pueden hacerlo, no pueden hacerlo! ¡No!" Sabía que nadie comprendería un amor como el nuestro, como el mío. Me ponen de pie mientras envuelven tu cuerpo con la manta. El ocaso de nuestro amor llegó.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario