viernes, 28 de febrero de 2014

Festín para uno



Escuela


No hay un solo día en que no piense en él. En su carita sonriente al mostrarme el diente que se le había caído mientras estaba en la escuela, o cuando me despertaba temprano por los domingos para jugar béisbol. Era un dínamo. No había nada que lo detuviera. Ni siquiera cuando se rompió un brazo al caer del sauce en el patio trasero. Nada. Siempre tenía energía para todo, aún para las cosas que no le gustaban hacer.

La puerta de mi oficina se abre y aparto la vista del portarretratos sobre mi escritorio. Asomando la cabeza como una tortuga, mi secretaria me informa que los padres de David Meléndez están aquí y quieren hablar conmigo. Le hago una seña en afirmación y me arreglo la corbata. La puerta se abre nuevamente, dando paso a los Meléndez. Entran y se quedan de pie ante la puerta, sin saber qué hacer.

Me pongo de pie para saludarlos. Caminan nerviosamente hacia mí. Les doy la mano y me siento. Ellos se quedan de pie. 'Tomen asiento, por favor', les digo. Murmuran algo como un sí y se acomodan en las dos sillas frente a mi escritorio. 'Entonces... ¿en qué les puedo ayudar?'

Se miran el uno al otro, debatiéndose quién de los dos se encargará de hablar. El padre agacha la cabeza y suspira rendido.

'Disculpe que vengamos así, es solo que no sabemos a quién más recurrir.' Clava la vista en el suelo, escondiendo su tristeza. Pensé que lloraría al terminar la frase. La esposa no para de ver el portarretratos con la foto de Enrique, mi hijo. 'No encontramos a nuestro hijo. Ayer por la mañana fue la última vez que lo vimos.' El hombre se recompone, me mira esperando a que diga algo. La esposa también me mira.

'¿Cómo?, ¿no saben dónde se encuentra David?', pregunto. Ambos me miran como si mi pregunta los hubiera ofendido en lo más profundo. 'Lamento cómo se escuchó eso, no quise criticarlos, pero no estábamos al tanto de la situación.'

'Ayer lo traje a la escuela en la mañana. Por la tarde yo tenía que pasar por él, pero las cosas se complicaron en el trabajo y salí dos horas tarde. Cuando llegué a la escuela, estaba vacía. Mi hijo no estaba. Le pregunté al intendente si lo había visto, pero no él no sabía nada. Llamé a mi esposa, pensando que quizás ella hubiera pasado por él. Pero tampoco sabía nada. Nada.' Los ojos se le llenaron de lágrimas. La esposa comenzó a llorar, ocultando su rostro con un pañuelo.

'Esperábamos que usted nos pudiera ayudar a saber dónde se encuentra mi hijo', dijo ella. De reojo vi el retrato de Enrique. Me pregunto qué haría yo en una situación así. ¿Cómo me sentiría?

'¿Ya han hablado con la policía?', les pregunto.

'Sí, pero no han hecho nada. Nos dijeron que tenía que pasar al menos setenta y dos horas para que a alguien se le considere desaparecido. ¡Setenta y dos horas!' La madre parece al borde de un colapso. El padre no deja de mirar el suelo, sumido en la culpa. Sabe que es responsable de que su hijo haya desaparecido. Sabe que debió haberle prestado más atención. Todos se sienten igual después de que algo así sucede. Saben que pudieron haberlo evitado.

'No puedo ni imaginarme cómo se sienten. Pero tengan por seguro que haré lo que esté a mi alcance. Llamaré a una junta de maestros, y le comunicaré a los profesores que pregunten a los niños si saben algo. Sé que no es mucho. Pero quizás alguno ellos sepa qué sucedió, o si vieron a alguien llevarse a su hijo.' Como si un rayo le hubiera caído encima, la señora rompió en un llanto agudo y lastimoso.

'Sabemos que el que alguien se lo haya llevado es una opción, es solo que... ¿qué clase de persona haría algo así?' Dijo el señor Meléndez. Me quedé en silencio, observando a mi hijo sonreír desde el extremo izquierdo de mi escritorio. ¿Qué clase de persona haría algo así?

'Esperemos que ese no sea el caso. Tal vez intentó regresar a casa por su cuenta y se perdió. Sé que es difícil para ustedes, pero creo que necesitan ir a casa e intentar descansar. Yo les llamaré cuando haya información por parte de los profesores o de los alumnos.' Me puse de pie para indicarles que la charla había concluido. El señor Meléndez me dio la mano y salieron de mi oficina. Tan tristes, destrozados.

Un niño perdido. Como en la historia de Peter Pan. Su favorita. Me asomé a la ventana que da hacia el patio y vi a todos esos niños. Corriendo, jugando. Perdidos en la gracia de la niñez. Verlo correr entre ellos me haría sumamente feliz. Una lágrima escapa y desciende por mi mejilla. La limpio con el dorso de mi mano izquierda y observo cómo va desapareciendo poco a poco hasta dejar una huella blanca de sal. Faltan quince minutos para que termine el receso. Llamo a mi secretaria para pedirle que convoque a los profesores en mi oficina.

La mayoría de ellos se encontraban en la sala de maestros, en la planta baja, así que no tardaron más de unos minutos en llegar.

'¿Qué sucede, Adrián?, preguntó Eugenia, la profesora de historia.

'Hace unos minutos salieron de mi oficina el señor y la señora Meléndez', dije mirándolos a todos, escudriñando sus expresiones.

'¿Los padres de David?', preguntó alguno de ellos.

'Sí. Me dijeron que desde el día de ayer, por la mañana, no han vuelto a ver a David. Su papá tenía que pasar por él a la salida del colegio, pero por complicaciones en su trabajo, llegó dos horas más tarde. No lo encontró dentro de las instalaciones, ni afuera.'

'¡Ay, no!', exclamó Marina, la profesora de Español, '¿no creen que lo habrán raptado, o sí?'

'No creo que sea bueno sacar conclusiones aún, Marina', Ofelia, profesora de Matemáticas.

'Opino lo mismo. La policía ya está al corriente, así que solo queda esperar a que ellos comiencen a actuar. Si alguno de ustedes sabe algo, háganmelo saber.' Dije yo.

'Yo recuerdo haberlo visto platicando con Alexis y Sergio, amigos suyos del salón. Les preguntaré a los niños si recuerdan algo extraño', Eugenia.

'Sí ,yo también recuerdo haberlo visto antes de que me fuera.' Marina. 'Y pensar que pudieron raptarlo dentro de la escuela...'

'Ya saben, pregunten a los niños. Quizás así sea más fácil saber qué pudo haber sucedido.' Yo.

Se marcharon platicando entre ellos. La noticia pareció haberlos impactado bastante. Pensar que hubieran raptado a uno de nuestros estudiantes, dentro de la escuela misma, sería escalofriante. Lo es, sin duda.

Después de terminadas las clases, y antes de irme, me di una vuelta por las canchas y los salones. Antes de dar por terminada mi ronda, fui al cuarto donde el intendente guarda sus herramientas. Vigilo que nadie me esté observando y abro mi portafolios. Dentro, en una bolsa plástica, se encuentran un par de zapatos. Tomo la bolsa, la abro y, con mucho cuidado de no dejar mis huellas, arrojo los zapatos debajo de un estante.


Casa


Antes de llegar a casa, me detuve en un puesto de helados. Compré unas cuantas paletas de diferentes sabores y un litro de nieve de chocolate. Si Enrique era buen chico y terminaba sus tareas pronto, le daría una paleta como recompensa antes de marcharse a dormir. A su mamá no le agrada que lo consienta tanto. Piensa que lo estoy malcriando.

Desde hace unos meses, ella ha estado muy distante. A veces se ausenta por toda la tarde, dejándome a mí responsable de Enrique. Nunca quiere decirme a dónde va, o con quién sale. Solo me ignora hasta que ha cerrado la puerta de la casa tras de sí. Enrique lo nota, lo sé. Por eso trato de hacerle ver que nada malo sucede. Que aunque mami no está siempre ahí para él, lo sigue queriendo.

Estaciono el coche. Tomo mi portafolios y el helado, y entro a casa. Todo está en silencio. Camino al cuarto de Enrique y pego la oreja a la puerta. No escucho sonido alguno. Saco mis llaves y abro la puerta intentando no hacer ruido. Abriéndola poco a poco. La cama está sin tender, pero él no se encuentra ahí. Me agacho un poco y veo sus pies descalzos debajo de la cama. Juega al escondite.

'Enrique... Enrique...' Digo en melodía. 'Sal de donde quiera que estés, Enrique.' Sus deditos se contraen a la expectativa de un movimiento mío. Me pongo en cuclillas y camino lentamente hasta donde está. Estiro mis brazos, cada vez más cerca. 'Te... atrapé', cierro mis manos sobre sus tobillos. Él se sacude y grita aterrorizado. '¿Qué pasa Enrique?, ¿no querías jugar?' Lo arrastro fuera de la cama. 'Vamos, soy yo, tu papá. ¿Por qué el escándalo?' Intenta ponerse en pie, alejarse de mí. Me mira con miedo. Como si pensara que voy a hacerle daño. '¡Por favor déjeme ir! ¡Quiero ver a mi mamá!' Gritó él. '¿De qué hablas?' Pregunté escéptico. 'Ya sabes que mami está tomando su siesta. No grites o la despertarás. Sabes cómo se pone mami cuando está de mal humor.' 'Por favor, no le diré a nadie. Solo quiero ver a mi mami y a mi papi. Por favor...' No comprendo nada de lo que dice. 'Vamos, seguro estás así porque mamá te regañó, ¿no es eso? Ven, vamos a comer, después hablaremos de ello.' Lo ayudé a ponerse de pie y le arreglé las ropas. Luego lo llevé al baño, nos lavamos las manos y lo senté en la mesa. No paraba de llorar. Diciendo 'mami, mami' una y otra vez. Hoy comeríamos carne, arroz y ensalada.

Cocino la carne con especias, ajo y limón, dándole un toque juguetón al sazón. Seguro le encantará y así dejará de llorar. 'Comeremos la receta favorita de papá. Ya, no llores. Prometo darte una paleta si te portas bien.' Esto pareció aminorar su llanto. Por fin todo sería como tenía que ser. Saqué la ensalada del refrigerador y le serví una buena porción. Tiene que comer sus vegetales si quiere llegar a ser grande y fuerte como Sansón. Después de que la carne y el arroz estuvieron listos, comenzamos a comer. Enrique no había comido desde ayer y estaba muy hambriento. Ni siquiera lloró mientras comía. Tras la comida, como recompensa por terminarse las verduras, le di una paleta de limón.

No puedo dejar de observar sus facciones, sus ojos hinchados por tanto llorar, su cabello revuelto. No se ve feliz. Pero cómo iba a estarlo, si ve el modo errático en el que se comporta su madre. Hoy ni siquiera se levantó de la cama para darle algo de comer a nuestro hijo. Y a mí hace tiempo que no me dirige la palabra. Por eso debo estar ahí para Enrique. No quiero que pasé por lo que yo pasé cuando era pequeño. No, no dejaría que eso le suceda. Siempre me tendrá ahí para él. Así es como un padre debe ser, no como su madre se comporta. Esquiva, distante, actúa como si Enrique no estuviese ahí presente. Me culpa, lo sé. Tras su indiferencia hacia mí, sé que hay rencor. No supe darle la vida que ella quería. Pero tampoco yo tengo la vida que había soñado.

Se termina su paleta y se queda callado, esperando algo. Comienzo a recoger la mesa y le pregunto qué es lo que sucede. Se frota las manos, busca las palabras que necesita.

'¿Ya puedo ver a mis papás?' Sus ojos se llenan de lágrimas una vez más.

'Ya te he dicho que yo soy tu papá, Enrique. Tu mamá está durmiendo, no hagas ruido.' ¿Por qué no comprende?

'Tú no eres mi papá, ¡tú no eres mi papá!' Estalló, y yo también estallé. Le di una bofetada que lo tumbó del banquillo.

'Vuelve a decir una cosa tan terrible como esa una vez más, y no dudaré en romperte los dientes, Enrique. Ahora vuelve a sentarte.'

Rompió en llanto y se tumbó en el suelo, pataleando, gritando, haciendo un berrinche. No pude tolerarlo, le di un puntapié en el estómago, lo sujeté de los brazos y lo alcé. '¡Escúchame!', grité, 'Si no quieres que te de una golpiza, debes estarte quieto y ser un buen niño, ¿comprendes? Porque no aguantaré llantos ni berrinches. Eres un varón, actúa como tal', dejó de sacudirse, de pelear. Comprende que es en vano. Percibo su miedo a través de las lágrimas, de la mejilla hinchada por la bofetada. Miedo de mí. De lo que puedo hacerle. Lo senté en su silla y le pedí perdón por mi reacción. Es solo que no debe hacer ruido si es que no quiere despertar a mamá. Pareció comprender, pues ya no lloraba y acataba mis órdenes con obediencia.

Antes de poder jugar, hicimos sus tareas e incluso trabajamos en su lectura. Qué contento se veía ahora. Pasando de una hoja a otra, embelesado con las historias que tanto le gustaban. Para la cena, le preparé un tazón de su cereal favorito. Así es como me gusta recordarlo. Feliz.

Un recuerdo vino a mi mente. De cuando yo tenía ocho o nueve años. Papá siempre estaba de viaje y mamá tomaba muchas pastillas que la hacían estar dormida casi todo el tiempo. Ninguno de los dos tenía tiempo para mí. Mamá solo quería dormir y para papá solo existía el trabajo. Eso era todo. En la escuela, cuando hacíamos esas presentaciones anuales a los padres para que vieran nuestro desempeño, no había nadie que estuviera ahí para ver lo que yo había aprendido. A menudo eran las mismas profesoras las que estaban conmigo solo porque mis padres no fueron. Recuerdo lo solo que me sentía al ver que los padres de todos mis compañeros habían acudido para estar ahí con ellos. Sonreían orgullosos. Los abrazaban y les decían palabras cariñosas. Yo nunca tuve eso. ¿Por qué nunca estuvieron conmigo? ¿Acaso era que no querían?

Comencé a llorar de la nada. Enrique lo notó y me preguntó qué sucedía. Le dije que nada, no pasaba nada. Era solo que me hace muy feliz verlo a él. Lo atraje y lo abracé. No dejaría que él pasara por lo mismo.

Cuando llegó la hora de dormir, lo acompañé a que se lavara los dientes. Lo llevé a su cuarto, lo arropé y tras haberle leído su libro animado de Peter Pan, le di las buenas noches.

'¿Cuándo podré ver a mi mamá y a mi papá?' Me preguntó con una expresión de tristeza, de rendición.

'Mañana nos verás, campeón', dije con extrañeza, su pregunta era absurda. Apagué la luz. 'Por ahora descansa. Si no duermes ahora, el Capitán Garfio vendrá por ti. Mañana será otro día para jugar', cerré su puerta y le pasé el cerrojo. 'Sí, mañana será otro día.'


Escuela


Llego a las siete y veinte. Al aparcar mi auto en mi espacio del estacionamiento de profesores, veo a dos hombres con pinta de policías a la entrada de las oficinas. Apago el coche y medito un momento. Seguro vienen a investigar sobre la desaparición del niño Meléndez. Tomo mi portafolio, la bolsa con mi almuerzo, y bajo del automóvil. Parecen saber quién soy, pues me miran con atención, hablando entre ellos. Le pongo la alarma al coche y camino en su dirección. Ellos se acercan para presentarse. Orlando Jiménez y Leopoldo Suárez. Detectives. Me presento con ellos y les pido que me acompañen a mi oficina. No vuelven a hablar sino hasta que estamos dentro. Enciendo la cafetera y los invito a sentarse. Preparo el café y les ofrezco una taza. Ambos aceptan. Sin azúcar. Mientras le entrego su taza al detective Jiménez, Suárez me pregunta si sé el por qué de su visita.

'Supongo que ha de ser por la desaparición de David Meléndez', digo, mientras sirvo otra taza de café y se la entrego al detective Suárez.

'Así es. Supongo que los padres ya hablaron con usted', el detective Jiménez sacó una pequeña libreta de su abrigo y comenzó a escribir.

'Sí, ayer vinieron por el medio día, a la hora de receso. ¿Ya saben algo sobre el paradero de David?' Pregunté preocupado.

'No, aún no. Puede ser que el niño se haya perdido al volver a casa, pero no parece ser el caso.' Detective Suárez, oliendo su café antes de darle un trago.

'No creen que alguien lo haya raptado, ¿o si?' Me serví una taza de café y me senté en la silla tras mi escritorio. 'Pensar que algo así haya sucedido en mi escuela...'

'Aún no sabemos si el niño ha sido raptado. En el pasado año han sucedido casos parecidos. Comenzó siendo algo de uno cada mes y medio, pero ahora, cada quince días escuchamos de uno u otro niño que ha desaparecido en circunstancias similares. Y esto sin que nadie sepa o haya visto algo. No hay evidencia, ni testigos.' Jiménez, observando su taza, dubitativo.

'¿Creen que se trate de tráfico de órganos?'

'Como le decimos, aún no lo sabemos. Hasta el momento hemos encontrado tres cuerpos de niños entre seis y diez años. No había signos de abuso sexual, pero... faltaban algunas partes de sus cuerpos.' Detective Suárez, con una mueca de asco.

'Vaya, eso es terrible', dije.

'Eso no es todo. Pero ya sabe, hay que mantener algo para la imaginación. Al menos usted no ha visto los cuerpos. Es horrible lo que les hicieron a esos niños', dijo el detective Jiménez. 'Horrible.'

'Espero que atrapen a los individuos o al individuo responsable.'

'Esperemos que sí. De momento necesitamos una lista de todo aquel que trabaje en la escuela, desde profesores, hasta las cocineras. Y queremos su permiso para entrevistar a niños y profesores', dijo Jiménez, anotando algo en su libreta.

'Sí, claro, pídanle la lista a mi secretaria. Ella se las entregará. Hagan lo que tengan que hacer para encontrarlo.'

'Muy bien, eso sería todo, gracias por el café. Si no le molesta, procederemos a preguntar a los niños si vieron algo.' Detective Jiménez.

'Me parece excelente', me pongo de pie y los acompaño hasta la puerta. Les doy la mano y los observo caminar hacia las escaleras. No me muevo, no miro hacia otro lado. Me quedo congelado. Es la primera vez que tengo que verme con la policía. La primera vez. Cierro la puerta con seguro y me tumbo en el suelo a llorar. Un terrible sentimiento oprime mi pecho, impidiéndome respirar. 'No saben nada. No saben nada', continúo repitiéndome. 'Nadie me lo quitará. Nadie me arrebatará a Enrique. Nada ni nadie.'

Poco a poco recupero el aliento y soy capaz de ponerme de pie. Me arreglo la camisa y la corbata, y voy a la ventana. Los veo cruzar el patio hacia donde se encuentran las aulas. No encontrarán nada. Nadie me vio. No dejé evidencia alguna. Se toparán con un muro. Otro callejón sin salida. Han encontrado tres cuerpos, ¿y eso qué? No han encontrado los otros. Ahora no puedo pensar en eso. No debo volverme paranoico. En dos días será el festival de la escuela y debo encargarme de que todo esté listo. Habrá juegos mecánicos, tiro al blanco, algodón de azúcar y todo lo que un niño podría pedir para divertirse. Yo mismo estaré en un puesto de emparedados y baguettes.

A Enrique le encantaban los carritos chocones. Cuando la feria venía a la ciudad, siempre me pedía que lo subiera. Se partía de risa cada vez que chocábamos con alguien. Aún éramos una familia. Éramos felices. Qué ironía que su vida haya terminado de ese modo. Una cruel ironía. La vida es solo una burla cargada de amargura. Amanda y yo no pudimos continuar juntos después de su muerte. Sabe que la culpo, sabe que la odio por arrebatarme lo más preciado para mí. Cuando ella salió del hospital, salió de mi vida. No podía verla, me enfermaba. Continuar casados perdió sentido. Ella se marchó con su familia. Yo me quedé con los recuerdos que encierra mi hogar. Porque ahí es donde alguna vez fui feliz. Ahora ya no importa, Enrique me espera en casa. Seguro se le iluminará el rostro cuando sepa que habrá carritos chocones.







Casa


Cuando llegué a casa, me sorprendieron los gritos de Enrique. Gritaba como loco. '¡Ayúdenme, por favor! ¡Mami!, ¿dónde estás?' Quién sabe cuánto tiempo llevaría gritando así. Entro a casa lo más rápido que puedo. Necesito callarlo cuanto antes. Solo dios sabe lo que podría suceder si alguno de los vecinos lo escucha. Arrojo el portafolios y corro hasta su habitación. Saco la llave, quito el cerrojo y abro la puerta. Se encuentra golpeando la ventana con las palmas de las manos. Me mira y comienza a gritar más fuerte. Es desquiciante. Lo tomo por los hombros y lo alejo de la ventana.

'¿¡Me puedes decir qué es lo que estás haciendo!?, le pregunto gritando, elevando la voz tanto como él. '¿Crees que puedes ponerte a gritar como un lunático? ¿Qué quieres que piensen los vecinos, que tenemos a un loquito en la casa?' Lo sacudo con fuerza, enfurecido. No puedo permanecer más en control. Lo arrojo contra la pared, se golpea en la cabeza y cae al suelo. Continúa llorando, sobándose el golpe. No puedo más, me quito el cinto y comienzo a azotarlo con la hebilla. '¡Necesito que te portes bien!, ¿¡comprendes!? Y para ya de llorar. ¡Detente!', la hebilla lacera su piel con cada azote, aumentando sus gritos de dolor. Lo golpeo hasta que me quedo sin fuerzas. Entonces me derrumbo y comienzo a llorar ahí, a su lado. Abrazándolo, besándolo en la frente. 'Todo va a estar bien. Todo va a estar bien. Papi perdió la cabeza hace un momento, pero no volverá a hacerlo. Papi no volverá a golpearte, lo juro. Pero necesito que tú también dejes de llorar y seas un buen niño. Tienes que ser un buen niño o de lo contrario tendré que azotarte de nuevo, ¿entiendes? Tienes que ser feliz.'

No dice nada. Solo mira hacia el vacío con indiferencia. Ni siquiera responde cuando le ofrezco un vaso con helado. Lo levanto del suelo y lo llevo al baño para limpiar las heridas que sangran. Ya no pelea, se deja llevar y hacer. Se queja cuando pongo alcohol en las heridas, pero ya no llora. Las cosas regresarán a ser como eran, estoy seguro. Cuando terminé de sanar sus heridas, lo llevé de la mano a la cocina. No había desayunado de nuevo. Me disculpé con él por el descuido de mami. 'Ha estado dormida todo el día. Pero pronto estará mejor. Mami volverá a estar con nosotros.'

El día de hoy prepararé muslos a la parrilla con papas cambray. La carne se cocina a la parrilla, usando salsa de soya y pimienta para darle sabor. Se cocina a fuego lento para que no queden partes crudas. Entre el muslo y el trasero, prefiero el muslo. No tiene tanta grasa como el trasero y es más sencillo de cocinar. Guardo diferentes tipos de carne en la nevera. Trasero, muslos, tríceps, bíceps, corazón, hígado. Una vez llegué a cocinar una cabeza, pero el sabor del cerebro no me satisfizo. También tengo algunos lóbulos de oreja y mejillas. Los guardo para preparar brochetas, pero aún no he reunido los suficientes.

Enrique me mira cocinar. Sé que cada vez que le doy la espalda, voltea a ver la puerta que da a la calle. Le digo que ni lo piense. No puede salir a jugar hasta haber comido, hecho sus tareas y sus ejercicios de lectura. No dice nada, sólo se acomoda en su asiento, sobándose el brazo derecho de vez en cuando. No me gustó haberlo golpeado. Pero es que no sé de qué otra forma hacerle ver que tiene que portarse bien. Saqué el litro de nieve de chocolate y le serví una buena porción, esperando limar asperezas. Lo mira por un momento y luego a mí. Finalmente toma la cuchara y prueba un poco. Su rostro se iluminó como una centella. Sonreía, disfrutaba. Volvía a ser el mismo niño feliz de antes.

Mientras comía el helado, le conté del festival que tendríamos en la escuela, de todos los juegos que habría. Los payasos, los puestos de comida, y lo más importante, los carritos chocones. La noticia no pareció animarlo mucho. '¿Qué pasa?', pregunté, 'pensé que los carritos eran tus preferidos.' Alzó los hombros como diciendo 'quién sabe'. No parecía estar emocionado. '¿Podré ver a mi mami y papi en el festival?', preguntó. 'Claro, ahí estaremos', respondí yo.



Hubo una ocasión, cuando Enrique tenía cinco o seis años, que se extravió en la feria. Amanda y yo nos separamos para cubrir más terreno al buscarlo. Simplemente había desaparecido. Pedimos ayuda a la policía. La búsqueda duró una, dos horas a lo mucho. Me estaba volviendo loco de pensar que mi Enrique había desaparecido. Me odié a mí mismo por haberlo extraviado. Tan solo era un niño pequeño, no podía esfumarse así como así. Justo cuando sentía que todo mi mundo se venía abajo, recordé el único lugar al que iría mi pequeño. Corrí por toda la feria, esperando verlo donde su atracción favorita: los carros chocones. Afortunadamente, ahí estaba. Prendido de la reja que circunda la pista. Cuando corrí hacia él, llamándolo, me volteó a ver con una gran sonrisa, preguntándome si ya había visto los coches. Él ni siquiera sabía que se había extraviado, que llevábamos más de una hora buscándolo. Lo tomé en mis brazos y lo abracé muy fuerte. Prometiéndome que no volvería a perderlo de vista.

Le pregunto qué tal estaba la carne. 'Rica', responde. Sonrío. Recojo los platos y me siento junto con él para ver la tele antes de hacer sus tareas. Nos sentamos en el sillón, frente al televisor y lo abrazo. Me siento un poco cansado. Cierro los ojos y me pierdo en el ensueño.

Me despiertan los gritos frenéticos de Enrique. Se ha hecho de noche y la casa de encuentra a oscuras. Corro hasta la habitación principal, de donde provienen los gritos. Enciendo la luz y veo a Enrique en el suelo, gritando, señalando con espanto el maniquí desnudo que descansa en la cama. Su cara se deforma en una mueca de horror. Voy hasta donde está y lo cargo en brazos. 'Ya, ya. Está bien, está bien. No hay de qué asustarse, mami solo duerme. Su llanto caía sobre mi hombro izquierdo. Estaba en un estado de shock. Lo saqué de la habitación, y lo llevé a la suya. Había algo que tenía que decirle. Lo senté en la cama y le acomodé el cabello. Estaba hecho un desastre.

'Verás, Enrique. Mami no se ha sentido muy bien últimamente. Por eso es que duerme todo el día. Para descansar y poder sentirse mejor. Sé que te asustó verla así, lo comprendo, pero tu mami te ama esté contigo o no, ¿comprendes? Mami y papi te adoran, eres lo mejor que les ha pasado. Así que no estés triste y no llores más. Todo habrá terminado para mañana.' 'Sí, sí...' murmuró. Lo dejé recostado en su cama, con la luz encendida, como había pedido. Salí de la habitación y le puse el cerrojo. De vuelta en mi habitación, apagué la luz y me recosté a un lado de mi esposa, que duerme sin sospecha del mundo que la rodea. La arropo nuevamente y repaso su figura por sobre la tela. Qué cansado resulta ser padre. Tantas expectativas con las cuales cumplir, tantas obligaciones.

Comienzo a sentir sueño. Son las once de la noche. Lo mejor será que duerma. Me quito la camisa y la corbata, abro mi clóset y los cuelgo es un gancho. Al estar ahí, de pie ante el armario, recordé una escena de cuando era niño. Mis padres habían salido a una cena o una reunión. Yo, que quería sorprenderlos, me oculté en el armario, esperando el momento adecuado para saltar y pegarles un susto. Lo que no esperaba era que llegaran discutiendo.

'Te estoy diciendo que ya estoy cansado de esa basura Miriam. Si quieres salir en público en ese estado tan deplorable, es asunto tuyo, pero no te muestres así frente a mis amistades. Te ves mal y me haces ver peor a mí.'

'¿Te hago ver mal? ¿De qué estás hablando? Todos me encuentran encantadora, incluso las arpías de sus esposas. Si quieres corregir algo, corrige el hecho de que eres un cretino. En eso es en lo que deberías trabajar.'

'Para ya con las sandeces, mujer. Mírate, ni siquiera puedes mantenerte despierta. Deberías dejar toda esa basura que tomas.'

'Sabes que la necesito.'

'Lo que sé es que me tienes harto, mujer.'

'Para bien o para mal, soy tu esposa. Así que no hay nada que puedas hacer, grandísimo imbécil.'


Recuerdo que continuaron discutiendo por cuestión de una hora, antes de que durmieran. En ningún momento se preocuparon por saber si yo estaba dormido en mi cama. De haberlo hecho, me habrían buscado. Tampoco hablaron de mí. Era como si no existiera para ellos. Como si fuera solo un accesorio o apéndice en sus vidas. Uno que no requería ni la mínima atención. Permanecí en el armario hasta entrada la noche. No se percataron cuando salí y me fui a mi cuarto. Tampoco se percataron de que pasé la noche entera llorando. Justo como ahora. Me desnudo y entro a la cama con Amanda. Me acurruco a su lado, esperando sentir su calor. Decepcionado de que solo sea un cuerpo inerte el que reposa a mi lado.


Escuela


Los detectives continúan con su trabajo durante todo el día, interrogando a los niños en grupo, y a los profesores en persona. Yo era al único al que no lo interrogarían. Supongo que creyeron que por ser el director, sería imposible que yo tuviera algo qué ver con la desaparición de David. Saco mi almuerzo. Olfateándolo con placer. Empanadas de carne.

Es sorprendente la cantidad de recetas que se le ocurren a uno cuando se inicia en la antropofagia. La muerte no es un fin, sino un medio. El salivar como un perro al morder la dulce y suave carne del trasero de un niño, es una de las más placenteras experiencias que alguien pueda sentir. Pero no se trata solo del sabor, sino la placidez y descanso que siente el alma después de haber consumido a otro ser humano. La sensación de soledad se desvanece, se difumina hasta desaparecer. No estoy solo. Todos ellos me acompañan. Forman parte de mí. No espero que nadie lo comprenda. Sé que no lo harán. Pero de qué otro modo podría tener a mi hijo siempre conmigo, si no forma parte de mí.

Mañana será el festival. Los alumnos recibieron los cupones con los que podrán obtener comida y bebidas. Todos se encuentran animados. Pese a lo que creí, la desaparición de David no ha causado gran impacto en el ambiente festivo en el que nos encontramos. Algunos profesores continúan rompiéndose la cabeza sobre el caso, y otros parecen indiferentes. Pronto lo olvidarán. Suena la campana del receso y los niños salen como hormigas de las aulas. Corren, se empujan, juegan. Sí, pronto lo olvidarán. Siento que alguien me observa, pero no logro precisar quién. Tras un rato, descubro que los detectives se encuentran del otro lado del patio, bajo los árboles, ¿observándome? No lo sé. Desde donde estoy no puedo diferenciar si me están viendo a mí o a los niños. Levanto mi mano izquierda en señal de saludo y ellos me lo regresan. Entonces sí me observan a mí.

Siento que mi garganta se cierra. El aire no puede entrar. Me alejo de la ventana fingiendo tranquilidad, pero en cuanto estoy fuera de su vista, me pongo de rodillas, intentando jalar aire con los pulmones. El cielo se cierra sobre mí, la tierra se estremece. 'Deja de llorar, marica. Deja de llorar.' La voz de mi padre taladrándome los oídos, haciéndome recordar las golpizas que me daba cuando no salía bien en mis notas de la primaria. Me tiro y abrazo mis rodillas, esperando, deseando que la sensación pase. No lo hace, en cambio el pánico se clava en mi nuca. Se esparce por todo mi cuerpo como hormigas hambrientas. Me comen poco a poco. Siento mi cráneo estallar. Solo quiero que todo termine, que todo pase. 'Por favor, por favor', repito.

Para cuando la sensación desaparece, me encuentro con la camisa liada, el cabello revuelto y la corbata floja. Me pongo de pie, sintiendo mi cabeza palpitar con ondas de dolor. Sollozo un poco mientras me arreglo la ropa y el cabello frente al espejo. Vamos, tienes más control que ese. Resiste, no es real. Tras tomar una taza de café, me siento mejor. Mi teléfono suena, son los detectives, quieren hablar conmigo, dice mi secretaria. 'Hazlos pasar', le ordeno.

'Disculpe que vengamos así, sabemos que debe estar ocupado', dice el detective Jiménez.

'Descuiden, no es ningún problema. ¿Han sabido algo?', aún tengo la nariz congestionada y mi voz suena rara. Ellos lo notan, mirándome de una forma extraña.

'Pues sí y no', responde Suárez.

'¿Cómo es eso?', pregunto.

'Pues hemos corroborado con los niños que al menos hasta las cuatro de la tarde, David Meléndez estuvo en las instalaciones de la escuela.' Jiménez.

'Pero nadie recuerda haberlo visto hablando con alguien extraño.' Suárez.

'¿En serio?', pregunté aliviado. Jiménez había sacado su libreta y comenzado a escribir.

'Sí... la cuestión esté en que sí lo vieron charlar con alguien.' Jiménez.

'¿Con quién?', pregunto. Comienzo a sudar, la habitación se siente de pronto más pequeña.

'Con usted, director.' Suárez. Ambos me miraban estudiando mis expresiones. debo mantener el control.

'Oh, ¿era él? Recuerdo haber hablado con uno de los estudiantes, pero no recordaba que había sido él. Ya saben, con más de cuatrocientos estudiantes, es fácil confundirlos o no saberse sus nombres a menos de que sean castigados.' Jiménez escribía sin parar en la libreta. El sonido de la pluma deslizándose contra el papel me desquiciaba.

'Sí... lo comprendemos. ¿Y de qué hablaron usted y David, director?' Suárez.

'Le pregunté si estaba emocionado por el festival de la escuela. El del día de mañana. Él dijo que sí, que no podía esperar a subirse a los carritos chocones. Después de eso le pregunté si no tardarían en pasar por él. Dijo que no y eso fue todo. Regresé a mi oficina por mi portafolios y me fui a casa.' Me sujetaba las manos para que no vieran lo mucho que temblaban. Me sentía asfixiado, acorralado como un roedor.

'Ya veo. ¿Recuerda haber visto a alguien más, cerca o fuera de las instalaciones, alguien que pudiera parecer sospechoso?' Jiménez, que mira a Suárez y luego a mí.

'Pues dentro de la escuela uno suele ver estudiantes, principalmente, padres, y alguno que otro profesor que no se ha marchado aún. No... y fuera... llegué a ver un automóvil viejo, del tipo sedan, color verde, estacionado frente a la entrada. Una pareja estaba dentro, tendrían unos treinta o cuarenta años, quizás. Pensé que serían los padres de algún chico, pero bueno. Creo que uno nunca sabe.'

'Uno nunca sabe...' Repitió Suárez.

'¿A qué hora fue eso?' Jiménez, sin despegar sus ojos de la punta del lápiz.

'A las tres cuarenta y cinco, aproximadamente.' Lo cual era cierto.

'Bien. Solo una última cosa, director. ¿Sabía usted de los antecedentes penales de Joel Martínez, el intendente?' Contengo una sonrisa y finjo preocupación.

'¿Joel?, ¿por qué, qué pasa con él?' Respondo.

'Fue arrestado hace unos años por el abuso de una menor', Jiménez, con una mueca de asco.

'¡Oh, por dios!, no lo sabía.'

'Pues ahora lo sabe. Lo hemos señalado como sospechoso, pero hasta que no hablemos con él, no sabremos si él lo hizo.' Jiménez.

'Espero que no. Los padres se pondrían furiosos al saber que contraté a un pedófilo.'

'Sí, muy bien. Creo que por ahora eso es todo. Es probable que usted haya sido la última persona con la que habló el pequeño antes de ser raptado.' Jiménez, aún escribiendo. Suárez no me quitaba la mirada de encima. Observaba el movimiento de mis manos, mis expresiones, mi tono de voz.

'Entiendo', murmuré.

'¿Disculpe?' Suárez.

'Que entiendo la gravedad de la situación. Por dios, y pensar que yo pude haber contratado o visto a su secuestrador. Quizá pude evitar que se lo llevaran.' Me mostré preocupado, frustrado. En realidad no lo estaba. Sabía de los antecedentes penales de Joel. Supuse me sería útil en el futuro.

'Vamos, no se martirice. No había modo de que pudiera evitarlo', dice Jiménez.

'Lo siento, pero no puedo evitar sentirme responsable por mis alumnos. Sus padres los dejan aquí, confiando en que estarán seguros en nuestras manos. Y esto es lo que pasa.' Vuelvo a tomar dominio de mí. Lo que dije sonó un poco forzado, pero no le dieron importancia.

'Como guste, director. Eso es todo por ahora. Lo dejamos para que continúe con su trabajo', Suárez. Cuando estrecha mi mano, lo hace con firmeza, como si supiera algo. Su tacto me dejó intranquilo.

'Estamos en contacto. Si recuerdo algo más, se los haré saber.' Emito una pequeña sonrisa que se mantiene hasta que cierran la puerta de mi oficina. Malditos. No saben nada, no tienen ninguna prueba en mi contra. El que me hayan visto charlando con él no me convierte en sospechoso. Debo tranquilizarme. Tan pronto encuentren los zapatos de David en el cuarto del intendente, quedaré fuera del radar.


Casa


Llegué a casa alrededor de las cinco de la tarde. Había pasado al supermercado a comprar pan, aderezos y vegetales para la venta del día de mañana. Los profesores sabían de mi buen sazón por años anteriores. Este año será más que especial. Les haré probar una de las mejores carnes que podrían conseguir jamás. Claro que no podrán enterarse de ello, pues eso conllevaría a mi captura. No, no podrán saberlo.

Al llegar a casa voy a visitar a Enrique, que estaba sentado en el escritorio en su habitación, coloreando a un tiranosaurio rex. Al verme, sonrió como lo hacía antes, cuando éramos felices. Lo alcé sobre mi cabeza y lo llevé de caballito a la cocina. Me ayudaría a cocinar los baguettes. Saqué la carne del refrigerador y la puse a marinar. Corté el pan y le encomendé a Enrique untarle el aderezo. Reímos y la pasamos bien. Enrique me pregunta por qué he estado tan triste. Le digo que no es nada. Es solo la fecha, solo eso. Me dice que sonría o no habrá helado para mí. Reímos. Me siento contento, pero dentro de mí sé que esto no puede durar. En total preparamos treinta baguettes y treinta sandwiches. Aún debía preparar los míos y la carne se había terminado. '¿Ya son todos?' Me preguntó Enrique. 'Aún no, campeón', respondí mientras sacaba un cuchillo de uno de los cajones frente a mí. 'Aún no.'


Hace un año perdí todo lo bueno que había en mi vida: mi familia. Amanda y yo habíamos tenido nuestros problemas, y habíamos perdido comunicación. Ella se ausentaba toda la tarde. Salía con sus amigas. O eso era lo que decía. Nuestra vida juntos no era lo que habíamos imaginado al casarnos ocho años atrás. Enrique también lo resintió. Amanda apenas y atendía al niño. Lo trataba como si fuera una mosca que zumbaba sin cesar a su alrededor. Yo me quedaba con él todas las tardes. Leíamos juntos, me ayudaba a preparar la cena, e incluso jugábamos con sus figuras de acción. Era formidable. Por momentos lograba hacerle olvidar la frialdad de su madre. Pero siempre había un punto en el que la curiosidad lo embarga. Y no siempre tenía las mejores respuestas para él. No cuando me preguntaba cosas como, '¿por qué mami no me quiere?' o '¿mamá está enojada conmigo?' Simplemente no sabía qué responderle. Ni siquiera sabía qué pasaba por la cabeza de Amanda por esos días.

Una noche, después de pasar todo el día fuera, se presentó con los papeles del divorcio. 'No quiero hablar o darte explicaciones. Fírmalos y seremos libres, Adrián. Saldré a dar una vuelta con Quique. Mientras lee y firma los papeles, por favor. No hagas esto más difícil.' Le pregunté que qué sucedía, por qué de pronto quería el divorcio. No me dio respuesta. Salió de la habitación y cerró la puerta. Olía a perfume, tabaco y a licor. No había nada qué hacer. Me quedé tumbado en la cama, con los papeles a un lado. No tenía deseos de firmarlos. Necesitaba una explicación o me volvería loco. Debió pasar al menos una hora, cuando recibí una llamada. Al escuchar la melodía del teléfono antes de contestar, ignoraba que las cosas podrían tornarse peor de lo que ya eran.

Apenas y sabía algo cuando llegué al hospital. Hablaban de un accidente. Mi esposa y mi hijo estaban gravemente heridos. Enrique entró a urgencias. Los doctores no sabían si podrían salvarlo. Un pilar tras otro, todos cayendo sobre mí. Mi esposa sobrevivió. Mi hijo no. El doctor indicó que Amanda estaba en estado de ebriedad al impactarse contra el muro de contención. Quise matarla. Por su culpa mi hijo había muerto. Por su imprudencia. Por su distanciamiento. La odié y aún lo hago. Ella destruyó todo por lo que había trabajado. Después de eso firmé los papeles del divorcio y la dejé que pagara por su cuenta del hospital. No le daría ni un céntimo.

El funeral fue horrendo. Debido al estado en el que quedó el cuerpo, no pudieron dejar el casco abierto. Mi hijo se marchaba y no podía ver su rostro. Traté de abrir el ataúd, pero los trabajadores de la funeraria me detuvieron. Dijeron que no necesitaba verlo en ese estado. Que lo recordara como solía ser. ¿¡Qué sabían ellos si no habían perdido un hijo del modo en el que yo lo hice!? ¡Nada! No sabían nada. Todos se expresaban del mismo modo: 'lamentamos tu pérdida', 'trata de recordarlo como era'. Sus frases huecas no me reconfortaban. Lo único que hacían era aumentar mi ira, mi soledad, mi vacío. Porque eso es lo que dejó Enrique en mí. No pude despedirme de mi hijo. No pude ver su rostro antes de que las llamas lo consumieran. Amanda salió a las pocas semanas del hospital. No nos volvimos a ver. Ella se marchó con sus padres. Yo me quedé en la casa. No podía apartarme de aquí. Sería como olvidar todo recuerdo de Enrique. Y eso era algo que no podía hacer.


Había rastros de sangre por toda la cocina, por toda mi ropa. Matarlo no fue ningún problema. Me deslicé detrás de él. Susurrándole al oído que todo estaría bien. Ya no volvería a estar solo nunca más. Tapé sus ojitos con mi mano y le pedí que contara hasta diez. Le daría una sorpresa. Al llegar a cinco, sujeté su cabeza contra mi hombro, al llegar a uno, el cuchillo pasó como por mantequilla sobre su cuello. Su cuerpo se sacudía, tratando de liberarse. Se ahogaba con su propia sangre que corría caliente por su pecho, hasta el suelo. Sus bracitos luchaban por liberarse. Y luego, su cuerpo cedió. La batalla terminó. Lo sujeté con cuidado para que no cayera al suelo, y lo recosté sobre la barra de la cocina. 'Papi aún no termina.' Comienzo a sollozar sobre su cuerpo. Me seco las lágrimas con el dorso de la mano izquierda. 'Espera un poco y estarás conmigo, hijo.' Aún después de muerto, sigue viéndose tan contento.


Festival


Llegué con diez minutos de adelanto a la escuela. Los detectives me esperaban fuera de las oficinas. Les hice una seña para que vinieran y les pedí su ayuda para llevar los baguettes y emparedados hasta mi oficina. Al ver que los miraban con curiosidad, les ofrecí uno. 'Los mejores emparedados que puedan probar', les dije.

'¿Los preparó usted mismo?' Preguntó Suárez.

'Así es. Yo estoy encargado del puesto de emparedados.' Les digo, acomodando las bolsas de emparedados sobre mi escritorio.

'Necesitamos hablarle de Joel', dijo Jiménez.

'Claro, ¿qué ha pasado?' La curiosidad me mata.

'Nos dijo que estuvo en la escuela hasta las cinco de la tarde. Que vio al niño jugando con sus amigos hasta que se quedó solo. También nos comentó que lo vio a usted hablando con David. Dice no haberse dado cuenta cuando el niño desapareció. Pensó que habían pasado por él, hasta que el padre del niño le preguntó si lo había visto.' Suárez, estudiando mi reacción.

'Ya veo. ¿Y qué es lo que piensan?'

'Que no tenemos nada. Aún con sus antecedentes, no creemos que Joel haya sido el que se llevó al pequeño.'

'Es una pena escuchar eso', digo. Esperaba que ya hubieran encontrado los zapatos de David.

'Aunque sí encontramos algo que nos desconcertó.' Suárez. 'Dentro del cuarto de intendencia, estaba un par de zapatos infantiles. Joel dijo no reconocerlos. Hemos llamado a los Meléndez para que los vean y nos digan si pertenecen a su hijo. Esa es la pista más fuerte que tenemos. Si los padres reconocen el calzado, podríamos apresar a Joel hoy mismo.'

'No lo puedo creer. ¿Cómo es que no le pedí sus antecedentes al contratarlo? Es un alivio que ningún niño se hubiera quejado de él en todo este tiempo.' Enciendo la cafetera, dándoles la espalda. Sonreía.

'Así es. ¿Podría regalarme una taza de café?' Jiménez, que sacaba su libreta.

'Claro.' Sabía de los antecedentes de Joel. Lo contraté en caso de que hubiera sospechas sobre mí. Él, al tener antecedentes de pederastía, sería el chivo expiatorio perfecto. Le serví una taza a los detectives, y una para mí. Tomamos asiento. Mi teléfono suena. Es mi secretaria. Los Meléndez han llegado. La puerta se abre y los detectives se ponen de pie para saludar a los afligidos padres de David. Se ven destrozados. Ambos tienen unas ojeras negras, horrendas, colgando bajos sus ojos. No parece que hayan dormido algo en los días pasados. Les ofrezco una taza de café que declinan. Quieren acabar con esto lo más rápido posible. David puede llegar a casa y al no encontrar a nadie, se irá. La madre está al borde del colapso. Pronuncia frases que apenas se entienden. El padre parece más despierto. Saluda a los detectives como si ellos fueran seres mágicos que le pudieran regresar a su hijo.

'Bueno, ya estamos aquí. ¿Qué era lo que querían mostrarnos?' Preguntó el señor Meléndez.

'Encontramos un par de zapatos dentro de las instalaciones de la escuela. Quisiéramos saber si pueden reconocerlos. Suárez abre su maletín y saca una bolsa de plástico con los zapatos de David.

La madre rompe en un llanto haciendo unos sonidos guturales horrendos. El padre se lleva las manos a la cabeza, como si quisiera evitar que estallase. Los detectives ponen la bolsa con los zapatos sobre mi escritorio. La madre la toma y los abraza como si fuera su hijo. Los detectives se disculpan y salen de mi oficina. Me encuentro a solas con los Meléndez. Ambos lloran, se abrazan. No dicen nada. No necesitan decirlo. Les ofrezco una taza de café.

'¿A dónde fueron los detectives?', me preguntó la señora Meléndez.

'A atrapar al sujeto que pudo haberse llevado a su hijo', respondí, viendo cómo los detectives interceptaban a Joel, que ya había comenzado con sus labores. Lo esposaron y se lo llevaron.

'¿Quiere decir que ya saben quién se llevó a mi niño?', preguntó la madre. Sus ojos se encendieron. Volvía a haber vida tras ellos.

'Sí', le respondí. Ya tienen al sospechoso. Tal vez estarán con su hijo esta misma tarde.' O incluso... 'O incluso esta misma mañana.'

La madre comenzó a llorar nuevamente, esta vez de felicidad. El padre me da las gracias. Sonrío y le digo que no es nada. Hice lo poco que pude. El verlos tan felices de que su hijo regresara pronto con ellos, me hizo sentir culpable. No culpa por lo que hice, sino por haberles hecho sentir lo mismo que yo sentí. Yo tampoco pude ver a mi hijo. No pude despedirme de él. Quisiera ponerme a llorar ahí, con ellos. Porque yo también he pasado por eso. Yo también he perdido a un hijo.

Entonces comprendí lo que podía hacer.

'Perdonen que se los diga. Pero ambos se ven muy cansados. ¿Han comido algo?'

'No, no hemos comido en estos días. ¿Cómo hacerlo?' Dijo la señora Meléndez.

'Eso supuse', tomé mi portafolios y lo puse sobre la mesa. De él saqué dos emparedados, y se los di a los Meléndez. 'Sé que es poco', continué, 'pero al menos deberían comer un poco. Los preparé yo mismo.'


Ellos me observaron con los ojos muy abiertos. 'Gracias, gracias', dijeron. Me puse de pie, caminé hasta la cafetera, tomé dos tazas y las llené con café para la feliz pareja. Aquellos eran los emparedados que había preparado especialmente para mí. ¿Cómo no dárselos? Ese sería mi regalo para ellos. Su hijo siempre estará con ellos, así como lo estará conmigo. Sonrío complacido. Nadie estará solo. Todos seremos felices.

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