viernes, 28 de febrero de 2014

Brocheta de cerdo




Me encuentro cobijado por la oscuridad, muy adentro de un callejón por Dos ríos. Destruí el alumbrado público para darme una ventaja sobre mi presa. Puedo escuchar con claridad cada sonido a mi redonda: perros ladrando, vecinos gritando, y lo que seguramente es un roedor caminando entre mis pies. Exceptuando eso, el callejón se encuentra en completo silencio. El reloj de mi celular marca la una de la mañana y cincuenta minutos. En diez minutos. Diez minutos. Suspiro profundamente y cambio la pierna en la que me apoyo, los nervios me consumen. Para que esto funcione, ese marrano tiene que pasar por aquí a las dos de la mañana. Esta es su ruta.

La temperatura baja y siento mis manos entumecerse. He debido estar aquí casi veinte minutos. Saco unos guantes de tela del bolsillo de mi sudadera y me los coloco. Es uno de los inviernos más fríos en años, no debo dejar que mi cuerpo se entuma y afecte mi rendimiento. Un perro ladra en las cercanías al escuchar a un borracho gritarle a su mujer. No es una de las zonas más agradables de la ciudad, hay una vecindad cerca y muchos cholos que deambulan atracando gente como yo. Estiro los brazos y hago un par de sentadillas, necesito prepararme para lo que estoy a punto de hacer. Traje conmigo un viejo bate de béisbol de madera. Lo tengo desde los once años, pero hoy lo mandaré al carajo. Estoy decidido a hacer trizas al tipo que vine a ajusticiar.

Saco un cigarrillo y lo enciendo. Me ayuda a tranquilizarme y sentirme sereno. Mi respiración es lenta y regular. Las cosas se pondrán horrendas en unos minutos. Tengo que ser rápido y preciso. Sólo víctimas, nada de testigos. Es la primera vez que hago algo como esto, no es lo que cualquiera tuviera pensado para un sábado por la noche. No es que no quiera hacerlo, sino que debo hacerlo. Hace dos semanas le ayudé a una amiga a tirar su basura en los contenedores que están por los separos. Ahí escuchamos a un par de policías hablar sobre una chica a la que encontraron violada y estrangulada en un túnel de la ciudad. “Si no se vistieran como putas, no les pasaría nada”, dijo uno. El otro lo celebró y respondió con un comentario de la misma finura: “Ellas mismas se lo buscan por andar de zorritas.” Mi amiga se enfureció, pero la tranquilicé diciéndole que no tenía sentido, eran unos idiotas y lo que ella les dijera no cambiaría las cosas.

La una con cincuenta y nueve, se escuchan los pasos y la respiración agitada de una gran bestia acercándose por el callejón. Basta asomarme un poco para poder ver mi objetivo: el policía que dijo que ellas mismas se lo buscan. Da la impresión de que se encuentra al borde de un ataque cardiaco, mientras se recarga en la pared a su lado para recuperar el aliento. De no ser porque me acostumbré a la oscuridad, no habría reconocido al policía botijón. Lo veo mirar en ambas direcciones, cerciorándose que no haya alguien quien pueda ver a un oficial de la ley, rendido ante las inclinadas callejuelas de la ciudad, antes de sentarse en uno de los escalones y recostarse contra la pared. Esta es mi oportunidad. Saco una bolsa ziploc del bolsillo trasero de mi pantalón, cuidando no hacer mucho ruido mientras la abro y extraigo un pañuelo bañado en cloroformo.

El obeso señor de la justicia descansa ignorando que me tiene tras la espalda. No me escuchó acercarme, y seguro lo agarré desprevenido al sujetarlo y presionar el pañuelo contra su boca y nariz. Da pelea, pero no cedo hasta que el cerdo aspira lo suficiente y cae inconsciente. No hubo quién lo escuchara, ningún vecino salió por la ventana a preguntar qué ha sucedido. Voy por el bate de béisbol y golpeo al policía en el cráneo hasta que truena como una nuez. Mi corazón corre sin freno. Nunca lo había hecho en una zona pública, no a un oficial de policía. Le doy un puntapié a su cuerpo inerte y lo giro para que quede con el culo al aire. Le bajo los pantalones y las trusas. Tocarlo me causa un enorme asco, incluso si uso los guantes, ya me compraré unos nuevos. Checo su pulso: sigue con vida. Perfecto. Tomo el bate y comienzo a golpearlo en la espalda, piernas y brazos, también le rompí varios dedos de la mano izquierda de una patada. Desquito toda mi ira en él, pero el bate se rompió. Eso no importa, tengo otro uso para el bate roto, uno que ya tenía pensado y por lo cual lo traje conmigo. El cerdo dijo que ellas se lo buscan, genial. Me pregunto, ¿qué se estaría buscando un infeliz como él para que esto le sucediera? Examino el trozo de bate que tengo entre manos… la risa se acumula en mi interior… quisiera partirme de risa aquí mismo, ¡gritarle, insultarlo! Pero no puedo permitírmelo.


Dos y diez minutos. Intento hacer paso a la base del bate dentro su recto por la fuerza. Sangra, pero se niega a permitir acceso. Saco un cuchillo de caza que llevo debajo de mi sudadera, y lo clavo una y otra vez en su ano hasta que puedo dejar el palo incrustado. Limpio el cuchillo con los pantalones del cerdo, no quiero llevar sangre conmigo. Saco una nota de mi bolsillo y la deposito sobre el cuerpo del policía. Esto es lo que sucede cuando se burlan de una de mis víctimas. Serán objetos, pero son mis objetos y nadie tiene derecho a reírse de ellas. En la nota, además de corazones, se lee: Cops can get raped too. Antes de que alguien llegue a pasar por aquí y descubra el cuerpo, desaparezco por el laberinto de callejuelas, confundiéndome en la noche con un transeúnte cualquiera.

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