Me encuentro cobijado por la oscuridad, muy adentro de un
callejón por Dos ríos. Destruí el alumbrado público para darme una ventaja
sobre mi presa. Puedo escuchar con claridad cada sonido a mi redonda: perros
ladrando, vecinos gritando, y lo que seguramente es un roedor caminando entre
mis pies. Exceptuando eso, el callejón se encuentra en completo silencio. El
reloj de mi celular marca la una de la mañana y cincuenta minutos. En diez
minutos. Diez minutos. Suspiro profundamente y cambio la pierna en la que me
apoyo, los nervios me consumen. Para que esto funcione, ese marrano tiene que
pasar por aquí a las dos de la mañana. Esta es su ruta.
La temperatura baja y siento mis manos entumecerse. He
debido estar aquí casi veinte minutos. Saco unos guantes de tela del bolsillo
de mi sudadera y me los coloco. Es uno de los inviernos más fríos en años, no
debo dejar que mi cuerpo se entuma y afecte mi rendimiento. Un perro ladra en
las cercanías al escuchar a un borracho gritarle a su mujer. No es una de las
zonas más agradables de la ciudad, hay una vecindad cerca y muchos cholos que
deambulan atracando gente como yo. Estiro los brazos y hago un par de
sentadillas, necesito prepararme para lo que estoy a punto de hacer. Traje
conmigo un viejo bate de béisbol de madera. Lo tengo desde los once años, pero
hoy lo mandaré al carajo. Estoy decidido a hacer trizas al tipo que vine a
ajusticiar.
Saco un cigarrillo y lo enciendo. Me ayuda a
tranquilizarme y sentirme sereno. Mi respiración es lenta y regular. Las cosas
se pondrán horrendas en unos minutos. Tengo que ser rápido y preciso. Sólo
víctimas, nada de testigos. Es la primera vez que hago algo como esto, no es lo
que cualquiera tuviera pensado para un sábado por la noche. No es que no quiera
hacerlo, sino que debo hacerlo. Hace dos semanas le ayudé a una amiga a tirar
su basura en los contenedores que están por los separos. Ahí escuchamos a un
par de policías hablar sobre una chica a la que encontraron violada y
estrangulada en un túnel de la ciudad. “Si no se vistieran como putas, no les
pasaría nada”, dijo uno. El otro lo celebró y respondió con un comentario de la
misma finura: “Ellas mismas se lo buscan por andar de zorritas.” Mi amiga se
enfureció, pero la tranquilicé diciéndole que no tenía sentido, eran unos
idiotas y lo que ella les dijera no cambiaría las cosas.
La una con cincuenta y nueve, se escuchan los pasos y la
respiración agitada de una gran bestia acercándose por el callejón. Basta
asomarme un poco para poder ver mi objetivo: el policía que dijo que ellas
mismas se lo buscan. Da la impresión de que se encuentra al borde de un ataque
cardiaco, mientras se recarga en la pared a su lado para recuperar el aliento. De
no ser porque me acostumbré a la oscuridad, no habría reconocido al policía
botijón. Lo veo mirar en ambas direcciones, cerciorándose que no haya alguien
quien pueda ver a un oficial de la ley, rendido ante las inclinadas callejuelas
de la ciudad, antes de sentarse en uno de los escalones y recostarse contra la
pared. Esta es mi oportunidad. Saco una bolsa ziploc del bolsillo trasero de mi
pantalón, cuidando no hacer mucho ruido mientras la abro y extraigo un pañuelo
bañado en cloroformo.
El obeso señor de la justicia descansa ignorando que me
tiene tras la espalda. No me escuchó acercarme, y seguro lo agarré desprevenido
al sujetarlo y presionar el pañuelo contra su boca y nariz. Da pelea, pero no
cedo hasta que el cerdo aspira lo suficiente y cae inconsciente. No hubo quién
lo escuchara, ningún vecino salió por la ventana a preguntar qué ha sucedido.
Voy por el bate de béisbol y golpeo al policía en el cráneo hasta que truena
como una nuez. Mi corazón corre sin freno. Nunca lo había hecho en una zona
pública, no a un oficial de policía. Le doy un puntapié a su cuerpo inerte y lo
giro para que quede con el culo al aire. Le bajo los pantalones y las trusas.
Tocarlo me causa un enorme asco, incluso si uso los guantes, ya me compraré
unos nuevos. Checo su pulso: sigue con vida. Perfecto. Tomo el bate y comienzo
a golpearlo en la espalda, piernas y brazos, también le rompí varios dedos de
la mano izquierda de una patada. Desquito toda mi ira en él, pero el bate se
rompió. Eso no importa, tengo otro uso para el bate roto, uno que ya tenía
pensado y por lo cual lo traje conmigo. El cerdo dijo que ellas se lo buscan,
genial. Me pregunto, ¿qué se estaría buscando un infeliz como él para que esto
le sucediera? Examino el trozo de bate que tengo entre manos… la risa se
acumula en mi interior… quisiera partirme de risa aquí mismo, ¡gritarle,
insultarlo! Pero no puedo permitírmelo.
Dos y diez minutos. Intento hacer paso a la base del bate
dentro su recto por la fuerza. Sangra, pero se niega a permitir acceso. Saco un
cuchillo de caza que llevo debajo de mi sudadera, y lo clavo una y otra vez en
su ano hasta que puedo dejar el palo incrustado. Limpio el cuchillo con los
pantalones del cerdo, no quiero llevar sangre conmigo. Saco una nota de mi
bolsillo y la deposito sobre el cuerpo del policía. Esto es lo que sucede
cuando se burlan de una de mis víctimas. Serán objetos, pero son mis objetos y nadie
tiene derecho a reírse de ellas. En la nota, además de corazones, se lee: Cops can get raped too. Antes de que
alguien llegue a pasar por aquí y descubra el cuerpo, desaparezco por el
laberinto de callejuelas, confundiéndome en la noche con un transeúnte
cualquiera.
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