viernes, 28 de febrero de 2014

Daddy-o




Miércoles


Papá ha estado de muy mal humor últimamente, pronto será el aniversario de la muerte de mamá. Como cada año, visitaremos su tumba y le agradeceremos por todo lo que hizo por nosotros. No sé exactamente qué fue lo que hizo, pero Papá dice que gracias a su sacrificio, él y yo hemos podido ser felices juntos. Y creo que es cierto. Antes, cuando mamá aún vivía, Papá solía estar fuera de casa gran parte del día, y cuando volvía por la noche, discutía en grande con ella. Mamá era una holgazana buena-para-nada. Tenía la casa hecha una pocilga y la cena nunca estaba bien preparada. Eso hacía enojar a Papá, que, tomando a mi madre por la nuca, la hacía probar su comida mal cocinada directamente del sartén en la estufa. Ella lloraba y pedía perdón por su incompetencia, pero Papá no escuchaba lamentaciones absurdas, se quitaba el cinto y le daba unos azotes como los que me daba a mí cuando no le obedecía. Me dolía bastante, incluso por días, pero papá me recordaba que era por mi bien. Para no terminar siendo una basura como mamá, como mi abuela, como todas las mujeres. Cuando me tocaba reprimenda, me decía a mí misma que lo mejor era no llorar, no emitir quejido alguno de dolor. No demostrar flaqueza. A Papá le gustaba eso. Me enseñó que una mujer tiene que ser fuerte y mantener la frente en alto por su hombre. Después de que terminaba conmigo, me levantaba de sus rodillas, con el trasero descubierto, totalmente enrojecido por los azotes, y me mostraba con orgullo a mi madre. "¿Ves cómo mi princesa aguanta el castigo como toda una mujer?", decía Papá, mostrándole mi trasero a mamá. Yo no quería sobarme, pues sabía que a papá le ponía furioso y comenzaría nuevamente y con más fuerza. Mamá observaba desde la cocina, lavando los platos por tercera ocasión en la noche. "Sí, mi niña será toda una mujercita un día, y no permitiré que una patética excusa de mujer como tú, la arruine. ¿Verdad que no serás como mami, princesa?", me preguntaba Papá, sonriente como un niño. "No, papi. Seré como tú quieras que sea", respondía yo, sacándole la lengua a mi madre que nos veía con terror. "Así es, nena, papá se encargará de todo."

Es miércoles y no sé qué regalarle a Papá por el aniversario de la muerte de mamá. Será el viernes, y aún no tengo nada preparado. Seis años pasaron muy deprisa. Tengo que hacer algo extra especial. Algo que Papá no esperaría. Sonó la campana del almuerzo. Guardé mis útiles en el escritorio y me reuní con Miranda y Leticia, mis mejores amigas. Juntas buscamos una mesa vacía en el patio y nos sentamos a platicar sobre la fiesta del viernes. Todos los de nuestra clase asistirán. Tanto los chicos, como las chicas. Será la fiesta más grande del año. Leticia y Miranda se preguntaron emocionadas qué vestido usarán y cómo se peinarán. Yo también me hago ilusión de ir y usar el vestido azul que Papá me compró para una ocasión especial. Entonces, recordé el estúpido aniversario de mamá y mi ilusión se vino abajo. Mis amigas lo notaron y me preguntaron qué sucedía. 'No podré ir', les dije, 'es el aniversario de la muerte de mi mamá y debo pasarlo con mi padre.' '¡Pero no puedes faltar!, lloraron al unísono. 'Lo siento, pero no puedo dejar a mi padre solo', respondí con genuina amargura. 'Anda, no seas así, pídele permiso a tu papá', sugirió Miranda. 'No, en serio que no puedo.' 'Bueno... ¿y qué tal si Mir y yo vamos y le pedimos permiso a tu papá? Seguro que así, sí te deja ir.' Una oleada de pánico inundó mi pecho. '¡No, no pueden hacer eso! ¡¿Me escuchan!?' Me puse de pie golpeando la mesa con las manos, tirando mi soda al suelo. Asustada por mi reacción, me disculpé diciendo que yo me haría cargo de convencer a Papá. Que no tenían por qué tomarse tantas molestias. Intenté suavizar la situación preguntándoles si ya tenían pareja para la noche. Sin percatarse del cambio abrupto de tema, hablamos de los chicos con los que nos gustaría bailar hasta que sonó la campana y volvimos a clase.


Al terminar las clases, Papá me esperaba fuera del colegio. Hablaba con el director sobre el festival medieval que sucedería el mes siguiente. Me despedí de las chicas, prometiéndoles que me encargaría de conseguir el permiso de Papá para ir a la fiesta. Al verme acercarme, Papá sonrió de un modo extraño. Pude notar la ira en su mirada. Cuando me percaté de que las cosas no andaban bien, frené un poco mi paso. Papá lo notó, arqueó las cejas del mismo modo como cuando le hacía una advertencia a mamá, y me extendió un brazo para apresurarme a llegar a su lado. Obedecí y corrí hasta él, me pasó el brazo por detrás de los hombros y me comunicó que nosotros nos encargaríamos del juego de los dardos durante el festival. Papá siempre se ofrece para cosas así. Le gusta involucrarse en las actividades de la escuela, conocer a los profesores. Papá estrechó la mano del director, despidiéndose de él, y marchamos hacia el coche. Su mano izquierda se aferraba a mi hombro hasta hacerme daño. No me quejé. Al llegar al coche, me abre la puerta. Enciende el coche y arrancamos.

'¿Cómo te fue hoy en la escuela?' Apretando los dientes, reteniendo el deseo de gritarme.

'Muy bien... aunque estuvo aburrida la clase de historia.' No quería voltear a verlo. Temía que en cuanto lo hiciese, me golpearía en el rostro.

'¿Qué vieron el día de hoy?' Ese tono metálico que me hace estremecer.

'La revolución francesa.' No dijo nada después de esto. Aquel terrible silencio me aprisionaba el pecho, no podía respirar. Sabía que había hecho algo para molestarlo. ¿Pero qué? Necesitaba que me dijera algo, que me gritara, que golpeara el volante. Lo que sea.

Como si hubiera escuchado mis pensamientos, me dio una respuesta. 'Hablaremos al llegar a casa.' Su rostro se ensombreció aún más. No volvimos a hablar en el resto del trayecto.


Una vez que llegamos a casa, cerró la puerta detrás de nosotros. Aún no había puesto mi mochila en el suelo, cuando me tomó muy fuerte por la nuca. La sorpresa y el dolor me hicieron hincarme. 'Ponte de pie, estúpida. Te enseñaré qué es lo que hiciste.' Hablaba entre dientes, conteniendo las ganas de gritarme, de darme una paliza. Me dirigió a las escaleras que llevan al sótano, abrió la puerta y me empujó escaleras abajo. Me golpeé en la cabeza al llegar al suelo y el resto de mi cuerpo se sentía entumecido por los golpes al rodar escalera abajo. Papá descendió escalón tras escalón. Lentamente. Dándome tiempo de recuperarme y ponerme de pie. No debía mostrar debilidad. Me enderecé y vi a nuestra muñeca, crucificada al fondo del sótano. Su rostro seguía guardando un rastro del terror que le hicimos pasar este par de días. Su mentón, pintado de rojo, así como sus pechos y el estómago. En el suelo había un charco de sangre seca. Volteé a ver a papá, que había llegado a mi lado, y me propinó una terrible bofetada en la mejilla derecha, que me hizo caer nuevamente al suelo. '¿Puedes repetirme qué te dije anoche, estúpida?', estaba furioso. Me limpié una gota de sangre que salía de mi boca, antes de responder. De mi respuesta dependía que me siguiera golpeando. 'Me dijiste que le diera los somníferos para que no hiciera ruido por la noche.' 'Exacto, dale los somníferos. ¿Y luego?' 'Y luego amordazarla nuevamente.' 'Así es. Entonces, ¿me puedes decir por qué cuando bajé descubrí que la estopa que debía estar en su boca, estaba en el suelo?' 'Porque olvidé ponerle la cinta...' '¡Porque olvidaste ponerle la maldita cinta y la puta se suicidó mordiéndose la lengua! ¿¡Escuchas!? ¡Se ahogó con su propia sangre! ¡La muñeca de mierda está muerta por tu maldito error! ¿¡Entiendes!?' Seguía en el suelo cuando me dio un puntapié en el estómago que me hizo doblarme. El golpe me sofocó y no podía respirar, pero logré, con mucho trabajo, ponerme en pie una vez más. 'Per-perdón, papi.' '¿Perdón?', me sujetó del cabello y jaló mi cabeza hacia atrás. 'Creo que no entiendes lo que sucede, princesa. Te estás volviendo torpe y descuidada. ¿Acaso estás enamorada de un chico y eso te hace olvidar tus obligaciones?, ¿acaso te he dejado de importar y dejarás de obedecerme?' 'No, Papi, lo juro que no. Solo fue un descuido, no volverá a pasar. Por favor dame otra oportunidad. Prometo obedecerte en todo lo que ordenes.' 'Tienes razón, no volverá a ocurrir. Por tu bien, espero que no. No me gusta molestarme contigo, pero hay ocasiones en que te pareces tanto a tu madre... que no puedo soportarlo.' 'Perdón, Papi. Perdón.' Soltó mi cabello y lo arregló un poco. Me acarició la mejilla donde me había golpeado y me dio un  beso en la frente. 'Listo, estás hermosa de nuevo. Después de cenar nos encargaremos de ella, para que prepares todo.' 'Sí, Papi', respondí sonriendo, tomando la mano con la que me había golpeado, besándola varias veces.

Papá se preocupa por mí. Me cuida y siempre trata de hacerme feliz. Fue un terrible error el que cometí al no amordazar a la muñeca. Ahora tendremos que deshacernos de ella y conseguir otra nueva. Fue mi culpa haber hecho enojar a Papá de ese modo. Es mi culpa que papá se arriesgue a conseguir otra muñeca para nosotros.

Tras la comida, Papá marchó al trabajo para su turno de la tarde. Yo me quedé en casa a lavar los platos, hacer mis deberes escolares, limpiar la casa y preparar la cena. Como debe ser. Para cuando Papá llegue, la casa debe estar reluciente, la cena servida  y mis tareas hechas.



Después de terminada la cena y lavados los platos, le pedí a Papá que me dejara encargarme de la muñeca. Me miró por un instante, estudiándome. Luego, sonrío levemente, complacido de que quisiera enmendar mi error. 'Está bien', me dijo, 'pero yo te supervisaré.'

Se sentó en una silla, al otro extremo del sótano, bajo las escaleras. En la oscuridad. Me acerqué al cuerpo de la chica, que yacía colgada en la tabla de juegos. A veces jugamos a tirar dardos, utilizando sus pezones como dianas. A Papá se le ocurren un sin fin de cosas. Su cuerpo apenas y tenía unos cuantos moretones y laceraciones. No tuvimos suficiente tiempo para dejarla irreconocible, como a Papá le gusta. Es mejor cortar un cuerpo horas después de muerto. La sangre ya no circula, es menor la suciedad que deja. Así no tendré tanto que limpiar. Tomé un impermeable de uno de los gabinetes en la pared. Lo extendí y me preparé para ponérmelo, cuando escuché a papá carraspear su garganta. '¿Sí, Papá?', pregunté flirteando. 'Quítate el uniforme', me ordenó mientras se desabrochaba el cinto. 'Desnúdate frente a ella.' Cerré los ojos y sonreí aliviada. Las cosas aún podían arreglarse.

Me puse de frente a la muñeca. Me quité el chaleco del uniforme, la camisa y la falda, que acomodé en una de las mesas a los costados de la habitación. Luego me quité el bra y las bragas. Mi cuerpo se veía más blanco de lo normal a causa de la iluminación. Hacía frío y mis pezones estaban erectos. Me froté los senos para darme calor mientras esperaba la siguiente orden. 'Pon a la muñeca sobre la mesa', me dijo. Desaté los nudos de los brazos, de las piernas y el que la sujetaba por la cintura. Cayó sobre mí con todo su peso inútil. Su asquerosa y fría piel amarillo-azulada me daba náuseas. Requerí de todas mis fuerzas para arrojarla sobre la mesa. Me sentía sumamente molesta. Fue su culpa que Papá se haya enojado conmigo, fue su culpa que Papá me haya golpeado, fue su culpa que me encontrara en esa situación. Acomodé una pierna que se salía de la mesa, y los brazos que colgaban dándole una imagen ridícula. Parecía estarse burlando de mí.

'Ya sabes qué hacer, cariño', ordenó. Abrí el baúl donde guardamos las herramientas y extraje un martillo. Me quedé ahí, con el martillo en mano, observando los suaves contornos de la cara de la muñeca, sus ojos morados por la golpiza que le propinamos ayer, y en la frente, escrito con la hoja de un cuchillo, la palabra "puta". El cuerpo entero estaba pintado de morado, verde, marrón. Golpes, laceraciones hechas con látigo o con cables. Agujas incrustadas en sus pechos, idea mía. Maldita. De haber tenido más tiempo con ella, me habría divertido haciéndola sufrir, en vez de ser yo la que tenga que sufrir en su lugar. Levanté el martillo por encima de mi cabeza y descargué todo mi ira sobre su rostro. Una y otra vez. Hasta que la sangre y los sesos salpicaban por todos lados, cubriéndome la cara, las manos, los pechos. Me encontraba al borde de la histeria. Sentía el deseo de destruirla, hacerla añicos con mis propias manos. Necesitaba aniquilarla.

Dejé el martillo sobre la mesa, abrí el baúl nuevamente y extraje una sierra de mano y un cuchillo de caza. Tomé el cuchillo y la apuñalé hasta el cansancio en el estómago y en los pechos, la sangre salpicaba sobre mi cuerpo desnudo. Podía sentir las gotas de sangre corriendo por mi estómago hasta llegar hasta mi zona púbica. Hice cortes en los brazos y en las piernas, tenía que dejarla horrenda para la policía y la prensa. Después le abrí las piernas y la follé con el cuchillo hasta que pude meter mi mano entera dentro de su coño. Me encontraba completamente excitada. Tenía la vagina húmeda y una gota de mi lubricante corría por el interior de mis muslos. Volteé a ver a Papá con mirada suplicante, lo necesitaba, lo deseaba.

Se puso de pie y caminó hasta mí con una sonrisa. Esperaba que me felicitara por lo bien que lo estaba haciendo, pero en vez de eso me dio una bofetada que casi me hizo caer. '¿Te estás divirtiendo, estúpida?', no entiendo qué fue lo que hice mal, o lo que lo hizo enojar, pero me continuó golpeando cuando estaba en el suelo. Patada tras patada. 'Creo que saliste a tu madre, porque yo no crié a una estúpida como tú.' Yo le respondí que no era igual a mi madre, que nunca lo sería, que me perdonara. Pero no había modo, Papá tenía que castigarme para que aprendiera la lección. '¿Qué hacemos primero? Les cortamos el cabello. ¿Recuerdas? ¡Para que no puedan identificarlas fácilmente!' El dolor era demasiado que quise llorar. Pero no me lo permití. 'Lo siento, Papá, no lo olvidaré', logré articular. 'Oh, sé que lo harás. Porque no quieres verme enojado, ¿verdad?' 'No, Papá, solo quiero hacerte feliz'. Me dio otra patada y escupió un 'así me gusta'.

Tardé unos segundos en ponerme de pie, temblando a causa del dolor de los golpes en los muslos y la espalda. 'Sabes que no me gusta lastimarte, cariño... pero es que a veces te pareces tanto a tu madre que no sé qué hacer contigo.' Cogió un látigo de nueve colas que colgaba en la pared a nuestro lado y comenzó a golpearme. Ese era mi castigo por ser una buena para nada. Por eso nos quedamos sin muñeca, por eso Papá se enfureció conmigo, por eso es que estaba en el suelo, siendo castigada. Cuando terminó de golpearme, arrojó el látigo a un lado, se arrodilló sobre mí y me hizo el amor. Entonces se portó muy cariñoso conmigo. Me arropaba con sus besos, diciéndome que todo estaría bien, que ya se le había pasado el coraje. Es solo que en ocasiones lo hago perder la cabeza. Yo me dejaba querer, abrazar y besar. Ahora que Papá estaba feliz, yo también estaba feliz. Cuando terminó, se puso de pie y se abrochó el pantalón.

'Ahora ve arriba, báñate y arréglate para ir a la cama. Yo terminaré el trabajo. Y no olvides ponerte algo en la mejilla', las cosas habían regresado a la normalidad, ya no parecía estar molesto conmigo. Se había quitado la camiseta y puesto encima el impermeable.

'¿Papá?', dije nerviosamente.

'¿Sí, mi vida?' Había tomado la sierra y comenzado a cortar la cabeza.

'¿Crees que pudieras darme permiso de ir a una fiesta con mis amigas?' El corazón me palpitaba de emoción, no sabía si eso le haría enfadar después de que ya parecía estar feliz.

'¿Cuándo será?', preguntó sin prestar mucha atención a la conversación, acababa de separar la cabeza y necesitaba ponerla en una bolsa de basura.

'El viernes. Iré con Miranda y Leticia', se quedó en silencio por un momento, sujetando la cabeza por el cabello, esparciendo la sangre por el suelo, meditando.

'¿Crees que ir a una fiesta el día del aniversario de la muerte de tu madre sea lo más conveniente? ¿Quién te invitó, un chico?', me miraba de forma despectiva, analizando mis expresiones.

'No. Me invitaron ellas. Dicen que será una gran fiesta. Y tengo ganas de utilizar el vestido que me regalaste.' Los nervios me consumían. No decía nada, solo me observaba con esa fría mirada que me penetraba hasta el alma.

'Lo pensaré. Ya que nos quedamos sin muñeca, mañana tendrás que ayudarme con la siguiente. La invité a cenar a un restaurante en el centro a las ocho en punto. Debería llegar aquí con ella a las diez.' La noticia me sorprendió, no pensé que fuéramos a buscar otra tan pronto. Aunque así ha sido últimamente, cada vez se va acortando más el tiempo en el que Papá necesita buscar a una nueva.

'¿Quién será?', pregunté con interés. '¿Está linda?'

'Es perfecta. Anda a dormir ya, que mañana hay mucho por hacer', Ni siquiera volteó a verme cuando me iba, estaba demasiado concentrado cortando el brazo izquierdo de la muñeca.


Jueves


Papá me dejó en la escuela a las siete y media de la mañana. Iba en camino a tirar los restos de la muñeca en distintos lugares a las afueras de la ciudad. Después de encargarse de eso, irá a su trabajo como vendedor de autos. Ahí es donde consigue a las muñecas.

Papá las atrae contándoles que es padre soltero. Que es difícil no tener a una mujer en casa. Que él tuvo que hablarme sobre los cambios que experimenta una mujer a medida que va creciendo, sobre chicos. No ha sido sencillo desde que su esposa murió. Sería más fácil teniendo a una mujer en casa que le ayude a criar a su hija. Una mujer a quién amar, que sea su compañera. Se siente solo y perdido en ocasiones, pero su hija -yo-, lo ayuda a mantenerse a flote. Papá juega su papel a la perfección, buscando a aquellas mujeres dulces e inocentes que se enternecen con su historia. Mujeres jóvenes, de entre veinte y treinta y cinco años, que no tengan familiares en la zona. Mujeres, o madres solteras, que caigan en su farsa, que lo comprendan, porque para ellas también ha sido difícil criar a un hijo por su cuenta. Mujeres que necesiten a un hombre como él, comprometido con su familia. Un hombre que se abra y se permita expresar sus sentimientos.

Como vendedor de coches, no resulta extraño que entable largas conversaciones con posibles compradoras, o incluso, que intercambien información para mantenerse en contacto. Es elocuente, carismático. Sabe cómo leer a las personas y por dónde llegarles. Es un manipulador. Nadie sospecharía que el amoroso padre viudo, carismático, amigo de todos, fuera un psicópata. El lobo disfrazado de cordero.

Participa en los eventos de mi escuela, asiste a misa, sale con sus amigos. Es un tipo regular. Al menos en el exterior. Por eso no resulta complicado para él seducir a una mujer. Invitarla a salir. Tener una velada agradable con risas y coqueteos. Tras la cena, caminando por el estacionamiento, le pide que la acompañe al auto, pues tiene un pequeño regalo qué hacerle. Halagada por el gesto, lo sigue hasta su automóvil, ignorando el peligro. Él le pide que se acerque con los ojos cerrados, que debe ser sorpresa. Ella ríe y se presta para el juego. Sin advertirlo, recibe un suave beso que la hará derretirse. Divertido, él le dirá que esa no era la sorpresa, que siga manteniendo los ojos cerrados. Es ahí cuando es golpeada en la cabeza con un martillo y cae inconsciente. Él la mete en la cajuela y sale de ahí sin mucha prisa. Mantenerse sereno es parte del juego.



Hay una anécdota que suele contar. De esas que provocan en el interlocutor un gesto de asombro y terror. Se llevan una mano a la boca para cubrir el espanto. Como si de ese modo se protegieran de que les suceda algo parecido. Después de eso, toman la mano de Papá y dicen palabras consoladoras. De esas que brindan calidez al corazón herido. Solo que no hay un corazón al qué confortar. Solo ira, poder y control. Y yo. La anécdota que cuenta es la siguiente:

La noche en que su esposa murió, su hija cayó en fiebre. Tuvo que llevarla al hospital, temeroso por su vida. Su esposa había tomado pastillas para dormir más temprano esa noche, y no pudo acompañarlo por el estado en el que se encontraba. Pasó toda la noche en el hospital, con su hija. Por la mañana, una vez que su pequeña estuvo fuera de peligro, fue a la casa a cambiarse de ropa y, junto con su esposa, volver al hospital. Pero cuando llegó, encontró la casa hecha un desastre. La mesa del comedor volteada, sillas tiradas, platos rotos... Un escalofrío lo hizo despertar de su estupor. Corrió hacia su cuarto, temiendo que algo terrible le hubiera ocurrido a su esposa. Al abrir la puerta de su habitación, su mundo colapsó. Su esposa había sido asesinada. El estado en el que se encontraba, el nivel de violencia con el que le quitaron la vida, no dejaba de acecharlo noche y día.

El asesino entró por la puerta trasera. Rompió el cristal y abrió el cerrojo. Una vez dentro, se dirigió a la habitación principal, encontrando en ella únicamente a su esposa, que reposaba inadvertida a causa de los somníferos. La golpeó en la cabeza con un mazo. El primer golpe fue mortal. Después de eso, el asesino se dirigió a la habitación de su hija. Al encontrarla vacía, se dedicó a robar objetos de valor y destruir el resto de la casa.

La policía no encontró huellas, ni el arma asesina. No hubo sospechosos. No se hizo justicia. Nadie sabe lo terrible que se sintió al tener que comunicarle a su hija de diez años, que su madre se había ido. Que mami ya no estaría con ellos. Al ver a su princesa recostada en esa cama de hospital, quebrar en llanto, preguntando, pidiendo ver a su madre... No supo qué hacer. Quedó hecho añicos.

Cualquier persona que escuchara esta desgarradora historia, no podría menos que sentir un poco de compasión o empatía por este hombre y su hija, víctimas de un crimen atroz.

Lo que él no les contará, es que él mismo le provocó la fiebre a su hija. Que drogó a su esposa para dejarla inconsciente. Que tras un par de horas, habiéndose encargado de que el personal médico lo observara preocupado, caminando de un lado a otro, en espera de noticias favorables sobre su hija, decidiera salir a tomar un poco de aire fresco, no sería nada raro. Aprovechando ese tiempo, regresó a su casa, estacionando su coche a dos cuadras de distancia. Se colocó guantes de látex, rompió el vidrio de la puerta trasera y abrió el cerrojo. Se dirigió a la habitación donde su esposa dormía, y con un mazo que había robado de una construcción semanas atrás, le destrozó el cráneo. Con lo drogada que estaba, ni siquiera se enteró que murió. Posteriormente, apuñaló su cuerpo hasta quedar exhausto. Robar joyas y dinero, así como desordenar la casa, fue solo una distracción, una carnaza para los policías. Tampoco les contará que no tardó ni cuarenta minutos en regresar al hospital y continuar con la charada del padre preocupado. Tenía la coartada perfecta. Nadie sospechó de él.



Estoy en clase de matemáticas. La profesora es una señora de cincuenta años. Bajita y con cara de perro. Su voz se asemeja a los ladridos de un schnauzer. No tengo ni idea de lo que estamos haciendo. Solo me limito a copiar las operaciones que escribe en el pizarrón. La clase entera parece sumida en un trance. Nadie habla, solo se escucha el sonido del grafito al rozar el papel. Faltan diez minutos para que suene la campana y podamos salir al receso. Me pregunto cómo será la nueva muñeca que Papá traerá a casa. Espero que sea linda. Así es más excitante verlas llorar, suplicar por una piedad que no les será concedida.


Me encuentro observando la multitud de nucas frente a mí, cuando mi mirada se cruza con la de Alejandro, que está sentado en la banca a un lado de mí. Rápidamente regresó la vista a su libreta, disimulando. Qué absurdo se ve con esas enormes gafas. Con esa cara de lelo. Desde hace un año que me asedia con miradas, cartas y regalos bobos. 'De parte de tu enamorado', escribió el muy idiota. Si Papá supiera que un tipo como él me pretende, le sacaría los ojos. Por más que le insistí en que no me regale más cosas que terminarán en la basura, él se rehusa a desistir. Miranda y Leticia se sientan al otro lado del salón. La una junto a la otra. Al parecer estaban pendientes de lo que sucedía, porque miraban en mi dirección y se hablaban en murmullos.



Anoche no dormí en la habitación con Papá. Me mandó a mi habitación a pesar de que usaba la lencería que me regaló en mi cumpleaños pasado. No estaba molesto, pero tampoco era su yo habitual. Me pareció percibir tristeza, aunque no era probable. Papá no se entristece por nada. Recordé a la muñeca, la sensación de la navaja al penetrar la piel, los órganos. El salpicar de la sangre sobre mis pechos. Papá haciéndome el amor en el suelo, lamiendo la sangre sobre mis pezones, mordiéndolos hasta hacerme reventar en contracciones de placer.

Me acomodo en mi silla. El solo recordar hace que me humedezca. Para mi fortuna, sonó la campana y salimos a almorzar. Decenas de alumnos salen de los salones. Se forman ríos para bajar las escaleras que llevan al patio, al comedor y a las oficinas. A pesar de que parezca una chica normal, no soy como ninguna otra que pise esta escuela. Nadie ha pasado por las mismas experiencias que yo, nadie ha hecho las cosas que yo he hecho, nadie se ha sentido como yo me he sentido. A pesar de que pueda mezclarme entre todos ellos, no habrá nunca una conexión real. Incluso con mis amigas. No puedo contarles las cosas que vivo en casa. Mi amor por mi padre y mi devoción por hacerlo feliz. Nadie puede saberlo.

Miranda nos cuenta que Julio la llamó ayer para preguntarle si iría a la fiesta.  Parece bastante emocionada y feliz. No sabía qué vestido usar, o cómo peinarse. Leticia y yo prometimos ayudarle a arreglarse. Leticia sacó el tema de Alejandro como saca un mago a un conejo de su sombrero: de la nada. Antes de que se emocionaran, les comenté que no me agrada físicamente, y que por lo demás, hasta tiene pinta de afeminado. Entonces me confiesan que ellas le han estado sirviendo de valentinas por el pasado año. Al parecer ellas le daban ideas sobre qué regalos darme, o sobre qué platicar conmigo. Les di un alto, no podían seguirle llenando la cabeza de ideas a un bobo como él. Simplemente no me gustaba. Pero ellas seguían insistiendo en que quizás sería buena idea. Entonces lo recordaron, ¿mi papá ya me había dado permiso? No, aún no, pero me dijo que lo pensaría. Ambas parecían tristes. De seguro eso significaba que Papá no me dejaría. Insistieron con la idea de ir ellas mismas a preguntar, pero no les di opción. Yo me encargaría de eso.

A pesar de lucir interesada en los temas sobre los que hablaban, yo tenía una preocupación. Qué regalo darle a Papá por el aniversario de mi madre. Aún no podía pensar en algo adecuado. Pensé incluso en conseguirle yo misma una muñeca, pero Papá la conseguiría hoy y no tendría punto. El tiempo se termina y no soy capaz de tener una buena idea.

Tras salir de la escuela Papá me llevo a casa, comimos y después se marchó al trabajo. De ahí, él iría a cenar con la muñeca. La mujer que traería ese día se llamaba Sol. Veintiocho años, madre soltera. No podía esperar a que llegara con ella. Preparé mi cena y limpié la casa antes de que Papá regresara. Todo lucía impecable.

Papá llegó a las nueve y media de la noche. Más temprano de lo previsto. Salí a recibirlo, ayudarlo a cargar a la muñeca. Pero no había muñeca que cargar. Llegó solo. No me dirigió la palabra. Pasó por mi lado como si fuera un fantasma. Se veía triste, desamparado. Se acercó a la mesa de la cocina y le dio un puñetazo. 'La muy puta me canceló. ¡Estuve esperándola una maldita hora antes de que llamara al restaurante para informarme que no podría ir porque su madre se enfermó! ¿¡Puedes creerlo!? ¡Hija de perra!' Se puso a golpear los muebles, a maldecir y destruir todo como un huracán. Nunca lo había visto así de enfadado. Tras cinco minutos de frenesí, se detuvo en seco, tirándose sobre un sillón. '¿Qué sentido tiene?, ¿qué sentido tiene todo esto?' Luego se levantó y se marchó a su habitación.

'¿Papá?', le pregunté. 'Sé que no es momento adecuado, pero, ¿crees que pueda ir mañana a la fiesta?

Se detuvo apenas un segundo y escupió un 'Haz lo que quieras, lárgate si eso es lo que quieres', y se encerró en su cuarto. No era un sí, pero tampoco un no. Estaba muy feliz de que me hubiera dejado ir a la fiesta. No solía dejarme salir mucho, mas que cuando tenía una pijamada con mis amigas. Sin quererlo, encontré el regalo perfecto para Papá. La mar de feliz que lo haría con eso.


Viernes


Como todos los días, Papá me dejó en la escuela a las siete y treinta. No presté atención a nada de lo que vimos en el transcurso del día. Estaba feliz de poder asistir a la fiesta, de poder usar mi vestido, y de terminar la noche con la sorpresa que le daría a Papá. En los pasillos se rumoraba que habría alcohol en la fiesta. Y se esperaba que así fuera. Eso sería un punto a su favor.

Cuando salimos a almorzar, les informé que Papá accedió a dejarme ir a la fiesta. Gritaron de emoción. Así podríamos arreglarnos en casa de una de ellas e irnos juntas. Leticia nos contó que Esteban, un chico del grupo B, la invitó a la fiesta, pero que lo rechazó por venir con nosotras. Ellas continuaron la plática mientras yo pensaba en cómo preparar todo para esa noche. Quedamos en vernos en casa de Miranda a las cinco de la tarde.

Al llegar a casa, preparé mis cosas para ir a donde Miranda. Maquillaje, ropa interior, vestido, zapatos y unas píldoras que tomé del cajón de Papá. Llegué a casa de Miranda a las cinco en punto. Papá no habló mucho durante el día. Comiendo o manejando con desdén. Incluso intenté masturbarlo en nuestro trayecto a casa, pero me rechazó. No estaba de humor. Quería contarle de mi plan, del regalo que le tendría esa noche. Pero me quedé callada. No quería arruinar la sorpresa. Cuando llegué a casa de Miranda, Leticia ya se encontraba ahí. Nos vestimos, peinamos y maquillamos la una a la otra. A las siete ya estábamos listas. La mamá de Miranda nos llevó a la fiesta, dándonos unas cuantas advertencias. Nada de alcohol y manténganse siempre juntas. Nosotras le llamaríamos cuando quisiéramos que pasara más noche.

Afuera de la casa había compañeros nuestros bebiendo en vasos de distintos colores. La fiesta había comenzado a las seis y ya había bastante gente fuera y dentro de la casa. Entramos a buscar bebidas, saludando a este o aquella, riendo, abriéndonos paso hasta la cocina. Como acabábamos de llegar, teníamos que tomarnos un tarro de cerveza al hilo. Miranda y Leticia los rechazaron en un inicio. Pero al ver que yo bebí uno completo, perdieron las inhibiciones. Esta noche era para pasárnosla genial. Sería mi despedida para ellas.

Los padres de Josué, el chico de la casa, habían salido de la ciudad por el fin de semana, así que tenía la casa sola para destrozarla a su antojo. Algunos habían caído de ebrios en la sala, sentados en los sillones o en el suelo con expresiones apagadas. El dj animaba la fiesta con una canción que no había escuchado antes. Había unos cuantos chicos bailando alrededor de las bocinas, entusiasmados por el alcohol a bailar ridículamente. Chicas que danzan para seducir. Todos parecen estarla pasando fenomenal. Decidimos salir al patio trasero, donde unos chicos de nuestro grupo se sumergían la calidez del jacuzzi, invitándonos a nosotras a perder la ropa y hacer lo mismo. Los mandamos por un tubo y fuimos a sentarnos a una banca en el jardín. Un chico se acercó a nosotras y comenzó a platicar con Miranda. A Miranda le gustaba el chico, se notaba. Apresuré a Leticia a terminarse su bebida e ir por más.

Miranda se quedó platicando con el chico, mientras Leticia y yo fuimos por más bebidas. Conforme pasaba el tiempo, yo les daba más y más alcohol. Las quería ebrias para cuando dieran las nueve. Yo fingía beber, dando pequeños sorbos. Lo suficiente para convencerlas de que iba a su ritmo. Cuando regresamos con Miranda, estaba besándose con el chico. Preferimos darle su espacio y nos quedamos charlando con compañeras del salón. Más tarde se nos unió contándonos que Ismael -con el que se estaba besando-, le pidió que fuera su novia. Ella le respondió que el lunes le confirmaba. Bobadas de adolescentes. Yo tenía mi meta clara. Ambas se tambaleaban un poco. Aún no lo suficiente. Las llevé a la cocina y frente a todos, las reté a que bebieran dos tarros de cerveza con el embudo. Todos las animaban, yo incluida. Miranda terminó antes que Leticia y gritó en símbolo de victoria. Después de eso las dos se encontraban en un estado tal, que no podían mantenerse en pie. Fue aquí que comencé a actuar.

Fingiendo preocupación, les pregunté cómo haríamos para que nuestros padres no se dieran cuenta de que habíamos bebido. Casi rompen en llanto. Sus padres las castigarían si las llegaban a descubrir ebrias. Yo las consolé diciendo que yo no estaba tan mal, le hablaría a Papá y le preguntaría si podía pasar por nosotras. Estarían en casa hasta que se les hubiera bajado la ebriedad y después las llevaríamos. Eso pareció calmarlas un poco. No paraban de repetir cosas como ''no debimos de haber bebido", ''¿por qué no le hice caso a mi mamá?'' y ''me van a castigar''. Las dejé sentadas en el pórtico en lo que le marcaba a Papá. Cogí mi celular y marqué a la casa. Uno, dos tonos... contesta:

'¿Sí?', Su voz falta de emoción hizo que me preocupara. Tal vez sí estaba muy decaído.

'Papá, soy yo, Andrea.'

'¿Qué pasa?, ¿ya quieres que vaya por ti?' La idea pareció cansarlo, como si se tratara de una tarea tediosa.

'Sí. Y ven pronto, te tengo una sorpresa. Es en el fraccionamiento que está detrás de la nueva plaza. Calle Girasoles. Sabrás dónde es por los adolescentes ebrios en el jardín.' Sé que la noticia en sí no le animaría, pero en cuanto lo supiera, se alegraría en exceso.

'No puedo esperar. ¿Tú bebiste?', preguntó con interés.

'Fue por una buena causa. Además sólo fue un poco. Anda, Papá, que no puedo esperar a que veas el regalo que te tengo.

'Está bien. Llego en un momento. Recuerda cubrir tus huellas.' Más que una advertencia, parecía un consejo.


No tardaría más de media hora en lo que llega desde casa. Miranda y Leticia me miraron como un par de cachorros, esperando una respuesta favorable. 'Pasará por nosotros en un momento. Ya le expliqué cómo está la situación, y dijo que no hay problema. En casa podrán descansar antes que Papá las lleve a casa', les dije. 'Muchas gracias, no sé qué haría si mi mamá me viera así', dijo Miranda. 'Ya, no hay problema. Seguro que Papá conoce algún remedio para bajarles la embriaguez.' 'Tú no estás tan mal como nosotras, ¿no bebiste?', preguntó Leticia. 'Claro que bebí, quizás solo tengo más resistencia que ustedes. Espero que Papá no me regañe por eso.' Se quedaron contentas con esa respuesta. Les pedí que me esperaran ahí en lo que iba por agua para ellas. Como las niñas buenas que son, confiaba en que no se moverían de ahí.

Entré nuevamente a la casa, chocando con gente que bailaba o que formaba pequeños grupos, estorbando en el trayecto hacia la cocina. Sin querer, choqué con alguien que me tiró su bebida encima. Por poco le arranco la cara, cuando vi que era el zopenco de Alejandro. 'Ahora no', le digo, 'no tengo tiempo para tus tonterías.' Él me siguió. Balbuceando un qué linda estás o alguna chorrada así. Se había puesto una cantidad excesiva de loción que lo volvía completamente repelente. '¿Te gustó el poema que dejé en tu escritorio?' Preguntó, siguiéndome como un perro faldero por entre la multitud. 'Ahora no tengo tiempo para eso, Alejandro. Así que por qué no te pierdes', sé que no me escuchó a causa del ruido que nos rodea. Lo único que quería era que me dejara en paz. 'Andrea, por favor. ¿Podemos hablar?', suplicó. 'No tengo tiempo, Alejandro, tengo cosas qué hacer', dije como ultimátum. En la cocina estaban los que se habían embriagado con el barril de cerveza. Ya nadie bebía. Tan solo eran un lastimoso grupo de adolescentes alcoholizados. Busqué dos vasos en los estantes y les puse agua, acompañada por el lelo de Alejandro que se rehusaba a largarse. Tenía que moler las pastillas para ponerlas en las bebidas, y no podía hacerlo si él respiraba sobre mi cuello. 'Mira', le dije, 'si quieres, nos vemos en cinco minutos en el patio trasero, por donde está el gran árbol. Ok?' Quiso decir algo, pero se detuvo y solo balbuceó un 'está bien' antes de largarse. Nadie pareció prestar atención cuando saqué las píldoras de mi bolsa, las molí y las puse en el agua para Miranda y Leticia.


Me costó mucho trabajo llegar hasta la salida sin derramar el agua. Cuando llegué, las dos estaban abrazadas, un poco dormidas. Las desperté y les dije que si bebían agua, se sentirían mejor. 'Muchas gracias', dijeron a coro. Hice que bebieran toda el agua y las llevé a la acera. Papá no tardaría en llegar. Las pastillas tardan quince minutos en surtir efecto. Miranda y Leticia balbuceaban algo sobre sus mamás, de cómo las regañarían.

'Ya no piensen en eso. Todo estará bien', les dije, pendiente de ver las luces del auto de Papá.

'Ay, ¿qué dirá tu papá de nosotras?' Alguna de ellas.

'No se preocupen por eso. Papá sabe ser discreto.' Al fin vi un par de luces girando en nuestra dirección. Ese tendría que ser papá. Levanté los brazos para que me viera. Se detuvo a unos metros de donde estaba con ellas. Les pedí que me esperaran en lo que hablaba con él.

'¿Entonces?' Preguntó con pesadez.

'Espera, que ya vienen. Están ebrias y hace unos minutos les di las pastillas para dormir.' Sonreí, satisfecha de mí misma. Giré y no había nadie en el patio delantero. 'Sin testigos, sin problemas.'

'Estoy sorprendido y sumamente halagado. Vamos, tráelas y vámonos de aquí. Tenemos mucho qué hacer esta noche.' Al fin vi esa sonrisa en su rostro que tanto esperaba.

'¿Te gustó tu sorpresa?', pregunté mordiéndome un labio.

'No esperaba nada menos de ti, amor.' Sus ojos se avivaron, Papá volvía a ser el de antes.


Volví por ellas, asegurándoles que todo estaría bien. Les abrí la puerta trasera, e incluso las cobijé con una chamarra de Papá. Se disculparon con él por el estado en el que venían. Papá solo repetía que todo estaría bien. Lo que ellas no sabían, era que serían nuestras muñecas a partir de este día. Nadie volvería a verlas con vida.

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