miércoles, 13 de junio de 2012

De cuando buscamos sombras en la luna

Se despierta precipitadamente, dejando atrás la pesadilla. Una gota de sudor frío corre su mejilla hasta su quijada. Lleva su mano a la cabeza y palpa su húmeda calva. Pone un par de dedos en su cuello y nota su angustioso palpitar. Da un suspiro y cierra los ojos con fuerza en intento de recobrar memoria. ¿Qué sería lo que soñó que lo devolvió a la realidad? No lograba alcanzarlo, el recuerdo pasó a ocultarse en lo más hondo de su conciencia.

Remueve la cobija y pone los pies fuera de la cama. De nuevo el mismo sueño lo despierta a la mitad de la noche; aunque no lograra recordarlo, sabía que se trataba de lo mismo. Mira el reloj que se encuentra sobre el buró; son las tres y media de la mañana y se encuentra completamente despierto. Se calza las zapatillas y no se decide a qué hacer. Quizás un vaso de leche tibia vendría bien. Toma la vela que se encuentra a un lado del reloj y la enciende con un fósforo.

Camina pausado, su pierna mala no parece desentumirse del todo y ha comenzado a darle molestias. Le da tres bruscos golpes y prosigue su marcha. Sale de su habitación en dirección a las escaleras. Las  observa con desprecio, veinte escalones que tendrá que descender y volver a subir llevando a cuestas su pierna herida. Desciende la escalera contando los escalones, verificando que todo se encuentre en su lugar. Nadie viene ya a esta parte de la iglesia, por lo cual todo debería permanecer siempre igual.

Antes tuvo un ayudante, un jovencito radiante, dispuesto a servir a su señor. Pero tuvo que marcharse, el demonio vino por su alma apenas éste buscó su muerte. El hombre lo extraña en demasía, ya no tiene a quien compartirle sus secretos y Dios es sordomudo.

Llega finalmente al piso inferior, donde se encuentra la cocina con su bien surtida despensa. El pueblo será pobre, pero a él nada le falta; las señoras se encargan de mantener la despensa siempre llena. A veces llegan heridas, cubiertas de moretones a causa de las golpizas que sus esposos les propinan. Ellos piden comida después de un arduo día de trabajo, y ellas que nada dan, perdidas en su misión de mantener contento a su dios y obtener sus bendiciones. Pero en este pueblo ningún alma logra salvarse.

En este pueblo, las familias tienen pocos integrantes, no hay más opción, la comida escasea y no todos pueden comer. En el mejor de los casos los padres se quedan con un niño. Si algún otro nace, es tirado en el hoyo que se encuentra en el centro de la plaza. O allá en el bosque, donde se pueden encontrar fetos putrefactos, abandonados al infortunio por madres atemorizadas a la represalia general; las mujeres embarazadas son vistas como señal de mala suerte por la gente del pueblo, les aterra pensar que haya otra boca que alimentar. El cura mismo decretó esa orden y su palabra es tomada como ley. Cualquier familia podría tener sólo un hijo, y todo aquel niño que naciera después, tendría que ser sacrificado. Es por eso que las muchachas se pierden en los bosques para abortar a sus crías. Cualquiera que se negara a sacrificarlo, sería apedreada por las mujeres del pueblo.

Llega a la cocina y deposita la vela sobre la mesa, toma el jarro de la leche y bebe de el. Escucha un ruido que lo hace volverse asustado. No debería haber nadie en la capilla, él mismo cerró sus puertas con candado. Se asoma al corredor que da hacia ésta sin ver nada ni a nadie. Deposita el jarro en su lugar y toma la vela para dirigirse al altar de la capilla. Escucha risas infantiles y pasos. “¡Más les vale que se dejen de juegos y se muestren, traviesos!”, dice, sin que nadie responda. El aire se vuelve denso y el oxígeno entra con dificultad a sus viejos pulmones. Corre tan rápido como puede a la capilla, esperando sorprender a los chiquillos; pero no logra ver a nadie con la poca luz que irradia su vela. Sube al altar y enciende las velas para observar con mayor claridad. Al terminar de encender la última de éstas, se da vuelta y se percata de una enorme y oscura figura que se oculta en la penumbra, justo en la puerta de la capilla. Camina despacio para no ser escuchado; seguro serán dos niños queriendo asustarlo.


La figura se encuentra encorvada, como de rodillas, dándole la espalda. Cuando llega hasta donde se encuentra, lo toma por el hombro con fuerza y éste comienza a hacerse más grande, emergiendo imponente, gira, dándole la cara al hombre. El cura retrocede unos pasos, aterrorizado. Un graznido le desgarra los tímpanos, pierde equilibrio y cae de espaldas al suelo. Su mente se pone en blanco, su cuerpo se entume y no puede siquiera gritar. Un enorme cuervo se posa frente a él, abriendo sus alas por completo. La luz de las velas se refleja en su plumaje y el párroco tiembla, moja su pijama víctima del pánico. El cuervo levanta su afilado pico y lo descarga sobre el rostro del hombre, atacando sus ojos.

De pronto despierta, está empapado en sudor, tiembla incontrolable y ha mojado la cama. Se toca el rostro con ambas manos y se percata de que sólo era un sueño. El mismo que tiene desde hace meses, después de perder a su ayudante en las garras del demonio. Vuelve a reposar su calvo cráneo sobre la almohada y espera a que amanezca. Ha perdido el sueño y le aterra la idea de volver a dormir.

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