jueves, 14 de junio de 2012

De cómo hacer una fiesta sin invitados ni pastel


La mañana entra resplandeciente por mi ventana, me golpea los párpados con sus alegres y despreocupados rayos. Abro los ojos y el tedioso techo blanco pareciera querer caer sobre mí. No quiero levantarme, ni comenzar el día, ni nada. Sólo quiero permanecer echado en cama hasta volver a quedar dormido o morir, lo que suceda primero. Pero una necesidad corporal me obliga a tener que levantarme del colchón: debo orinar. Me incorporo y lanzo una mirada de asco a mi caótica habitación. Por todos lados veo ropa tirada; libros apilados sobre el suelo; pelusas enormes, como ratones, que se pasean a libertad con ayuda de las corrientes de aire. Pongo los pies sobre el suelo y espero que su frialdad me despierte. Nada.

Mi vejiga clama ser vaciada, se niega a ser ignorada por más tiempo. Cómo quisiera poder hacer lo mismo con mi cabeza; vaciarla por completo de tanta mierda. Me pongo en pie y camino semidesnudo al baño. Desde la entrada observo manchas de orina que no dio con el retrete. Como costras, se las puede ver en el suelo cubiertas de polvo. Hago una mueca de aversión y regreso a mi alcoba para ponerme unas chanclas. No porque quiera morir, significa que haya perdido el asco de pisar meados secos.

Vuelvo al baño y me paro a un costado del retrete, meto mi mano dentro de la ropa interior y me saco el miembro para poder orinar. La orina es expulsada con fuerza, haciéndome sentir una gran satisfacción, casi orgásmica. Al menos algo me sigue haciendo sentir bien, aunque eso sea mear. Me sacudo la verga para expulsar un tímido goteo; la regreso a su lugar, dentro del bóxer, y giro hasta quedar frente al espejo.

Un tipo de veintitrés años, calvo, de cejas poco pobladas, barba que se rehúsa a crecer pareja; labios delgados y finos, mejillas rojizas y de ojos pequeños, me mira indiferente, hasta brusco, podría decirse. Le sonrío esperando él haga lo mismo, pero en cuanto mi sonrisa decae, la suya también así lo hace. Luce triste y su mirada denota vaciedad. Yo también me he sentido así en ocasiones. Hoy, por ejemplo.

Quisiera golpearle el rostro al tipejo, escupirle encima, no sé, lo que sea que haga cambiar el semblante de pasividad que muestra descaradamente, como si todo le diera igual. Golpeo el espejo con el puño derecho, quebrándose e hiriendo mi mano en defensa propia. Los trozos del espejo caen regados sobre el lavabo, alrededor de mis pies; algunos incluso continúan adheridos a mis nudillos. Mi mano sangra y no puedo más que recoger los trozos que continúan regresándome la imagen de mi indiferencia al dolor propio. Abro la llave y dejo que el agua se lleve los pedazos pequeños cubiertos de sangre. Así me quedo por un buen rato, observando la sangre correr.

Me duele la mano por lo mismo que yo he ocasionado. Cierro la llave del grifo y con la mano sana tomo el rollo de papel de baño, esperando que la publicidad sea cierta y las hojas sean suaves al tacto con mi piel herida. Presiono con fuerza y es entonces cuando el dolor se hace más intenso. Mi rostro se contrae, pero me aguanto las ganas de gritar como el machito que soy. Vaya farsa.


Con la mano envuelta en papel higiénico voy a la habitación y busco la botella de alcohol etílico en una caja donde guardo los medicamentos. Regreso al baño, retiro el papel y estudio los daños: hay piel levantada y fresca. Abro la botella y respiro honda hasta decidirme impulsivamente a verter el líquido esterilizante sobre las heridas. El ardor es insoportable, me hace doblar y maldecir con la mandíbula apretada con fuerza. “Por pendejo”, me escuché decir. Me incorporo con los ojos llorosos, sacudo la mano para que el alcohol se seque y la envuelvo con una nueva capa de papel.

Camino a mi cuarto y me tiro sobre el colchón, que se encuentra sobre el piso, sin base, lo cual hace que la escena luzca más patética. Me hace querer darme un tiro. Me desnudo con la mano que tengo sana y… ¡diablos, olvidé cerrar la puerta! No es que en realidad importe, es fin de semana y me encuentro solo en el departamento, pero hay algo sobre tener la puerta abierta que no tolero, me hace sentir observado y ahora no estoy para eso. Otra vez me pongo de pie y camino malhumorado a cerrarla, azotándola con fuerza en berrinche a mí mismo. Total, nadie habrá que se queje por el ruido. Una vez cerrada, vuelvo a sentirme cómodo. Me acerco a la mesa y tomo el hitter y la marihuana; el encendedor y los cigarrillos se encuentran sobre la caja donde guardo las películas, a un lado del colchón. Regreso a mi no ortopédica cama y me dejo caer encima. Doy varios respiros, como quien lo hace feliz de estar vivo, pero yo no soy más que un actor.

El silencio de la habitación me exaspera, inspecciono mis al rededores en busca del control del estéreo, ¡ah, ahí está!, justo a un lado de la almohada. Me estiro hasta alcanzarlo y presiono play. El estéreo se enciende acompañado por el molesto ruido que hace su ventilador obstruido por el polvo. Lo ignoro y subo el volumen. Sólo falta encontrar algo en el mp3 que vaya de acuerdo para la ocasión. Doy con la carpeta del disco indicado, Kid A. Tomo la pipa y la relleno con marihuana; dejo la bolsa con la mota sobre mi mesa improvisada y agarro el hitter con mi mano herida. Observo cómo el papel ha absorbido la sangre, formando manchas disparejas que no tienen forma definida. Acerco el hitter a mis labios y con la otra mano tomo el encendedor: enciendo la llama y la acerco a la hierba seca, que gracias a mis inspiraciones, arde con velocidad. Continúo jalando humo hasta que mis pulmones no aguantan más. Retengo el humo sintiendo el efecto de la mota esparcirse por todo mi cuerpo, colmándome. Expulso el humo lentamente, observando cómo choca con el suelo y se eleva hacia el techo. Repito dos, tres veces más hasta sentirme satisfecho.

La sensación de vaciedad no se marcha, pero al menos estoy lo suficientemente drogado como para quedar dormido. Deposito el encendedor y la pipa en el piso y me acomodo correctamente en el colchón. Subo el volumen de la música y cierro los ojos, esperando que las melodías me hagan perderme hasta alcanzar la inconsciencia, quedando al fin dormido.

Nuevamente despierto, ahora es la sed la que me ha traído de vuelta a la realidad con grosera brusquedad. Han pasado tres horas desde que me levanté por primera vez de la cama. Me incorporo y me percato de que la jarra a mi lado se encuentra vacía. Qué asco, ni siquiera estoy de humor para metáforas trilladas. Deslizo mi mano por entre el asa y me lastimo, había olvidado mi percance con el espejo. La tomo con cuidado y me pongo de pie. Un súbito mareo me hace tambalear, he debido pararme muy de prisa. Camino con renovada pesadez hacia la puerta, la abro y asomo la cabeza, inspeccionando el pasillo. No hay nadie, claro que lo sé, pero no quisiera sorpresitas de ningún tipo. Emprendo nuevamente mi camino hacia la cocina, donde el garrafón de agua me espera. Llego a donde éste se encuentra y me inclino para verter su interior en la jarra; me incorporo y regreso al cuarto, cerrando la puerta tras de mí.

Bebo directamente de la jarra, no estoy para convencionalismos inútiles, y mucho menos para regresar a la cocina por un vaso, aunque fuese para llenarlo y dar gusto a la boba metáfora. Lleno, vacío, da lo mismo. Deposito la jarra en la mesa y tomo la cajetilla de cigarros, vacía. Hoy simplemente no es mi día.

Con la idea de ir a la tienda por más cigarros, viene otra más perversa. Una clase de intuición que apenas y se percibe, pero la cual no tengo ganas de desenterrar por temor a la certidumbre. Mejor dejaré que el día me sorprenda.

Agh, tendré que vestirme; por más que quisiera salir a la calle desnudo, hay ciertas formas que no deben descuidarse, y una de esas es salir con varios trapos encima para evitar escandalizar a la sociedad.

Salgo del departamento usando un pantalón deportivo y una sudadera; presiono el botón del ascensor y espero a que la porquería llegue hasta el sexto piso, donde habito. Al fin alcanza altura y se abre, trayendo consigo a una señora obesa que me hace cara de fuchi. Entro y me pongo la capucha de la sudadera, detesto sentir la mirada de desconfianza de la señora, que me mira a la cara y a la mano cubierta por papel ensangrentado, alternadamente, como si fuera a hacerle daño. No sabe del asco que me causa oler su nauseabundo perfume, entonces sí aceptaría que me mirase con desprecio; al menos así el sentimiento sería mutuo. Llegamos a la planta baja y salgo del elevador a paso veloz, dejando atrás a la Ñorahuelefeo. Alcanzo la rejilla que da al estacionamiento. Camino otro poco y ahora a abrir la reja que da a la calle. La condenada cerradura se niega a dejarme salir, lo cual me exaspera aún más; al fin cede.

Llego a la tienda que es atendida por dos pseudo cholo-güeros, cruzando el boulevard. “Qué onda, güero”, me saludan. Paso al fondo y tomo del refrigerador dos six de Tecate, para mí solito; le pido unos Delicados de veinticinco, pago y de vuelta al edificio.

Una vez en mi apartamento, meto las cervezas en el frigobar, tomando una para el momento. Entro a mi cuarto, tomo la pipa y vuelvo a fumar, relleno y repito. Abro la cerveza y bebo de su frío y refrescante contenido, alegrándome que al menos algo de este día no me resulta decepcionante. Abro la cajetilla de los “jotillos” y saco uno. Mi día comienza a mejorar, no faltaba más. Me senté en la cama y cambié la música por algo más alegre; un rico Blues vendría bien.

Así se me fue la tarde, entre latas de cerveza, mota y tabaco. Y debo admitir que lo disfruté demasiado. Pero en algún punto, un oscuro sentimiento fue haciéndose cada vez más presente, creciendo en mi interior hasta que finalmente salió al exterior como el engendro ése en la película de Alien. Estalló, eso es lo único que sé. Lo que comenzó como una ligera melancolía, se fue transformando en desamparo y desolación, convirtiéndose al fin en ira hacia mí mismo.


Tengo veintitrés años y no he logrado nada además de haber estado en tres licenciaturas distintas, sin haber terminado una sola de ellas. Ya sea por la depresión o por la causa que ustedes gusten, mi paso por cada una de ellas está registrado en la administración escolar de la UG. Me comencé a odiar poquito a poquito al hacer un recuento de los últimos años, pensando en cómo me he dado la espalda a cada paso que doy, dejándome varado en la incertidumbre, auto saboteándome en cada una de mis facetas. Primero Derecho, luego Letras Españolas, luego Derecho de nueva cuenta, a falta de huevos para irme a Veracruz y presentar en Filosofía por la Veracruzana; volví a desertar de Derecho porque no quería sentirme frustrado al no haber estudiado “lo que yo quería”. Me largué a Veracruz sin apoyo familiar, pensando que valerme por mi propia cuenta era lo que necesitaba, pero eso sólo devino en una nueva y más profunda depresión, acosado en las noches por terribles pesadillas y durante el día por la terrible desolación que ignoraba drogándome en demasía hasta caída la noche, y así hasta regresar a Irapuato con la cola entre las patas. No lo logré, ni siquiera presenté el examen de admisión en la UV, que por segunda vez pagué con mi dinero. Ok, regreso y todo es armonía con mis padres, que perdonaron mi locura de ir a cagarla a otro estado. Mi padre me da su apoyo, “Anda, entra a Antropología Social cómo tú querías”. Va. Entro y el primer semestre pasa con honores, nueve punto tres de promedio general. “¿Ya vieron que no era porque soy estúpido que me salí tres veces de estudiar?”, pero entonces ¿qué pasó?, que este último semestre vuelves a sentirte incapaz de seguir respirando. Recuerdas lo que pasó hace un año en Xalapa, cómo te sentías, y te sumerges aún más en el hoyo. “No lo logré, fui con un objetivo, y no lo logré, ¡carajo!” ¿Cómo me lo explico sin que yo mismo me de asco por mi falta de decisión, por mi completa inconsciencia en ese entonces?

Me pongo de pie y me tambaleo a causa del alcohol. Recorro la habitación con la mirada. “Sí, tengo una biblioteca de cerca de trescientos libros; mi índice de lectura es superior al de la media, con al menos veinte libros al año; tengo una ortografía casi perfecta y un léxico que muchos envidiarían, ¿y eso qué?”. Nada de eso importa. Un renovado y terrible odio hacia mí empieza a invadir mi mente, comienzo a llorar y golpeo la pared con el puño cerrado. De nuevo con la mano derecha. El sangrado vuelve a surgir sin que esta vez me importe detenerlo. Golpeo una y otra vez la pared, dejando manchas rojas como en una pintura de Pollock.

Me tumbo sobre el suelo, consumido en llanto. Las manos me tiemblan y me siento deshecho por dentro. Logro serenarme un poco, la imagen que doy ante mí resulta irrisoria y comienzo a reír en carcajadas burlescas. Ni esto puedo tomármelo en serio. Soy una broma.

Me levanto lentamente, abro la puerta y voy camino a la cocina. Ahí, como una imagen de salvación, veo el cuchillo. Sus afilados dientes reposan junto con los trastes limpios. “Menos mal", pienso, "no tendré que lavarlo”. Lo tomo con la mano izquierda, observándolo fijamente en mi recorrido a la habitación. Entro y cierro la puerta con seguro. Me siento en el colchón y pongo a Pink Floyd en el estéreo, con repetición y todo, para que la música no pare de sonar incluso después de muerto. Si voy a hacer el corte final, quiero que sea con Pink Floyd.

Deposito el cuchillo sobre mi improvisación de mesa y me preparo para el ritual. Del cajón donde guardo la ropa interior extraigo las sábanas, tomo una y la pongo a un lado de la mota. Prepararé un churro, el último before I die. Ya tenía la mota lista para una ocasión especial, claro que no tan especial como ésta, pero qué más da. Lo forjo gordito; parece una pequeña oruga reposando sobre la palma de mi mano. Lo enciendo y fumo de él.

A cada toque, alguien de mi pasado viene a mi mente, gente sin importancia y tantos otros a quienes llegué a tenerles cariño. Todas las mujeres que llegué a amar desfilaban como en pasarela frente a mis ojos; desde Janeth, en primero de primaria, hasta mi querida Sofía. A todas las amé en diferentes formas y grados. También todos aquellos amigos que me acompañaron a lo largo de mis aventuras; podría escribir un par de libros con todas las hazañas que realizamos juntos.

Luego recuerdo que me olvidé de pagar la cuota mensual a la señora del mantenimiento. Río… las cosas en las que piensa uno en estos momentos, caray. Termino el churro y me siento lo suficientemente exhausto como para dormir por días; quizás al tercero despertaría, justo como Chuchín.

Una sonrisa se dibuja en mi rostro; me siento de buen humor y hasta bromear me sale con naturalidad. Tomo el cuchillo y lo paseo entre mis dedos, indeciso sobre qué hacer con él. ¿Encajarlo en mi estómago y hacer un corte en diagonal al estilo harakiri?, ¿o quizás cortarme la garganta como lo habría hecho Harry Haller en su cumpleaños número cincuenta? Mmm… no, lo mejor será algo tranquilo. Presiono la punta de la navaja contra mi antebrazo izquierdo. “Será al estilo emo, sólo que bien hecho y sin errores”, me dije. Estaba a punto de hacerlo cuando de pronto me entró una sed salvaje. Ni modo, me complaceré cuanto pueda antes de partir al otro mundo, antes de que mi voz se extinga; que estire la pata, pues.

Pongo el cuchillo a un lado mío, tomo la jarra con ambas manos y bebo hasta la última gota del líquido vital, ¡ja!, y pensar que es llamada así, “líquido vital”. Pues veamos qué tan vital será una vez que me desangre. Deposito la jarra en el suelo y vuelvo a lo mío. Es ya de noche y aún no he hecho “algo productivo”. Bueno, tomo el cuchillo y lo presiono contra mi piel, pensando en qué tipo de corte hacer. ¿Uno largo que recorra desde la muñeca, pasando por el antebrazo hasta el comienzo de los bíceps, o cortes transversales a lo largo del antebrazo? Decisiones, decisiones. ¡Sí, lo tengo! Presa de un impulso, desgarro mi antebrazo con múltiples cortes, sin reparar en el insufrible dolor que esto me ocasiona, hasta que fui perdiendo las fuerzas de mi brazo derecho; se escapaban con la sangre que empapa el colchón.

Una dulce somnolencia me comenzó a invadir. Deposité el cuchillo a mi lado y con la poca energía que me quedaba me acomodé en mi lugar. Me recargué en la pared con las piernas cruzadas, viendo directamente a la puerta. Esbocé una sonrisa para aquel que me encontrase. Dulce bienvenida. Y así como es de noche, volví a caer dormido.

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