Da un paso fuera de su
lugar, fuera del círculo. Sonríe divertido, Abuela aún no se percata de ello.
Ahora da un brinco y sus desnudos pies quedan abiertos a pocos centímetros por
fuera de la circunferencia. Nada pasa, su abuela continúa concentrada en sus
propios menesteres.
Ahora, con las piernas
abiertas como escuadra, comienza a dar la vuelta muy despacio, balanceando el
peso de su cuerpo a un lado y a otro con la punta de los pies, sin doblar las
rodillas. Dobla los codos justo a la altura del pecho y gira el torso de
izquierda a derecha, rítmicamente, a la par de los pasos que da para darse
vuelta.
Continúa, procurando no
hacer ruido para evitar ser escuchado por su malhumorada abuela. ¡En caso de
que lo oyese, el jaleo que se le armaría!
Abuela dice que el círculo
es para evitar que lo encuentren. Quien sea. Lo buscan hacerle daño, para
llevárselo lejos. Todo esto le dijo la abuela, víctima de un ataque de habla.
Abuela no suele hablar mucho, murmura a cántaros, sí, pero su mensaje a nadie,
es siempre incomprensible. Quién sabe a quien hable. O quién sea el que
escuche. Pero para él nada de eso importa, puesto que ahora disfruta de su
pequeño baile.
En la habitación contigua se
encuentra su hermano, dentro de un círculo igual al suyo, usando la misma
corona triangular en la cabeza. Él puede gozar de no poder ser visto por
Abuela; bueno, ambos comparten de lo mismo, Abuela es ciega, pero su olfato y
oído están desarrollados a tal nivel, que la vista sólo entorpecería su
interpretación de cuanto sucede. Porque a veces pasan cosas que no pueden verse
con los ojos, sólo se escuchan. Pero ellos no saben qué es lo que escuchan, lo
que significan todos esos enigmáticos ruidos que llegan a sus oídos. Cuando se
producen estos sonidos, que incluso el par de hermanos oyen, la abuela habla,
conversa a viva voz con… “eso”. No hay otra forma para llamarlo, al menos
ninguna que sus pequeños e infantiles labios conozcan.
Abuela está en una esquina,
puesta de rodillas e inclinada con la frente contra el suelo. Algo dice con
mucha excitación a la esquina de la habitación; su espalda se sacude un poco,
quizás por hablar en esa posición. Cuando él y su hermano notan que la abuela
está en silencio, el aire se torna pesado, incluso respirar se vuelve
complicado.
Completa la vuelta que se
encontraba dando. Abre los ojos y queda petrificado. Su abuela está frente a
él, con los ojos llenos de neblina. Esboza una sonrisa sin dientes, sólo encías
grises, carcomidas como por polillas. El niño sonríe pícaramente, descubierto
en pleno juego. No habla, puesto que no es lo que debe. La abuela no mira con
los ojos, sino con su nariz; huele el terror, la orina que desciende por su
pierna, mojando su pantalón; el infante teme a las represalias propinadas
cuando se sale de su sitio. La abuela siempre sabe lo que ellos hacen, incluso
sin verlos.
Las ruinas de mujer
permanecen estáticas frente a él. Sus ojos deambulan sin orden; inútiles vagan
sin percibir luz, color o textura dentro de tanta negrura. El Sol calcinó todo
lo que algún día vio.
Su respirar es pausado, con
pequeños suspiros o bocanadas de aire, como si degustara su sabor. Aleja su
arrugada y achatada cara del rostro del niño, que la mira para nada divertido.
Sus facciones se encuentran tensas. Su mirada clavada en la esquina donde solía
encontrarse la vieja hasta hace unos momentos. Dirige con gran esfuerzo su
vista hacia el magullado rostro de la anciana. Ella sonríe complacida.
Se endereza y va al cuarto
vecino, a ver qué fortuna ha tenido el otro niño. Lo mira de reojo con aquella vaciedad
en sus ojos, con la cabeza vuelta hacia el techo. Mueve los labios sin
pronunciar palabra alguna. El chico se encuentra poseído por una de las
múltiples caras de Él. La vieja ríe sordamente, otro ritual ha concluido.
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