lunes, 11 de junio de 2012

De cómo esconderse sin cerrar los ojos


Da un paso fuera de su lugar, fuera del círculo. Sonríe divertido, Abuela aún no se percata de ello. Ahora da un brinco y sus desnudos pies quedan abiertos a pocos centímetros por fuera de la circunferencia. Nada pasa, su abuela continúa concentrada en sus propios menesteres.
Ahora, con las piernas abiertas como escuadra, comienza a dar la vuelta muy despacio, balanceando el peso de su cuerpo a un lado y a otro con la punta de los pies, sin doblar las rodillas. Dobla los codos justo a la altura del pecho y gira el torso de izquierda a derecha, rítmicamente, a la par de los pasos que da para darse vuelta.

Continúa, procurando no hacer ruido para evitar ser escuchado por su malhumorada abuela. ¡En caso de que lo oyese, el jaleo que se le armaría!

Abuela dice que el círculo es para evitar que lo encuentren. Quien sea. Lo buscan hacerle daño, para llevárselo lejos. Todo esto le dijo la abuela, víctima de un ataque de habla. Abuela no suele hablar mucho, murmura a cántaros, sí, pero su mensaje a nadie, es siempre incomprensible. Quién sabe a quien hable. O quién sea el que escuche. Pero para él nada de eso importa, puesto que ahora disfruta de su pequeño baile.

En la habitación contigua se encuentra su hermano, dentro de un círculo igual al suyo, usando la misma corona triangular en la cabeza. Él puede gozar de no poder ser visto por Abuela; bueno, ambos comparten de lo mismo, Abuela es ciega, pero su olfato y oído están desarrollados a tal nivel, que la vista sólo entorpecería su interpretación de cuanto sucede. Porque a veces pasan cosas que no pueden verse con los ojos, sólo se escuchan. Pero ellos no saben qué es lo que escuchan, lo que significan todos esos enigmáticos ruidos que llegan a sus oídos. Cuando se producen estos sonidos, que incluso el par de hermanos oyen, la abuela habla, conversa a viva voz con… “eso”. No hay otra forma para llamarlo, al menos ninguna que sus pequeños e infantiles labios conozcan.

Abuela está en una esquina, puesta de rodillas e inclinada con la frente contra el suelo. Algo dice con mucha excitación a la esquina de la habitación; su espalda se sacude un poco, quizás por hablar en esa posición. Cuando él y su hermano notan que la abuela está en silencio, el aire se torna pesado, incluso respirar se vuelve complicado.

Completa la vuelta que se encontraba dando. Abre los ojos y queda petrificado. Su abuela está frente a él, con los ojos llenos de neblina. Esboza una sonrisa sin dientes, sólo encías grises, carcomidas como por polillas. El niño sonríe pícaramente, descubierto en pleno juego. No habla, puesto que no es lo que debe. La abuela no mira con los ojos, sino con su nariz; huele el terror, la orina que desciende por su pierna, mojando su pantalón; el infante teme a las represalias propinadas cuando se sale de su sitio. La abuela siempre sabe lo que ellos hacen, incluso sin verlos.

Las ruinas de mujer permanecen estáticas frente a él. Sus ojos deambulan sin orden; inútiles vagan sin percibir luz, color o textura dentro de tanta negrura. El Sol calcinó todo lo que algún día vio.

Su respirar es pausado, con pequeños suspiros o bocanadas de aire, como si degustara su sabor. Aleja su arrugada y achatada cara del rostro del niño, que la mira para nada divertido. Sus facciones se encuentran tensas. Su mirada clavada en la esquina donde solía encontrarse la vieja hasta hace unos momentos. Dirige con gran esfuerzo su vista hacia el magullado rostro de la anciana. Ella sonríe complacida.

Se endereza y va al cuarto vecino, a ver qué fortuna ha tenido el otro niño. Lo mira de reojo con aquella vaciedad en sus ojos, con la cabeza vuelta hacia el techo. Mueve los labios sin pronunciar palabra alguna. El chico se encuentra poseído por una de las múltiples caras de Él. La vieja ríe sordamente, otro ritual ha concluido.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario