No importa a dónde mire,
estoy rodeado de imbéciles. Todos los días es la misma rutina. Nada cambia,
continuamos sumergidos en la monotonía a la cual nos encadenamos con una firma
en un contrato. Mi vida sería más sencilla si pudiera trabajar desde casa y
evitar lidiar con estas bestias que son mis compañeros de oficina. Día tras día
debo escuchar sus mongoloides conversaciones, chismes y chistes baratos. No hay
uno solo de ellos que demuestre ser más que sólo un traje y una corbata, o un
par de tacones y una falda. Su vida gira entorno a su trabajo y a sus
deficientes relaciones sociales. No parece haber más para ellos. Charlas
vacías, sonrisas falsas… cualquiera que no logre aparentar como el resto será
excluido, abandonado a su propia suerte, si no es que ellos mismos se encargan
de darle muerte.
Tras mi divorcio todo
cambió. Mi ex esposa se mudó fuera del estado con todo y mis niñas. Mi amor no
fue suficiente, mi esfuerzo, mi dedicación, mis atenciones… nada de eso importó,
ella ya no me soportaba. Dijo que lo hacía buscando su propia felicidad y la de
mis hijas. Era mejor no hacerles daño pretendiendo que las cosas marchaban
bien. Mejor separarnos y tratar de ser felices a partir de ahora. Eso fue lo
que dijo.
Veo como todos mis
compañeros se reúnen fuera de la sala de juntas, llaman a los rezagados,
aquellos que siguen trabajando en sus escritorios. A todos menos a mí. Soy un
paria, un miembro del cuerpo empresarial que debe ser extirpado. Soy
cancerígeno, invado y destruyo todo con lo que entro en contacto. Ni siquiera
se molestan ya en ocultar su desprecio e incomodidad hacia mí. Saben que esto
termina el día de hoy. Que a partir de mañana no volverán a ser molestados por
mi presencia. Malditos idiotas. No son capaces de comprender lo que pasa por la
mente y el corazón de otro ser humano, tan cegados como están por su amor
propio y el miedo que sienten por toparse con algo real, ajeno a sus pequeños y
cerrados mundos.
Tecleo en la computadora
sin siquiera tenerla encendida, no tiene sentido trabajar de verdad cuando es
mi último día en el cargo de jefe de ventas. Miro a mis compañeros reír y
bromear, planear la fiesta que le harán al gerente de la sucursal. Todos se
comportan como si se tragaran genuinamente. Bufones, todos ellos. Actúan como
si no escupieran mierda sobre los demás cada vez que se encuentran a solas con
el gerente. Pero ahora se aspira un aire cordial, alegre. Cautivado, los
observo mientras tecleo todas las cosas horrendas que les haría de tener la
oportunidad. Con un poco de práctica podría volverme muy diestro en el arte de
la tortura. Día tras día he pensado en un castigo especial para cada uno de
ellos. Al único que he librado de verse en un escenario así es al interno. A él
no lo tratan mejor que a mí. Conmigo tenían que ser respetuosos, pues era su
jefe y una figura de autoridad, pero a ese pobre diablo lo pisotean cuanto
quieren. Saben que podrían reemplazarlos con alguien más joven y a quien le
paguen menos. Por eso lo detestan, el interno representa su miedo al despido.
Nadie es indispensable.
He pensado en mudarme de
la casa que compartí alguna vez con mi familia. El aire en su interior se
siente compacto, pesado. Como si el tiempo se hubiera congelado en el interior
de la casa, justo en el momento en el que llegué y vi que Melissa se había
llevado la mitad de los muebles, sus pertenencias y la de las niñas. En la mesa
de la cocina había una nota que decía: “Lo siento, te llamaré luego”. Eso fue
todo. No lo platicamos, no llegamos a ningún acuerdo. Ella simplemente se
marchó como si sus sentimientos hubieran estado claros para ambos. Marqué a su
celular, a casa de sus padres, a sus hermanas, nadie contestó. Pasé esa noche
en vela, recostado en el piso del cuarto de Justina y Mariana, abrazado a un
peluche que les regalé cuando tenían apenas dos años. La llamada de Melissa
llegó al día siguiente por la noche. Me pidió que no hablara. Necesitaba
escucharla, ella necesitaba ser escuchada. Tenía tantas cosas por preguntarle,
por reclamarle, pero la tortuosa espera por su llamada me dejó inválido,
indefenso, mis argumentos se ahogaban apenas tocaban mi garganta. Su voz se oía
lejana, obstaculizada por el ruido de la estática en mi cerebro. Pocas cosas
llegaban a mí mientras el auricular drenaba la poca energía que me quedaba.
“Será lo mejor para todos, ya lo verás. Se los he explicado a las niñas y ellas
también están entusiasmadas por el futuro. Les encantó la escuela en la que las
inscribí.”
Mis compañeros se miran
los unos a los otros con completa satisfacción. Se habrán esforzado mucho en
planear la fiesta de cumpleaños del gerente. Todos quieren ocupar la vacante
que dejaré tan pronto den las seis. Por eso es que lucen tan contentos. No sólo
por deshacerse de mí, sino por la oportunidad de subir un escalón más en la
vida. Para que algunos suban, otros tendrán que bajar, así es esto. El grupo se
separa y Rómulo, el jefe de Recursos Humanos, se acerca a mí para pedirme que
pase a su oficina antes de que termine el día, debo firmar varios papeles de la
empresa. Le prometo darme una vuelta más tarde con una gran sonrisa. El muy
zoquete se va confundido, no esperaba tanta cordialidad de mi parte. ¿Y cómo
hacerlo? Hace una semana me llamaron él y el gerente para discutir mi
situación, como ellos lo llamaron. Me informaron que gran parte del personal se
había quejado de mi conducta hacia ellos, que la convivencia era tan difícil,
que ya no se sentían cómodos ni para tratar cosas del trabajo conmigo. Hablaron
de mi desempeño y de cómo no había cumplido con sus expectativas. Los observé
en silencio, almacenando dentro de mí los rugidos iracundos de mi ser. Los años
que le dediqué a este trabajo no significaron nada para ellos, fui mediocre, no
supe adaptarme al ánimo de la empresa, buscaban algo nuevo y yo no me ajustaba
a esa idea. “El tiempo corre y la vida pasa, muchacho”, me dijo el gerente, “ya
encontrarás algo para lo cual seas bueno”.
Esa noche llegué a casa y
me destornillé de borracho. Un nuevo camino se presentaba ante mis ojos. Una
forma de traer paz a mi alma y mostrarle al mundo de lo que soy capaz gracias a
la motivación que me ha brindado. Al día siguiente desperté con el cerebro
hecho trizas. De la noche pasada sólo quedó una firme determinación: acabar con
todo.
Tres días antes de que me
informaran sobre mi despido, llamé a Melissa porque quería hablar con las
niñas, las extrañaba a morir. Tras seis meses de no verlas, y sólo hablar con
ellas en pocas ocasiones, me lastimaba enormemente notar su indiferencia y el
dejo de reclamo en sus voces. Antes de colgar en esa ocasión, Mariana me dijo
que se alegraba de ya no vivir conmigo, que su mamá les había dicho que ellas
nunca me habían importado y que ahora que ellas no estaban, yo era feliz. Colgó
apenas sobrepasé la furia y traté de explicarle la verdad.
Son ya las cinco de la
tarde y todos se dirigen a la sala de juntas. Por fin va a comenzar la fiesta
que planearon con tanto empeño. Estallan risas y conversaciones animadas aquí y
allá. Es un gran día para la empresa y sus trabajadores. Es un gran día para
mí. Las oficinas no tardan en vaciarse, todos se encuentran en la sala de
juntas. Miro una fotografía que tengo de las niñas, sobre mi escritorio, antes
de ponerme en pie y caminar en dirección a mi automóvil. De camino al
estacionamiento, paso por las oficinas para revisar que todos o la mayoría se
encuentren en la fiesta. Mi andar es tranquilo, no llevo prisa. Tengo una
sonrisa en el rostro que no puedo ocultar. Al llegar al coche miro a mi
alrededor, no hay nadie cerca. Abro la cajuela, cojo una maleta enorme y pesada
que me echo al hombro antes de cerrar el maletero y regresar al edificio.
Apenas cruzo las puertas, tiro la maleta al suelo y saco varias cadenas y
candados para cerrar todos los accesos. No tardo más de cinco minutos en cubrir
las tres salidas. Me ocuparía de las ventanas, pero todas tienen barrotes por
fuera y nadie podrá escapar por ellas.
Camino hasta mi escritorio
y me siento tras el para contemplar la que fue mi vista por diez años. Tomo la
fotografía de mis niñas y la beso como si las tuviera frente a mí. No importa
lo que suceda, no importa lo que el mundo diga, siempre las amaré. Abro la
maleta y saco tres sobres que dejo sobre el escritorio. Una carta para Melissa,
otra para Mariana, y la última para Justina. No puedo irme sin que sepan lo que
siento por ellas y los motivos detrás de mis acciones.
Las lágrimas corren por
mis mejillas sin que pueda detenerlas, no hay por qué hacerlo, al fin soy
libre, que ellas sean libres también. Comienzo a sacar las cosas de la maleta y
las pongo sobre el escritorio. Son veintiocho personas las que trabajamos en
estas instalaciones, pero yo traje el triple de municiones para que nadie se
quede sin recibir lo que merece. Municiones, dos pistolas y un machete. Me
coloco el armamento, listo para usarse. Respiro profundamente y recuerdo porqué
hago esto. Ojalá hubiera otra forma, pero ellos me orillaron a esto. Comienzo a
caminar en dirección a la sala de juntas, pero recuerdo que le prometí al
cretino de Rómulo que le daría una visita. No sería muy cortés de mi parte si
no fuera a verlo y lo invitara a la sala de juntas para la gran celebración.
Lo encuentro en su
oficina, con los papeles que debo firmar sobre su escritorio. Toco el marco de
la puerta con los nudillos para que note mi presencia. Levanta la vista apenas
un segundo y se queda mudo al ver que el cañón de una de mis pistolas apunta
directamente a su rostro. Le digo que se calle o le dispararé ahí mismo. Él
asiente sin dejar de ver el arma en mi mano. Le hago una seña ordenándole que
se ponga en pie y salga de la oficina. Tan pronto pasa a mi lado, lo tomo de la
nuca y presiono el cañón contra su sien. “Atrévete a hacer un solo ruido y te
mato aquí mismo”. Aprieta los ojos tanto como puede y comienza a lloriquear. Lo
empujo con brusquedad por el pasillo. “Vamos a la fiesta”, le digo, “no
queremos llegar tarde”.
De camino a la sala de
juntas pienso en una manera de hacer una entrada dramática, algo que los
impacte desde el inicio y sepan que no estoy jugando. Detengo a Rómulo frente a
las puertas de la sala, donde se escucha música, risas y charla amena. Las
puertas de la sala se abren hacia el interior, así que tomo por la nuca al
sujeto y lo coloco a pocos centímetros de la puerta, en dirección a mí.
“¿Qué-qué vas a hacer?”, pregunta. Levanto el brazo hacia su cabeza y doy el
primer disparo. El tiempo corre en cámara lenta mientras la parte trasera de su
cabeza explota manchando las puertas con sangre y sesos. Su cuerpo cae hacia
atrás, abriendo las puertas salvajemente en su caída. Los gritos son
ensordecedores, apagan la música con su desquiciada orquesta. Entré a la sala
con las dos pistolas en alto, dispuesto a matar a la primer persona que se
moviera.
La primera en reaccionar
fue una de las secretarias, una mujer pequeña y obesa que siempre me hacía
caras cuando le encargaba realizar alguna tarea, a ella le disparé tres veces
en el pecho. Uno a uno despertaron de la sorpresa e intentaron correr o
protegerse, pero no tenían a dónde escapar. Después de matar a la secretaria
busqué al gerente con la mirada y lo encontré ocultándose detrás de uno de mis
subordinados. Le disparé a mi subordinado en el pecho, dejando la vía libre
para matar al gerente. Los que se encontraban cerca de él corrieron para
alejarse cuanto pudieran. Mientras, el hombrecillo se hincaba en el suelo para
suplicar piedad. Guardé la pistola que cargaba en la mano derecha y desenfundé
el machete. Pude ver mi reflejo en esos ojos acuosos, su boca se movía, pero no
fui capaz de escucharlo antes de descargar la hoja de metal sobre su cráneo y
ver la sangre escurrir por su rostro. Un estremecimiento de placer recorrió mi
cuerpo en pequeñas olas que variaban de intensidad según continuaba disparando
a los asistentes.
Uno de ellos intentó
hacerse el valiente y recibió un disparo en el cuello. Los que estaban ilesos
trataban de ocultarse debajo de las mesas o detrás de alguno de sus compañeros.
“Aquí tienen su camaradería”, pensé. Continué cargando y disparando a los
asistentes por lo que me parecieron horas. La danza parecía extenderse hasta la
eternidad, acompañada por una cálida lluvia carmesí que nos empapaba a todos
los presentes. Siempre había alguno que había logrado sobrevivir o que sólo
fingía estar muerto, pero aunque estuvieran inmóviles en el suelo no se
salvaron de recibir uno de mis tiros. El único que quedaba en pie, arrinconado
en una esquina, era el interno. Se había mojado los pantalones y se cubría la
cabeza con los brazos. Cesé los disparos y el silencio fue abrumador. Había
sangre por todas partes. El interno bajó los brazos y me observó con terror.
Podía ver una sola pregunta impresa en su rostro: “¿Y ahora qué?” Di un último
vistazo a los cuerpos de la gente con la que tuve la desgracia de trabajar y a
los que tanto llegué a odiar. Giré la cabeza hacia el interno y le regalé una
última sonrisa. “Ya eres libre”, dije. Levanté el arma hasta mi sien y jalé el
gatillo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario