miércoles, 17 de junio de 2015

Alguien a quien salvar




No es de extrañarse que una criatura tan indefensa como ella sea víctima de los monstruos que esta sociedad engendra. Es una flor nacida en medio de una acera concurrida. Constantemente lastimada, pisoteada. Sobrevive de la mejor manera que puede, preguntándose por qué la vida es así. “Tal vez me lo merezco”, piensa la pequeña flor, decidida a aceptar el castigo y transformar el dolor en una parte fundamental de su vida. Para la pequeña flor no existen muchas opciones, salidas. Sus únicos momentos de consuelo son aquellos en que se le permite que la soledad lama sus heridas, y ella no tenga que defenderse de los gigantes que amenazan con aplastarla a cada momento del día.

Cuando conocí a Cindy quedé impresionado por su luz. No era una luz clara, cristalina. No, aquel era un brillo que traspasaba el velo de su sufrimiento. Se sobreponía al mal tiempo y lograba deslumbrar a cuanto tuviera la fortuna de estar ahí para presenciarlo. Su sonrisa sólo era la sombra de la muralla tras la cual se protegía de sus demonios.

Cindy no hablaba mucho de sí misma. En cambio, concentraba toda su energía en las chicas que visitaban el foro en busca de ayuda, de consuelo, de alguien que las comprendiera y pudiera decirles que todo estará bien. Así era ella. No importaba qué tan desgarrada estuviera por dentro, no dudaba en hacer todo lo posible para ayudar a quien la necesitaba. Desde la chica que se comunica porque ha tenido un mal día y las ansiedades comienzan a presionar su pecho, hasta la chica que sostiene un cuchillo contra sus venas, o que está lista para tomarse un frasco entero de antidepresivos… ella estaba ahí para todas ellas. Matarse no cuesta nada, lo difícil es seguir viviendo, seguir soportando el peso de nuestra propia existencia. Por eso ella debía ser más fuerte, lo suficiente para ayudar a otras que sufrían tanto como ella.

Reviso la última conversación que tuvimos antes de reunirnos hace un par de horas. Ella estaba desesperada. El ataque de pánico era implacable, amenazaba con desquiciarla si ella no hacía algo por detenerlo. ¿Pero qué podía hacer? Su madre estaba perdida en el mar de un sueño inducido por narcóticos, su padre se había marchado hace años. No tenía a quién recurrir. Ella, que había sido soporte para otras, se veía a punto de derrumbarse. Ninguna de las palabras que había llegado a pronunciar en tantas ocasiones lograría salvarla. Las fórmulas no eran mágicas, no cuando era ella quien debía proporcionárselas. Por más que lo intentara, no tenía la fuerza para sacarse a ella misma de esa zanja.

Rondé el sitio web por meses, observando las temáticas y el tono de lo que se hablaba en el foro y en cada uno de los chats. No era una página de acceso público. Para entrar era necesario contar con una contraseña que sólo otro miembro podría brindarte. Esto porque no toda la gente se siente cómoda hablando en sitios públicos sobre sus problemas, esta era una página para quien quería hablar sin sentirse expuesta. Las reglas eran simples, ser cordial y respetuoso de los demás, tratar los temas con la delicadeza correspondiente, e intentar ayudarse mutuamente. Hay chicas con desórdenes alimenticios, otras que se mutilan, drogadictas, depresivas, suicidas… almas que se han visto envueltas en las situaciones más tristes y deplorables que uno pueda imaginarse. Cindy es la administradora principal, y la que más aporta para la sobrevivencia de sus miembros y amigas.

Ninguno de mis colegas ha mostrado tanta entrega para que alguno de sus pacientes con una depresión severa logre salir del agujero en el que se encuentran. Y ella, que padece sus propios demonios, los relega a un plano secundario con tal de sacar a alguien más adelante, aun si ella es la que termina en el fondo del abismo. Eso fue lo que me hizo buscarla y mantenerla cerca. Su pureza es algo que debería preservarse para la eternidad. Y yo debía ser quien la tome para protegerla.

No fue difícil acercarme a ella. Dentro de la descripción del foro hay un link con el cual te puedes comunicar con las administradoras. No estaba seguro de que Cindy pudiera ser la que buscaba, pero tras estudiar a la mayor parte de los miembros que entraban día con día, ella pareció ser la indicada. No podía decirle quién era yo en realidad, ni qué tipo de salvación podía ofrecerle. Me hice pasar por Alejandra, una antigua paciente mía a la cual no pude ayudar. Le conté de mis problemas en casa, de cómo desearía que un rayo me fulminara para dejar de existir, para dejar de sentir. Le conté todo cuanto sabía de Alejandra y sobre su forma de sentir y ver el mundo. Ella se sentía igual en ocasiones, pero dijo que teníamos que resistir para poder descubrir si había un futuro más brillante en nuestro camino.

Sus esperanzas no estaban perdidas, aún albergaba amor en su corazón. Tras meses de platicar y volvernos amigos, supe que estaba en mis manos que esa inocencia no se perdiera.

Ahora Cindy descansa en cama mientras yo la observo cautivado. Qué tranquila se ve. Los cortes que se hizo en el brazo han dejado de sangrar, y una vez que limpié de su rostro el rímel corrido por las lágrimas, ha quedado hermosa de nuevo. El efecto del cloroformo pasará dentro de poco y entonces despertará.

Me pongo de pie y camino hacia la puerta, donde dejé la maleta con el vestido que usará Cindy el día de hoy. Un vestido blanco, puro y reluciente, como el alma de esta bella niña. Temía no dar con la talla adecuada, pero ahora que lo extiendo a su lado en la cama, veo que tomé la decisión correcta. Sé que esto no fue lo que ella esperaba, que yo no soy quien dije ser. Pero no había otro modo de ayudarla. Así como ella se ha sacrificado por el bien de las otras jovencitas, es mi turno de hacer un sacrificio por ella. Es mi deber salvarla de los monstruos que la acosan y que no descansarán hasta verla destruida.

Aprovecho ahora para desnudarla y ponerle el vestido. Cuando esté despierta no querrá hacerlo. Entrará en pánico y querrá detener lo inevitable. Lo sé, en la primera ocasión en la que ayudé a uno de estos ángeles, ella despertó justo cuando la desnudaba y pensó que mi intención era abusar de ella. Uno aprende de sus errores y entiende cuál es la mejor forma de hacer las cosas. Aprendes que el deseo de estas chicas por aferrarse a la vida es más poderoso cuando es otro el que tiene las tijeras para cortar el hilo. Aunque en su momento no puedan verlo, estoy liberándolas de toda posibilidad de corrupción. Es importante que yo se los haga saber. No pueden irse sin saber que serán eternas, ángeles capaces de escapar de toda la oscuridad y la maldad que espera por ellas en el futuro. Lo hago por su bien.

Su cuerpo desnudo es una visión del paraíso, de todo lo bueno y santo que desapareció cuando el pecado y los demonios se apropiaron de nuestro mundo. No permitiré que arruinen su alma, que envenenen su ser con mentiras y realidades que no son la suya.
El vestido le ha quedado de maravilla. Ahora sí parece un ángel. Terminé de vestirla justo a tiempo. Comienza a despertarse. Si lo hubiera hecho mientras la vestía, podría haber tenido una impresión errónea de la situación.


Abre los ojos lentamente. Podrá haber despertado, pero el efecto del cloroformo no ha desaparecido por completo. Parpadea un par de veces y gira la cabeza a ambos lados, tratando de identificar dónde se encuentra. Pasan cerca de veinte segundos con ella completamente inmóvil. Entonces, hace un primer intento por incorporarse, pero siente su cuerpo tan pesado que necesitará más de un intento para lograrlo.

- No te esfuerces demasiado, estás exhausta. –Dije mientras me acercaba a la cama para que pudiera verme.
- ¿Qui-quién eres? –El miedo se apoderó de ella más rápido de lo que esperaba.- Vine a encontrarme con una amiga, podría ayudarme a llegar con ella.
- Me temo que ya estás frente a ella. O mejor dicho, frente a mí. Yo soy Alejandra. Lamento que no sea lo que esperabas que fuera, al menos no en cuanto a algunas de las cosas que dije acerca de mí. –Sus ojos inyectados de pánico, su boca se entreabre y tuerce en una grotesca mueca. No me gusta verla así.- Mi nombre es Pablo y soy psicoterapeuta. Soy la persona con la que has estado hablando por meses. La persona en la que confiaste y a la que le abriste tu corazón. Te comprendo perfectamente, sé por lo que estás pasando. Sé del infierno en el que se ha convertido tu vida. Sé de tu dolor, de tu sufrimiento, de todo aquello que te incinera por dentro y que deseas que termine, que caiga una lluvia que logre apagar el fuego y refrescar las heridas. Lo sé porque tú me lo dijiste. Porque tú querías que fuera yo quien te ayudara. Por eso es que me pediste que nos viéramos el día de hoy, porque ya no podías tolerarlo más. Y es por eso que estoy aquí, para salvarte. Para liberarte de tu prisión.
- No entiendo a qué se refiere. Por favor, déjeme ir con mi amiga. No le diré a nadie de esto, lo juro. Por favor, sólo quiero ver a mi amiga. –Rompe en un llanto triste y lastimoso. Me acerco a ella y la abrazo quedamente, acercándome a su oído.
-       Shh… no te preocupes más, Cindy. Todo terminará muy pronto y no volverás a sufrir más. Estoy aquí para ti. No tendrás que desangrarte sola en el baño de tu casa. No tienes por qué manchar tu alma con el suicidio. Yo voy a hacer que todo esté bien. Que con tu muerte se salvaguarde tu belleza y tu pureza, protegiéndote de todo mal venidero. –Me separo de ella y su llanto se hace más fuerte. Ya no dice más.

Enseguida me subo a la cama y me arrodillo sobre ella, cuidando que sus manos queden bajo mis rodillas para que no pueda liberarlas. Intentó resistirse, temerosa del maravilloso infinito que le espera tras esta breve transición. Dejo caer todo mi peso sobre su cuerpo para limitar en mayor medida sus movimientos. Es gracias al cloroformo que no ha recuperado toda su fuerza y me es muy sencillo someterla. Me inclino sobre su rostro y lo acaricio con a punta de los dedos, retirando los cabellos que obstruyen su frente. Me pierdo en esos ojos tan profundos como constelaciones a las que ningún hombre ha puesto nombre aún. Desciendo mis manos por sus mejillas y la mandíbula hasta llegar a su fino cuello.

- Shh… no te preocupes, yo me encargaré de que todo esté bien.

Tomo su cuello con ambas manos y cierro los ojos, sintiendo el calor de su piel, la sangre corriendo por sus venas, el aire que transita hasta sus pulmones. Tengo su vida ente mis manos y ya es momento de hacerla mía. Aumento la presión poco a poco. Su respiración se vuelve más pesada, su pulso se dispara. Abro los ojos y me encuentro con su mirada llorosa. Es hermosa.


Obedeciendo el impulso de no querer que sufra por más tiempo, la estrangulo con todas mis fuerzas. Todos mis músculos están en tensión mientras que su cuerpo se pone rígido bajo el mío, luchando por recuperar el control. La sangre inyectada en sus ojos, su cara cambiando de color como el atardecer. Su mirada es suplicante. “¡Acaba de una buena vez!”, la imagino gritando en su mente. No quiero que esto se prolongue por más tiempo. Inclino mi cuerpo hacia adelante para que mis manos reciban todo mi peso. Siento sus sacudidas, cómo su alma se desgarra y separa de su cuerpo hasta elevarse por encima nuestro y partir a donde nadie podrá alcanzarla jamás. Su rostro se relaja, así como el resto de su cuerpo. La vida la ha abandonado y es momento de que yo también la deje ir. Luce en paz, sin emoción alguna que tiña su alma de colores impuros. No habrá mal, tampoco existirá el bien. Permanecerá etérea, sublime. Me cuesta trabajo desprender mis manos de su piel. Mi cuerpo se estremece de placer aun después de que todo ha terminado. He cumplido mi deber.


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