domingo, 14 de junio de 2015

Todo debe terminar







No importa a dónde mire, estoy rodeado de imbéciles. Todos los días es la misma rutina. Nada cambia, continuamos sumergidos en la monotonía a la cual nos encadenamos con una firma en un contrato. Mi vida sería más sencilla si pudiera trabajar desde casa y evitar lidiar con estas bestias que son mis compañeros de oficina. Día tras día debo escuchar sus mongoloides conversaciones, chismes y chistes baratos. No hay uno solo de ellos que demuestre ser más que sólo un traje y una corbata, o un par de tacones y una falda. Su vida gira entorno a su trabajo y a sus deficientes relaciones sociales. No parece haber más para ellos. Charlas vacías, sonrisas falsas… cualquiera que no logre aparentar como el resto será excluido, abandonado a su propia suerte, si no es que ellos mismos se encargan de darle muerte.

Tras mi divorcio todo cambió. Mi ex esposa se mudó fuera del estado con todo y mis niñas. Mi amor no fue suficiente, mi esfuerzo, mi dedicación, mis atenciones… nada de eso importó, ella ya no me soportaba. Dijo que lo hacía buscando su propia felicidad y la de mis hijas. Era mejor no hacerles daño pretendiendo que las cosas marchaban bien. Mejor separarnos y tratar de ser felices a partir de ahora. Eso fue lo que dijo.

Veo como todos mis compañeros se reúnen fuera de la sala de juntas, llaman a los rezagados, aquellos que siguen trabajando en sus escritorios. A todos menos a mí. Soy un paria, un miembro del cuerpo empresarial que debe ser extirpado. Soy cancerígeno, invado y destruyo todo con lo que entro en contacto. Ni siquiera se molestan ya en ocultar su desprecio e incomodidad hacia mí. Saben que esto termina el día de hoy. Que a partir de mañana no volverán a ser molestados por mi presencia. Malditos idiotas. No son capaces de comprender lo que pasa por la mente y el corazón de otro ser humano, tan cegados como están por su amor propio y el miedo que sienten por toparse con algo real, ajeno a sus pequeños y cerrados mundos.

Tecleo en la computadora sin siquiera tenerla encendida, no tiene sentido trabajar de verdad cuando es mi último día en el cargo de jefe de ventas. Miro a mis compañeros reír y bromear, planear la fiesta que le harán al gerente de la sucursal. Todos se comportan como si se tragaran genuinamente. Bufones, todos ellos. Actúan como si no escupieran mierda sobre los demás cada vez que se encuentran a solas con el gerente. Pero ahora se aspira un aire cordial, alegre. Cautivado, los observo mientras tecleo todas las cosas horrendas que les haría de tener la oportunidad. Con un poco de práctica podría volverme muy diestro en el arte de la tortura. Día tras día he pensado en un castigo especial para cada uno de ellos. Al único que he librado de verse en un escenario así es al interno. A él no lo tratan mejor que a mí. Conmigo tenían que ser respetuosos, pues era su jefe y una figura de autoridad, pero a ese pobre diablo lo pisotean cuanto quieren. Saben que podrían reemplazarlos con alguien más joven y a quien le paguen menos. Por eso lo detestan, el interno representa su miedo al despido. Nadie es indispensable.

He pensado en mudarme de la casa que compartí alguna vez con mi familia. El aire en su interior se siente compacto, pesado. Como si el tiempo se hubiera congelado en el interior de la casa, justo en el momento en el que llegué y vi que Melissa se había llevado la mitad de los muebles, sus pertenencias y la de las niñas. En la mesa de la cocina había una nota que decía: “Lo siento, te llamaré luego”. Eso fue todo. No lo platicamos, no llegamos a ningún acuerdo. Ella simplemente se marchó como si sus sentimientos hubieran estado claros para ambos. Marqué a su celular, a casa de sus padres, a sus hermanas, nadie contestó. Pasé esa noche en vela, recostado en el piso del cuarto de Justina y Mariana, abrazado a un peluche que les regalé cuando tenían apenas dos años. La llamada de Melissa llegó al día siguiente por la noche. Me pidió que no hablara. Necesitaba escucharla, ella necesitaba ser escuchada. Tenía tantas cosas por preguntarle, por reclamarle, pero la tortuosa espera por su llamada me dejó inválido, indefenso, mis argumentos se ahogaban apenas tocaban mi garganta. Su voz se oía lejana, obstaculizada por el ruido de la estática en mi cerebro. Pocas cosas llegaban a mí mientras el auricular drenaba la poca energía que me quedaba. “Será lo mejor para todos, ya lo verás. Se los he explicado a las niñas y ellas también están entusiasmadas por el futuro. Les encantó la escuela en la que las inscribí.”

Mis compañeros se miran los unos a los otros con completa satisfacción. Se habrán esforzado mucho en planear la fiesta de cumpleaños del gerente. Todos quieren ocupar la vacante que dejaré tan pronto den las seis. Por eso es que lucen tan contentos. No sólo por deshacerse de mí, sino por la oportunidad de subir un escalón más en la vida. Para que algunos suban, otros tendrán que bajar, así es esto. El grupo se separa y Rómulo, el jefe de Recursos Humanos, se acerca a mí para pedirme que pase a su oficina antes de que termine el día, debo firmar varios papeles de la empresa. Le prometo darme una vuelta más tarde con una gran sonrisa. El muy zoquete se va confundido, no esperaba tanta cordialidad de mi parte. ¿Y cómo hacerlo? Hace una semana me llamaron él y el gerente para discutir mi situación, como ellos lo llamaron. Me informaron que gran parte del personal se había quejado de mi conducta hacia ellos, que la convivencia era tan difícil, que ya no se sentían cómodos ni para tratar cosas del trabajo conmigo. Hablaron de mi desempeño y de cómo no había cumplido con sus expectativas. Los observé en silencio, almacenando dentro de mí los rugidos iracundos de mi ser. Los años que le dediqué a este trabajo no significaron nada para ellos, fui mediocre, no supe adaptarme al ánimo de la empresa, buscaban algo nuevo y yo no me ajustaba a esa idea. “El tiempo corre y la vida pasa, muchacho”, me dijo el gerente, “ya encontrarás algo para lo cual seas bueno”.

Esa noche llegué a casa y me destornillé de borracho. Un nuevo camino se presentaba ante mis ojos. Una forma de traer paz a mi alma y mostrarle al mundo de lo que soy capaz gracias a la motivación que me ha brindado. Al día siguiente desperté con el cerebro hecho trizas. De la noche pasada sólo quedó una firme determinación: acabar con todo.

Tres días antes de que me informaran sobre mi despido, llamé a Melissa porque quería hablar con las niñas, las extrañaba a morir. Tras seis meses de no verlas, y sólo hablar con ellas en pocas ocasiones, me lastimaba enormemente notar su indiferencia y el dejo de reclamo en sus voces. Antes de colgar en esa ocasión, Mariana me dijo que se alegraba de ya no vivir conmigo, que su mamá les había dicho que ellas nunca me habían importado y que ahora que ellas no estaban, yo era feliz. Colgó apenas sobrepasé la furia y traté de explicarle la verdad.

Son ya las cinco de la tarde y todos se dirigen a la sala de juntas. Por fin va a comenzar la fiesta que planearon con tanto empeño. Estallan risas y conversaciones animadas aquí y allá. Es un gran día para la empresa y sus trabajadores. Es un gran día para mí. Las oficinas no tardan en vaciarse, todos se encuentran en la sala de juntas. Miro una fotografía que tengo de las niñas, sobre mi escritorio, antes de ponerme en pie y caminar en dirección a mi automóvil. De camino al estacionamiento, paso por las oficinas para revisar que todos o la mayoría se encuentren en la fiesta. Mi andar es tranquilo, no llevo prisa. Tengo una sonrisa en el rostro que no puedo ocultar. Al llegar al coche miro a mi alrededor, no hay nadie cerca. Abro la cajuela, cojo una maleta enorme y pesada que me echo al hombro antes de cerrar el maletero y regresar al edificio. Apenas cruzo las puertas, tiro la maleta al suelo y saco varias cadenas y candados para cerrar todos los accesos. No tardo más de cinco minutos en cubrir las tres salidas. Me ocuparía de las ventanas, pero todas tienen barrotes por fuera y nadie podrá escapar por ellas.

Camino hasta mi escritorio y me siento tras el para contemplar la que fue mi vista por diez años. Tomo la fotografía de mis niñas y la beso como si las tuviera frente a mí. No importa lo que suceda, no importa lo que el mundo diga, siempre las amaré. Abro la maleta y saco tres sobres que dejo sobre el escritorio. Una carta para Melissa, otra para Mariana, y la última para Justina. No puedo irme sin que sepan lo que siento por ellas y los motivos detrás de mis acciones.

Las lágrimas corren por mis mejillas sin que pueda detenerlas, no hay por qué hacerlo, al fin soy libre, que ellas sean libres también. Comienzo a sacar las cosas de la maleta y las pongo sobre el escritorio. Son veintiocho personas las que trabajamos en estas instalaciones, pero yo traje el triple de municiones para que nadie se quede sin recibir lo que merece. Municiones, dos pistolas y un machete. Me coloco el armamento, listo para usarse. Respiro profundamente y recuerdo porqué hago esto. Ojalá hubiera otra forma, pero ellos me orillaron a esto. Comienzo a caminar en dirección a la sala de juntas, pero recuerdo que le prometí al cretino de Rómulo que le daría una visita. No sería muy cortés de mi parte si no fuera a verlo y lo invitara a la sala de juntas para la gran celebración.

Lo encuentro en su oficina, con los papeles que debo firmar sobre su escritorio. Toco el marco de la puerta con los nudillos para que note mi presencia. Levanta la vista apenas un segundo y se queda mudo al ver que el cañón de una de mis pistolas apunta directamente a su rostro. Le digo que se calle o le dispararé ahí mismo. Él asiente sin dejar de ver el arma en mi mano. Le hago una seña ordenándole que se ponga en pie y salga de la oficina. Tan pronto pasa a mi lado, lo tomo de la nuca y presiono el cañón contra su sien. “Atrévete a hacer un solo ruido y te mato aquí mismo”. Aprieta los ojos tanto como puede y comienza a lloriquear. Lo empujo con brusquedad por el pasillo. “Vamos a la fiesta”, le digo, “no queremos llegar tarde”.

De camino a la sala de juntas pienso en una manera de hacer una entrada dramática, algo que los impacte desde el inicio y sepan que no estoy jugando. Detengo a Rómulo frente a las puertas de la sala, donde se escucha música, risas y charla amena. Las puertas de la sala se abren hacia el interior, así que tomo por la nuca al sujeto y lo coloco a pocos centímetros de la puerta, en dirección a mí. “¿Qué-qué vas a hacer?”, pregunta. Levanto el brazo hacia su cabeza y doy el primer disparo. El tiempo corre en cámara lenta mientras la parte trasera de su cabeza explota manchando las puertas con sangre y sesos. Su cuerpo cae hacia atrás, abriendo las puertas salvajemente en su caída. Los gritos son ensordecedores, apagan la música con su desquiciada orquesta. Entré a la sala con las dos pistolas en alto, dispuesto a matar a la primer persona que se moviera.

La primera en reaccionar fue una de las secretarias, una mujer pequeña y obesa que siempre me hacía caras cuando le encargaba realizar alguna tarea, a ella le disparé tres veces en el pecho. Uno a uno despertaron de la sorpresa e intentaron correr o protegerse, pero no tenían a dónde escapar. Después de matar a la secretaria busqué al gerente con la mirada y lo encontré ocultándose detrás de uno de mis subordinados. Le disparé a mi subordinado en el pecho, dejando la vía libre para matar al gerente. Los que se encontraban cerca de él corrieron para alejarse cuanto pudieran. Mientras, el hombrecillo se hincaba en el suelo para suplicar piedad. Guardé la pistola que cargaba en la mano derecha y desenfundé el machete. Pude ver mi reflejo en esos ojos acuosos, su boca se movía, pero no fui capaz de escucharlo antes de descargar la hoja de metal sobre su cráneo y ver la sangre escurrir por su rostro. Un estremecimiento de placer recorrió mi cuerpo en pequeñas olas que variaban de intensidad según continuaba disparando a los asistentes.

Uno de ellos intentó hacerse el valiente y recibió un disparo en el cuello. Los que estaban ilesos trataban de ocultarse debajo de las mesas o detrás de alguno de sus compañeros. “Aquí tienen su camaradería”, pensé. Continué cargando y disparando a los asistentes por lo que me parecieron horas. La danza parecía extenderse hasta la eternidad, acompañada por una cálida lluvia carmesí que nos empapaba a todos los presentes. Siempre había alguno que había logrado sobrevivir o que sólo fingía estar muerto, pero aunque estuvieran inmóviles en el suelo no se salvaron de recibir uno de mis tiros. El único que quedaba en pie, arrinconado en una esquina, era el interno. Se había mojado los pantalones y se cubría la cabeza con los brazos. Cesé los disparos y el silencio fue abrumador. Había sangre por todas partes. El interno bajó los brazos y me observó con terror. Podía ver una sola pregunta impresa en su rostro: “¿Y ahora qué?” Di un último vistazo a los cuerpos de la gente con la que tuve la desgracia de trabajar y a los que tanto llegué a odiar. Giré la cabeza hacia el interno y le regalé una última sonrisa. “Ya eres libre”, dije. Levanté el arma hasta mi sien y jalé el gatillo.