Esperaba
mi camión de ida a Irapuato. Me encontraba de pie a un costado de la carretera.
Escuchaba a Nine Inch Nails para
relajarme y hacerme a la idea de que viajar en camión no siempre es una
experiencia deprimente. Podía ver cómo pasaban tráileres, camionetas y coches de
todo tipo, pero mi camión no aparecía por ningún lado. Saqué un cigarrillo y lo
encendí con muchos problemas, pues hacía un viento terrible y no encontraba la
forma de encenderlo antes de que se apagara la llama. Finalmente lo logré,
percatándome de que el resto de la gente que esperaba camión me observaba muy
entretenida. Los odié inmensamente. Adopté una pose cool y me puse a buscar ese color verde tan característico que usan
los camiones Metropolitano, dentro del caudal de automóviles que pasaban
zumbando a mi lado. Al fin venía uno del color que estaba buscando. Quizás
llegaría a Irapuato antes de que se ocultara el sol. Saqué el boleto de mi
bolsillo y esperé sonriente a que llegara mi transporte. Cuando se encontraba a
treinta metros, aproximadamente, vi que su destino era Guanajuato. Qué fiasco.
El camión fue frenando y se detuvo frente a mí. Dado que no tenía nada mas que
hacer, y aprovechando que usaba lentes de sol, me puse a observar a la gente
sentada tras ventanillas. Mi cabeza apuntaba hacia el camino para que no se
dieran cuenta de que los observaba. Comencé por las ventanillas de adelante...
nadie interesante. Luego llegué al centro del camión, que quedaba justo frente
a mí. Una chica de veintitantos años me observaba de arriba a abajo, luego
miraba a los que subían al camión y regresaba la mirada a mí. Interesante,
pensé. Mi cabeza no apuntaba hacia su dirección, así que ella no podía saber
que la había cachado. Sin pensarlo, giré la cabeza en su dirección y le lancé
una de las sonrisas más encantadoras que poseo. En su cara se dibujo el
desconcierto. Volteó a ver a su acompañante y regresó la vista a mí, que
continuaba sonriendo, como diciendo: "sí, nena, es a ti". Sin que me
diera cuenta, ya habían terminado de subir los pasajeros. El camión cerró la
puerta y avanzó. No le perdí la vista de
encima a la chica. Tampoco ella me dejó de mirar, girando sobre su asiento para
seguirme observando mientras mi rostro sonriente se perdía en una nube de polvo
y smog.