sábado, 2 de marzo de 2013

Amores de carretera


Esperaba mi camión de ida a Irapuato. Me encontraba de pie a un costado de la carretera. Escuchaba a Nine Inch Nails para relajarme y hacerme a la idea de que viajar en camión no siempre es una experiencia deprimente. Podía ver cómo pasaban tráileres, camionetas y coches de todo tipo, pero mi camión no aparecía por ningún lado. Saqué un cigarrillo y lo encendí con muchos problemas, pues hacía un viento terrible y no encontraba la forma de encenderlo antes de que se apagara la llama. Finalmente lo logré, percatándome de que el resto de la gente que esperaba camión me observaba muy entretenida. Los odié inmensamente. Adopté una pose cool y me puse a buscar ese color verde tan característico que usan los camiones Metropolitano, dentro del caudal de automóviles que pasaban zumbando a mi lado. Al fin venía uno del color que estaba buscando. Quizás llegaría a Irapuato antes de que se ocultara el sol. Saqué el boleto de mi bolsillo y esperé sonriente a que llegara mi transporte. Cuando se encontraba a treinta metros, aproximadamente, vi que su destino era Guanajuato. Qué fiasco. El camión fue frenando y se detuvo frente a mí. Dado que no tenía nada mas que hacer, y aprovechando que usaba lentes de sol, me puse a observar a la gente sentada tras ventanillas. Mi cabeza apuntaba hacia el camino para que no se dieran cuenta de que los observaba. Comencé por las ventanillas de adelante... nadie interesante. Luego llegué al centro del camión, que quedaba justo frente a mí. Una chica de veintitantos años me observaba de arriba a abajo, luego miraba a los que subían al camión y regresaba la mirada a mí. Interesante, pensé. Mi cabeza no apuntaba hacia su dirección, así que ella no podía saber que la había cachado. Sin pensarlo, giré la cabeza en su dirección y le lancé una de las sonrisas más encantadoras que poseo. En su cara se dibujo el desconcierto. Volteó a ver a su acompañante y regresó la vista a mí, que continuaba sonriendo, como diciendo: "sí, nena, es a ti". Sin que me diera cuenta, ya habían terminado de subir los pasajeros. El camión cerró la puerta y avanzó.  No le perdí la vista de encima a la chica. Tampoco ella me dejó de mirar, girando sobre su asiento para seguirme observando mientras mi rostro sonriente se perdía en una nube de polvo y smog.

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