Descendía la ladera con
inusitada celeridad, corriendo hacia un lado y a otro, como si el anárquico
paso del viento comandara la dirección que habrían de tomar sus piernas. Sus
brazos, extremidades poseídas por bruscos espasmos, golpeaban cabeza y cuerpo,
intentando liberarse del dolor. Su mirada denotaba terror contenido, producto
de noches sin sueño, pesadillas conscientes, constantes, que lo mantenían en un
estado de alerta permanente. Taladros perforando su cráneo y su mente.
Sube a toda velocidad una
roca inmensa y bastante empinada, cayendo y volviéndose a levantar, sin reparar
en golpes y cortaduras causados por la demencia motriz. Cae retorciéndose,
gruñe y bufa estrepitosamente, desgarrando la paz de la montaña. Una mueca
siniestra se dibuja en su rostro, sus pupilas se ensanchan y contraen
rítmicamente. Los músculos de su cuerpo se tensan en agonía, paralizándolo por
unos instantes mientras una nube obstaculiza el ataque del sol contra su
deforme y enclenque ser. Como por orden, golpea y restriega su cara contra la roca
reiteradamente; mezclando sangre, tierra, saliva y piel. Se queda tumbado,
esperando, quizás descansando.
Pareciendo recobrar un poco
de sensatez, se pone de pie a manera lenta y cautelosa, temblando y exudando
dolor; mira a su alrededor, comprobando terreno. Luego fija su vista en la cima,
inalcanzable hasta hace un momento, intentando sonreír. Levanta la vista al
cielo, observando cómo el sol recorre lentamente la nube, sublimando sus
formas, hasta llegar a su final, propinando ira renovada sobre las heridas. El
escozor funde su pensamiento, forzándolo a bajar súbitamente la mirada, lanzando alaridos
alternos, maldiciones de tiempos arcanos. Camina torpemente, persiguiendo
altura, apresurando paso. Otra vez su cráneo es atacado por insistentes
aguijones; un tambaleo detiene su andar, las náuseas surgen seguidas por una
incapacidad para respirar. No pierde tiempo en sorteos, continúa su andar. La
cima está cerca, esto le provoca esbozar una sórdida sonrisa, el clímax a su
merced.
Una parvada de oscuras aves
cruza el panorama, creando remolinos de sombras, funesto augurio. Una vieja
cabaña, montaña arriba, denota su presencia vomitando humaredas de un color
verde oscuro que lo cubre todo. La tierra árida se va cubriendo de tizne
oscuro, éste efervesce al contacto con la precaria vegetación, pudriéndolo
todo. En las faldas del sombrío monte, una roca grita con sangre un secreto que
sólo los buitres escuchan. A sus pies, un raquítico bulto humano, roto y
nauseabundo, sonríe en apacible frenesí.