viernes, 23 de marzo de 2012

De cómo arruinar una fiesta de té sin manchar el mantel.


Descendía la ladera con inusitada celeridad, corriendo hacia un lado y a otro, como si el anárquico paso del viento comandara la dirección que habrían de tomar sus piernas. Sus brazos, extremidades poseídas por bruscos espasmos, golpeaban cabeza y cuerpo, intentando liberarse del dolor. Su mirada denotaba terror contenido, producto de noches sin sueño, pesadillas conscientes, constantes, que lo mantenían en un estado de alerta permanente. Taladros perforando su cráneo y su mente.

Sube a toda velocidad una roca inmensa y bastante empinada, cayendo y volviéndose a levantar, sin reparar en golpes y cortaduras causados por la demencia motriz. Cae retorciéndose, gruñe y bufa estrepitosamente, desgarrando la paz de la montaña. Una mueca siniestra se dibuja en su rostro, sus pupilas se ensanchan y contraen rítmicamente. Los músculos de su cuerpo se tensan en agonía, paralizándolo por unos instantes mientras una nube obstaculiza el ataque del sol contra su deforme y enclenque ser. Como por orden, golpea y restriega su cara contra la roca reiteradamente; mezclando sangre, tierra, saliva y piel. Se queda tumbado, esperando, quizás descansando.

Pareciendo recobrar un poco de sensatez, se pone de pie a manera lenta y cautelosa, temblando y exudando dolor; mira a su alrededor, comprobando terreno. Luego fija su vista en la cima, inalcanzable hasta hace un momento, intentando sonreír. Levanta la vista al cielo, observando cómo el sol recorre lentamente la nube, sublimando sus formas, hasta llegar a su final, propinando ira renovada sobre las heridas. El escozor funde su pensamiento, forzándolo a bajar  súbitamente la mirada, lanzando alaridos alternos, maldiciones de tiempos arcanos. Camina torpemente, persiguiendo altura, apresurando paso. Otra vez su cráneo es atacado por insistentes aguijones; un tambaleo detiene su andar, las náuseas surgen seguidas por una incapacidad para respirar. No pierde tiempo en sorteos, continúa su andar. La cima está cerca, esto le provoca esbozar una sórdida sonrisa, el clímax a su merced.

Una parvada de oscuras aves cruza el panorama, creando remolinos de sombras, funesto augurio. Una vieja cabaña, montaña arriba, denota su presencia vomitando humaredas de un color verde oscuro que lo cubre todo. La tierra árida se va cubriendo de tizne oscuro, éste efervesce al contacto con la precaria vegetación, pudriéndolo todo. En las faldas del sombrío monte, una roca grita con sangre un secreto que sólo los buitres escuchan. A sus pies, un raquítico bulto humano, roto y nauseabundo, sonríe en apacible frenesí.

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