La abuela ha estado enferma. Se pasa noche y día tosiendo
y quejándose en su habitación. El doctor dice que el medicamento no ha ayudado,
las úlceras en su estómago se han propagado hasta su esófago. La abuela tose sangre
y se retuerce de dolor.
- A nadie le importa si me muero. -Se queja- No me mires
así, sabes que es cierto. Tu mamá preferiría que hubiera seguido el mismo
camino que tu abuelo, en paz descanse. Ya ni siquiera viene a preguntarme cómo
sigo, para ella soy una carga más, un lastre. De tu papá no quiero ni hablar,
nunca le he agradado y peor ahora que he caído enferma, seguro que estará
esperando el momento en que estire la pata para deshacerse de mí. No sé por qué
Dios me mantiene sufriendo aquí en la tierra si no hay nadie a quien le importe
un poco. La única que parece preocuparse por mí eres tú, querida, y ni siquiera
puedes hablar.- Tose y puedo escuchar cómo se atraganta con su sangre,
vomitándola entre violentos espasmos. La tos cede y la abuela luce más cansada
que nunca. Toco su frente y me asusta pensar que la fiebre no bajará.
La abuela lleva un mes enferma. Cuando comenzó a mostrar
los primeros síntomas todos en la familia se mostraron preocupados, tíos y
primos por igual. Recuerdo que mamá me dijo que la abuela podría no sobrevivir
a esa última estancia en el hospital. Mi madre y mis tíos no perdieron el
tiempo y ya estaban viendo quién se quedaría con qué. Pero la abuela no murió
en el hospital, como ellos creían que sucedería, en cambio se estabilizó y hubo
que decidirse a casa de quién se iría para que la cuidaran. Para desgracia de
mi madre, fue a ella a quien le encargaron cuidarla. Mamá no estaba contenta y
puso mil excusas, pero ya que yo me ofrecí a ayudarle, terminó por resignarse.
Le digo a la abuela que todo estará bien, no tiene nada
de qué preocuparse. Abre sus ojos cubiertos en lágrimas y me pregunta por
Francisca. La fiebre se mantiene al máximo y de vez en cuando me pregunta por
gente de su pasado, gente que no conozco. Ayer, por ejemplo, me preguntó por
Justina, una amiguita suya de cuando tenía diez años. Por una hora me estuvo
contando de los lugares a los que iban a jugar cuando vivía en la vieja casa
del centro, de sus días en la escuela para señoritas a la que asistió... Todo
esto entre ataques de tos que me hicieron pensar que no lo lograría.
La abuela se ha dormido. Aprovecho esta pausa para ir al
baño y estirar las piernas. Son las seis de la tarde y la casa se encuentra en
penumbras. Mamá y papá llegarán hasta pasadas las nueve. Voy a la cocina y me
sirvo un vaso con leche intentando olvidar la conversación que tuve anoche con
papá.
Acababa de dejar dormida a la abuela cuando él me llamó
desde el estudio. Mamá aún no llegaba, éramos los únicos en la casa además de
la abuela. Me preguntó cómo seguía la vieja, como él la llama. Decidí mentirle
y le dije que estaba más estable, que la nueva medicina parecía estar
disminuyendo su dolor. No se alegró. Comenzó a quejarse conmigo sobre el precio
de las medicinas, que ninguno de mis tíos da algo de dinero para todos los
gastos que la vieja está generando, que lo mejor sería que la pobre vieja se
muriera y dejara de sufrir. "Lo único bueno de todo esto", dijo,
"es que a tu madre le tocan dos departamentos en la zona centro, quizás de
ahí podamos sacar algo de dinero para recuperar algo de todo lo que nos ha
costado." Le dije que tenía que ir a ver a la abuela y salí de ahí sin
decir más.
Todos en la familia piensan que cuido a la abuela porque
espero sacarle algo. Me llaman interesada, hipócrita, algunos de mis tíos me
han llegado a confrontar preguntándome qué espero sacar de estar con ella todo
el día, "el testamento ya está hecho, no ganarás nada haciéndote la
mártir", me dijo mi tía Gloria. Nunca respondo a sus ataques y miradas
llenas de desconfianza y rencor. No espero que ninguno de ellos lo comprenda,
ni siquiera mis padres. Ninguno de ellos comprenderá que la abuela fue la única
que estuvo para mí cuando yo era niña. Mis papás trabajaban todo el día y la
única que parecía querer estar conmigo era la abuela. Ella me crió y me dio el
amor que mis padres parecían incapaces de mostrar. Por eso es mi deber cuidar
de ella cuando a nadie más parece importarle. Lo único que esos cerdos quieren
es que se muera para que ellos puedan poner sus grasientas pezuñas sobre todo
lo que posee. Ese es el motivo por el que ninguno de ellos comprenderá mi amor
por ella y lo mucho que le debo.
-
La abuela ha mejorado, ya casi no tose y la fiebre ha
disminuido. Me alegra verla con más vida, casi alegre. Mi madre fingió
alegrarse por su recuperación, pero sé que por dentro se preocupa por los
gastos de los medicamentos y porque la abuela no muera y ella no pueda
recuperar nada de lo que ha gastado. La abuela también sabe esto, sabe que
todos están sentados en primera fila, esperando el momento en el que ella muera
para recibir su supuesta merecida herencia, por eso los trata a todos de manera
seca, con recelo. A la única que le habla con normalidad es a mí, lo cual me ha
causado problemas con el resto de la familia porque ahora que la abuela está
mejor, temen que vaya a modificar su testamento. Eso les aterroriza, les asusta
que me vaya a dejar todo a mí y que a ellos los deje en la calle.
La abuela me habla de irse a la playa cuando se encuentre
mejor, quiere darse un buen baño de sol y ver el océano una vez más antes de
morir. Bromea, ríe, es ella de nuevo. Me comentó que ha notado cómo me trata el
resto de la familia, incluyendo a mis padres, le digo que no se fije, ya se les
pasará, sólo están estresados por todo lo que ha sucedido. La abuela me toma de
la mano y me promete que todo estará bien. De pronto, se le iluminó el rostro
con una idea. Se le ocurrió que podría hacer una comida para todos en la
familia. La idea me pareció estupenda y sería un buen motivo para convivir
todos juntos. "Les mostraré que esta anciana tiene mucho por hacer antes
de morir." Celebré esto último con ella e hice una lista de todas las
cosas que tendría que comprar. "Lo primero será cocinar para tus papás,
debo pagarles de algún modo que hayan tenido la cortesía de tenerme aquí en su
casa todo este tiempo. Les haré un caldo de pollo como el que solía preparar,
¿recuerdas?" Tose y parece cansada. Le toco la frente y me asusto al ver
que la fiebre ha regresado. Le doy su medicamento y le ordeno descansar un
poco, yo me haré cargo de comprar las cosas para la comida del día de mañana.
Cuando era niña solía ayudarle a la abuela en la cocina.
En esos días todos mis tíos iban gustosos a comer a su casa. La familia aún era
feliz. La abuela era feliz. No sé en qué momento todos se volvieron tan fríos y
avariciosos, siniestros. Pensar que alguien quiera que su propia madre muera
para poder heredar dinero o una propiedad me causa escalofríos. Es cierto que
la abuela no ha estado muy bien de salud en los años pasados, que se cayó de
las escaleras y casi se rompe la cadera, pero ese no es motivo para querer que
muera de una vez. Si la abuela muere me quedaré sin nadie a quien pueda llamar
familia. Tengo a mis padres, claro, pero ninguno de ellos parece realmente
interesado en conocerme o saber qué pasa en mi vida. No me preguntaron por mi
nuevo empleo, o por cómo van las cosas con Octavio, mi novio desde hace tres
años. Simplemente no les importa. Por eso es que no quiero que la abuela muera,
no quiero quedarme sola.
Papá y mamá llegaron tarde, cerca de las diez de la
noche. Los encontré en su habitación. Al contarles los planes de la abuela para
preparar de comer, mi mamá se preocupó. "¿Cómo crees que se va a poner a
cocinar en el estado en el que se encuentra?" A mamá no le agradó la idea,
pero después de que papá la convenciera de que si la abuela se siente lo
suficientemente bien para cocinar, la deje ser, ya no dijo nada. Papá estaba
cansado de hablar siempre de la abuela, nos mandó a callar y dejamos el tema
por concluido. Me emocionó la idea de cocinar una vez más con la abuela. Bajé a
la habitación para contarle que mis padres estaban de acuerdo pero ya se
encontraba dormida.
-
Al día siguiente fui a comprar todo lo que la abuela me
encargó: vegetales, hígados y pollo. Cuando regresé a casa la encontré con la
radio a todo volumen, escuchando salsa en una de las estaciones populacheras.
Dejó la cocina reluciente y lista para que comenzáramos a preparar la comida.
Mientras cortaba las calabazas le conté a la abuela de mis planes para el
futuro, quizás trabajaría por un tiempo más antes de decidirme a estudiar la
maestría, que requeriría mucho de mi tiempo. Le cuento de Octavio y de sus
planes para casarnos en un futuro, le confieso que no me siento lista para el
matrimonio, que a mis veinticuatro años no es algo que me traiga aprisa. La
abuela me cuenta de cuando conoció al abuelo y sobre las cartas que le mandaba
para enamorarla. La paso verdaderamente bien con ella. La abuela siempre ha
tenido un grandioso sentido del humor. Me sentí como cuando era niña. Los ojos
se me llenaron de lágrimas y comencé a llorar sobre las zanahorias. La abuela
se acercó a mí por detrás y me abrazó tan fuerte como le era posible,
diciéndome al oído que todo estaría bien.
-¿Por qué lloras, mi niña, no ves que tu abuela ya está
mejor? Anda ya o me harás llorar a mí también, y ya sabes que me veo muy fea
cuando lloro. Todo saldrá bien, pequeña. Después de hoy todo será diferente, lo
prometo. Yo voy a mejorar y me encargaré de que la familia esté unida una vez
más una vez más.
Cuando mis padres llegaron a casa, el caldo estaba listo.
Nos sentamos los cuatro a la mesa y comenzamos a comer. Papá fue el primero en
felicitar a la abuela por su sazón, después, mi madre nos contó una anécdota
divertida que le pasó en el trabajo y todos reíamos y el ambiente era cálido.
Por ese momento me olvidé de que la abuela estaba enferma, de que mi madre y mi
padre preferirían que estuviera muerta, de que la vida es una mierda.
La abuela nos sirvió un segundo plato de caldo a mis
papás y a mí. Los tres estábamos satisfechos pero no nos negamos cuando nos lo
sirvió. La abuela bebía té y nos observaba comer muy atentamente con una
sonrisa de satisfacción. Supuse que esa era la satisfacción que obtendrías al
vivir por muchos años, la satisfacción que se siente al saber que dejarás hijos
y nietos, de que todo ha valido la pena si es que has logrado sobrevivir hasta
ese punto. Con esfuerzo logramos terminarnos el caldo, cuando mi abuela ya nos
estaba sirviendo un tercer platillo que tuvimos que rechazar. Mi estómago
comenzó a hacer ruidos extraños, al parecer el caldo me cayó de peso. Mis
padres se levantaron de la mesa y se marcharon a su cuarto rápidamente. Yo no
me sentía nada bien, el estómago me dolía tanto que me hacía doblarme sobre la
mesa. Mi abuela se preocupó y me llevó a la habitación que compartimos para
recostarme en la cama. Me dijo que iba por un vaso con agua para mí y salió de
la habitación. Debió tardar unos quince o veinte minutos antes de regresar con
el agua. Me dijo que mi mamá y mi papá estaban igual de enfermos que yo, el
hígado que me vendieron debió de estar mal porque nosotros tres fuimos los
únicos que lo comimos. Sentía que me iba a morir, el estómago no dejaba de
dolerme como si alguien estuviera apuñalando mis entrañas. Lloré y le pedí a la
abuela que me tomara de la mano. Ella se recostó a mi lado en la cama,
abrazándome con fuerza, diciéndome que todo estaría bien y lo mucho que me ama.
Me encuentro empapada en sudor, con todo mi cuerpo
retorciéndose a causa de los temblores. Siento que mi esqueleto se funde, no sé
cuánto ha pasado desde que la abuela me recostó en la cama, cuánto desde que
era yo la que la cuidaba a ella y no ella a mí. Todo da vueltas, nunca me había
sentido tan vulnerable, tan desprotegida. La abuela se aferra a mí y me repite
que todo estará bien. Me da un beso en la frente y me dice que tiene que ir a
ver a mi mamá y a mi papá. Le pedí que no me dejara sola pero se separó de mí y
salió de la habitación.
"Daniela, despierta. Daniela..."
Abro los ojos y la abuela está sentada a mi lado. No sé cuánto tiempo estuve
dormida. Tomo su mano y le agradezco que esté ahí para mí. Ella tose y me
sonríe mientras se limpia la sangre con el dorso de la mano. Finjo que no la
miro y le preguntó qué es lo que ha traído. Se inclina, coge una taza de té y
me dice que debo tomarlo para sentirme mejor. Me ayuda a acomodarme sobre mi
lado derecho y me acerca la taza. El primer trago me hace querer escupirlo. Le
pregunto a la abuela por qué sabe tan horrendo el té y me dice que es por la
medicina, que lo beba, me va a ayudar a sentirme mejor. Me hago a la idea y lo
bebo todo de un solo trago. El horrendo sabor amargo me hizo estremecer, pero
la abuela siempre ha sabido qué medicinas dar cuando uno está enfermo. Mi
estómago se contrae y las punzadas se vuelven más violentas y frecuentes. No
creo aguantar mucho antes de romper en llanto. La abuela se acuesta a mi lado y
me acaricia el cabello. "Ya, mi niña, deja que la medicina actúe y ya
verás cómo te sentirás mejor. Solo debes dejarte ir y ya no te dolerá
más." La abuela podrá decir eso, pero el dolor se vuelve cada vez más
agonizante. Todo mi cuerpo tiembla y me siento cada vez más débil y frágil. Mi
cabeza hierve y el delirio me arrebata el juicio. Veo a mi abuela sonreír a mi
lado. Me mira sin apartar los ojos de rostro descompuesto y sé que es tiempo de
dejarme ir.
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