Segundo episodio, "Toda merma debe ser desechada"
Noche
del día 25/10/2012.
Todo
parece indicar que las ideas fatalistas que teníamos al respecto,
eran realidad. Esas cosas, o “consumidores”, como comenzamos a
llamarles Fran y yo, están en todos lados. Parece que la enfermedad
se propagó en tan sólo unas horas aquí en Guanajuato capital. La
alta concentración de gente en el centro, y el tamaño diminuto de
la ciudad, fueron quizás factores determinantes para que la
infección corriese rápidamente. Esta tarde hemos salido a la
terraza a observar mejor el panorama. La vecindad de enfrente estaba
llena de consumidores, no parecía que hubiera sobrevivientes. En el
callejón había unos cuantos deambulando torpemente, sin tener un
rumbo fijo. A veces chocaban entre ellos y causaban alboroto hasta
darse cuenta de que contra el que habían chocado, era otro idiota
como ellos. Tal parece que son ciegos. Hoy que salimos al exterior de
la casa, pudimos escuchar gritos de terror proviniendo del centro de
la ciudad, era espantoso, creo que hasta ese momento no me había
percatado por completo de la situación. Resultaba exactamente igual
que en las tantas películas y series que había visto al respecto, y
si estaba sucediendo lo que creíamos pensar que estaba pasando, lo
importante era ponernos a salvo.
-¿Qué
haremos, entonces?, pregunté.
-¿Sobre
Carlos o con el potencial problema que hay afuera?
-Pff...
con ambos supongo, pero primero hay que decidir si tenemos que matar
a Carlos o si lo dejamos como está, y luego ver qué haremos con sus
cuerpos...
-¿Pero
de qué están hablando?, ¿matar a Carlos?, ¿¡alquien quiere
decirme qué está pasando!?
-Tranquilízate,
Tovar... no es bueno gritar, dije, harás que nos escuchen los
consumidores de las azoteas...
Fran
y yo nos miramos durante un momento, completamente serios, teníamos
que hacer un dictamen de la situación.
-¿Quieres
decirlo tú o lo digo yo?
Fran
guardó silencio, meditando.
-Tovar,
dijo, lo que tienes que entender es que esas cosas ya no son humanos.
Son más bien algo como zombies.
-¿Pero
cómo es eso posible?
-No
podemos saberlo aún, pero quizás todo el cine, literatura y
videojuegos eran una alerta sobre lo que vendría.
-¡No
es posible, no es posible!, gritó Tovar en un tonó en extremo
dramático.
Corrí
hacia la vista que teníamos del callejón y los vi, acercándose en
dirección a la casa, al menos seis de ellos., dos consumidores que
estaban en el techo a tres casas de distancia, voltearon en nuestra
dirección, dudosos.
-Tovar,
tienes que guardar silencio o hablar en voz baja, no queremos que
esas cosas intenten entrar a la casa. No podríamos con ellas,
¿entiendes?, dije.
-Pero
no entiendo nada, debo hablar con mi mamá ahora mismo...
Corrió
hacia el recibidor, en busca del teléfono.
-Pero
si no me equivoco, no ha habido teléfono ni internet por los pasados
dos días, ¿no es así?, pregunté.
-Ahora
que lo pienso, ¿cómo nos vamos a enterar de si nuestras familias
siguen bien?
-No
lo sé, ahora que hago memoria, no he recibido ni una sola llamada en
estos últimos días, lo cual, si sabemos que la única que me llama
es mi madre, resulta bastante extraño.
-Pero
si aquí está así, lo más probable es que en el resto de las
ciudades esté pasando lo mismo.
-Y
sin cómo enterarnos, esto está de la chingada. Vayamos a asegurar
la puerta principal, no quiero que por un arranque de Tovar, los
consumidores entren a la casa y terminemos siendo uno de ellos.
Bajamos
y acomodamos los sillones de la sala a modo de barricada en la
puerta, de ese modo ni aunque formaran una pequeña turba, lograrían
entrar. Tovar estaba sentado en una esquina de la cocina, seguía
intentando comunicarse con su familia. Lo dejamos ser y continuamos
encargándonos de la situación. Ahora quedaba otra cuestión
importante a discutir, ¿qué utilizaríamos como arma? Para no
decepcionarnos tan rápido, y prolongar la sorpresa de nuestro bajo
poder de ataque, cada uno se puso a buscar por su cuenta y llevar a
la mesa del comedor las armas que hubiera encontrado. Fran bajó con
un cortinero y un martillo, yo, con una plancha y un cuchillo. Al
parecer no eran tan malas armas, pero aún siendo combate cuerpo a
cuerpo, me sentiría seguro si tuviera que atacarlos desde una
distancia más prudente, como por ejemplo con un bate de béisbol,
así al menos me sentiría un poco más seguro y cómodo. Pero ni de
dónde sacarlo, por el momento me tendría que acomodar con
cualquiera de las otras armas. Fran se decidió por el martillo y yo
por tomar la plancha en una mano, como escudo y el cuchillo en la
otra, como todo un caballero, ja. Al comentarle esto último a Fran,
reímos un poco por lo idiota que era.
Subimos
a checar a Tovar, que se había encerrado en su cuarto. Se encontraba
acostado en su cama, tapándose la cara con su almohada. Lo llamamos
pero no respondió. Ahora la decisión recaía únicamente en
nosotros. Fue difícil, pero decidimos que si Carlos no respondía
como una persona normal, o hasta enferma pero consciente, le
pondríamos fin a su miserable sino. Tras respirar profundamente
varias veces y de tomar nuestra posición de pelea, abrimos la puerta
de par en par. Carlos estaba de pie, frente a la ventana. “Carlos,
si es que sigues siendo una persona, haz una seña o di algo que
indique tal cosa”, dije. No hubo respuesta, de su boca sólo escapó
un sonido gutural que le hacía sonar como un idiota. Miré a Fran y
me dio la señal, me acerqué a él lentamente y con la plancha lo
toqué por el hombro, él se volvió e intentó lanzárseme encima,
pero lo detuve con la plancha, viéndolo a un paso de mí, intentando
morderme, con su dentadura ensangrentada aún guardando trozos de
carne, sus ojos blancos, como los de un ciego. Me dio tristeza verlo
así y le encajé el cuchillo con todas mis fuerzas en su ojo
derecho, retorciendo el cuchillo en el interior de su cráneo,
sintiendo la sangre fría escurrir por mis dedos. Fue hasta que dejó
de tomarme las ropas con sus brazos y cayó al suelo, que me alejé
de él y traté de controlarme. No paraba de respirar aceleradamente.
Mi cuerpo temblando por la adrenalina y la sensación de cómo
retorcía su cerebro con el cuchillo grabada en mi piel.
Me
quedé ahí de pie por algunos minutos. No expresó dolor o sorpresa
o nada, ni tampoco hizo ningún sonido de sufrimiento o lo menos
parecido, sólo exhalaba mientras que intentaba morderme. Ya no son
humanos, eso me quedó claro. Y si Carlos se había transformado en
una de estas cosas, significaba que con ser mordido ya te podías dar
por muerto. Comencé a preocuparme en verdad. Fran me tomó el hombro
y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí y volteamos a ver a
Geraldine. Estaba en la cama, con una expresión de espanto e
impotencia. Supongo que sucedió cuando estaban dormidos, él se
transformó en un consumidor y la mordió justo en la garganta. Fue
por eso que no escuchamos gritos. El cuerpo de Geraldine permanecía
inmóvil, al parecer no se transformó.
-No
mames, no mames, ¿te das cuenta de lo que está pasando?, dijo Fran.
-Sí,
me da terror de sólo pensarlo.
-¿Y
ahora qué haremos?, no hay teléfonos, no hay internet, ¡estamos
jodidos!
-Creo
que tienes razón, lo único que podemos hacer ahora es emplear lo
que hemos aprendido y sobrevivir. Ya habrá tiempo para intentar
contactar a los demás, si es que la han librado.
Al
sabernos conscientes de lo que estaba pasando, lo mejor era
mantenernos concentrados en nuestra tarea primera, subir los cuerpos
de Geraldine y Carlos al cuarto de la azotea y hacerles una ceremonia
o algo parecido; luego, intentar contactar a nuestras amistades en la
ciudad, pero para ello necesitaríamos unos días de planeación.
Dejamos programada la creación de nuestro mentado plan para el día
de mañana. Por hoy fumamos algo de marihuana y fuimos a dormir,
mañana sería otro día.
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