miércoles, 30 de noviembre de 2011

Loca Ciudad.


Todos los días le miraba en el semáforo de siempre. Usaba unos botines que me hacían recordar el servicio militar: mal lustrados, y vistos desde cerca, bastante rotos y sin agujetas –podía vérsele haciendo prodigiosos intentos para evitar que se le escaparan de los pies-. Un pantalón de casimir color negro -brilloso por la grasa y por el uso-; saco, ídem; sombrerito bombín, y un fierro oxidado que fungía como bastón. Su rostro, exhausto, se amurallaba tras una cubierta de maquillaje blanco y una mueca carmesí que se pretendía sonrisa. Si acaso una sola vez le echó un vistazo a su disfraz y nunca sospechó lo triste que resultaba ver a un payaso en blanco y negro, y sin una margarita en la solapa que alegre su desdichada e irónica vida –la laboral, pues-.

Como decía, lo encontraba siempre ahí, en el semáforo de Bocanegra y Paseo de Jerez: cuando tomaba la oruga a Delta, al regresar de la escuela, al ir al súper y en mis paseos de la tarde. Siempre actuando despistado, cómico y torpe ante un público apático. Representando su papel al filo de su realidad. Su público suele tener diversas reacciones ante un artista urbano como lo es Manuel: lástima, aversión, indiferencia u, en el caso de los niños, verdadera risa y alegría. Porque eso sí, Manuel o Cáspita –como se hacía llamar en el medio-, era todo un maestro de la diversión infantil -sus únicos admiradores-. Porque eso me decía él: “viera que sí, joven, la gente es reculera, mirándolo a uno como si tuviera sarna o estuviera loco; pero los niños no, viera, así de andrajoso como me ve, a ellos no les importa, no me juzgan, ni me tratan como si fuera perro callejero, nomás los viera, rete contentos que se les ve, se lo juro, aunque la lana no sea mucha, los chamaquitos me ayudan a llevar el día, pero bueno, joven, me regreso a la chamba que hay que darle de comer a las crías.”

Este primer acercamiento me hizo querer saber más; quizás de ahí saldría una buena historia. Al tercer día desde nuestra primera interacción, volví a charlar con él. Jefe de familia, de nombre Manuel Ignacio Pérez Morín, payaso de oficio, y padre, por caliente; casado con “La Martis”; un hombre de principios. “Martis”, su mujer, viera yo, era exigente pero cariñosa. Que pese a que nunca le logrará dar gusto con sus ingresos económicos, y con que a veces no coman para que los chamacos vayan a la escuela, pues está muy contento con su vida, que “ya qué”, que si está jodido no es porque quiera, pero qué le va a hacer. ¿El Gobierno?, no, de eso él no sabía nada, pues sí lee los periódicos pero sólo para saber cómo van sus leones esmeraldas; pero eso sí, la Carrera Presidencial”, no se la pierde. 

Yo no quería decir muchas cosas personales, lo más superficial o sin importancia.
Rogelio Ornelas, veintitrés años; estudiante de Sociología en la Universidad de Guanajuato, sí, allá, hasta la entrada de la ciudad, a cuarenta tortuosos minutos de casa en transporte público. ¿Novia?, no… al menos no oficialmente. Y es que en realidad no sabía en qué situación nos encontrábamos mi Sofía y yo. Nos veíamos varias veces, allá en la escuela, o quedábamos en casa de uno u otro; ella, de Antropología; chaparrita, delgada, buena pierna, de tez blanca y cabello lacio color negro. Ella, la que me tiene mal. En fin, es complicado, determiné.

Compartimos varias historias de amor y heridas de guerra. Manuel era todo un Don Juan en su época de oro. Entonces, no sé en qué momento mando todo al carajo y decido invitar a Manuel a beber unas cervezas. Me dice que sabe de una cantina “por aquí cercas”, barata y con buena botana. Nos dirigimos a dicho lugar. Una vieja cantina, “rascuacha”, dictaminé. Pero en fin, era un buen lugar para seguir charlando y hacer su historia. Una vez en la mesa, Manuel gritó: ¡Julián, dos pacífico!
Mientras le contaba a Manuel cómo era que había conocido a Sofía, se hizo de un dominó que sacó de su saco. Juguemos, dije. Mi padre me había enseñado a jugar al Dominó, a contar las fichas y arrinconar al enemigo sin compasión. Pero Manuel era muy bueno, encontraba salida a todas mis jugadas. Ganó. Si me ganas una, te regalo un dulcecito, me dijo. ¿Un dulcecito?, pregunté. Sí, un ácido, mi Roger. 

Ya estaba, me había dado la motivación que necesitaba, ahora tenía algo por lo cual jugar. Abrí juego por haber perdido. Hice comer a Manuel en dos ocasiones, y cuando estuve a punto de ganarle… ¡Bam!, que me hace comer. Pero sólo fue una, ahora verás, Manuel. Ni mandado a hacer, Manuel me daba la victoria con un seis.

-Je, ni modo, tú ganas. – Y me entregó el dulcecito.-

Saqué el pequeño trozo de cartón del papel aluminio , lo introduje a mi boca y lo pasé con ayuda de la cerveza.

Tras otros juegos amistosos de Dominó, Manuel se animó a poner música en la rockola. Comienza a sonar una guitarra, acompañada de la voz de la voz de mi maravillosa Janis. Las cervezas seguían llegando a la mesa.

La cantina era nuestra, cual estrellas de rock, dábamos un concierto a Julián, el cantinero, y a Josefina, su obesa y horrible mesera – de vez en cuando me arrojaba besos furtivos, que yo desdeñaba haciéndome el importante-. De pronto, todo se salió de control. Creo que fue entre los Beatles y los Rolling Stones. Manuel me apostó a que no podía actuar como él, esto era, hablar como él, reproducir sus movimientos, su ser. Le dije que yo había estudiado actuación en la prepa – lo cual era una inmensa mentira-, y que representarlo, no sería problema alguno. Y así lo hice; los tres reían, decían entre risas y aplausos, “así es Manuel, así es él”; y yo, siendo Manuel. Luego, cuando me encontraba bailando una de los Led Zeppelin, llegaron unos cuates, “quesque” mis amigos. Me tomaron por los brazos y me ayudaron a subir a la camioneta. Gracias, gracias -decía yo-, creo que estoy muy ebrio. No te preocupes, Manuel, todo estará bien –dijo mi amigo de blanco-. 

Me llevaron a una casota en donde me harían sentir mejor, me dijeron. Lo que me extrañaba era que todos me llamaban Manuel. Siempre que me confundían con él, les contaba sobre cómo lo conocí y quién era; y también, sobre quien era yo, pero no comprendían que yo no era Manuel. Tras pasar ahí la primera noche, pensaba en que Sofía no me encontraría si me buscaba, ¿sabría dónde me encuentro? 

Al fin pude hablar con el Dr. Montero, mi psiquiatra personal. Tras una introducción me pidió que le explicara lo sucedido la tarde del día anterior y así lo hice. Al terminar me dijo algo que me dejó perplejo: Nunca entré acompañado a la cantina, sólo entré y me senté en una mesa por horas, platicando a nadie sobre una tal Sofía. Luego, perdí el control, tuve un ataque. Acepté el reto, y así lo hice: los tres reían, decían entre risas y aplausos, “así es Manuel, así es él”; y yo, yo era Manuel.


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