Aquella noche me encontraba bajo la lluvia, pensando en qué debía hacer en ese momento. Eran ya las tres de la madrugada en aquél oscuro y tétrico callejón. Había un poco de tristeza en mi interior, ya que me encontraba bajo la lluvia y solo, lo cuál, para mi abuela, no era un buen augurio. Cuando de pronto, comencé a escuchar una canción cuyo volumen iba en aumento. Tras haber escuchado un poco de ésta música, logré reconocer la pieza que tan milagrosamente había llegado a mí en aquella noche. Inconfundible, dije en voz alta y con un tono de emoción infantil. Tal melodía, no podía ser otra más que "El Vals del Emperador", de Strauss. Caminé y dancé hacia la fuente de tan dulces ondas melódicas. Y al no dar con dicho lugar, dejó de importarme y preferí dedicarme al disfrute de la música y la danza. Una inmensa alegría invadió mi espíritu, sentía el fervor de mil personas dentro de mí. Una sensación casi orgásmica, podría decirse. El baile, la música y la lluvia, no hubiesen podido hacer mejor combinación en otra noche como ésta. Cuando de pronto, abrí los ojos y me percaté de que una anciana junto con sus veinte gatos, me observaban desde lo alto de un balcón. Apenado por el suceso, agaché la cabeza en súplica de disculpa por tan extraño comportamiento mío. Fue entonces cuando la canción terminó. Me sentí triste por no haberla podido disfrutar a plenitud. Miré a la anciana, y noté que volvía a colocar la aguja sobre el disco de vinilo. No podía ser posible, ¿acaso ella era la que ponía la música para que yo danzara? Y en caso de serlo, a quién le importaba realmente, si de nueva cuenta podía escuchar la majestuosidad de los valses de Strauss. Continuando con "Voces de Primavera" y finalizando con el "Danubio Azul". Volví a perder el conocimiento y la razón mientras me perdía en la danza conmigo mismo. Los lunáticos como yo disfrutábamos de aquellos momentos en que la soledad es nuestra única compañera y la perdición, nuestro destino.
En una noche tan hermosa como aquella, en que nunca nadie hubiese llegado a imaginar, que aquella anciana que me miraba danzar, me asesinaría con una pistola desde lo alto de su balcón, tras lanzar un beso al tiempo en el que jalaba del gatillo. La bala atravesó mi pecho lentamente, mientras la música en mi interior se iba apagando poco a poco. Pero la sonrisa en mi rostro y la expresión de felicidad y goce, nunca desaparecieron.
En una noche tan hermosa como aquella, en que nunca nadie hubiese llegado a imaginar, que aquella anciana que me miraba danzar, me asesinaría con una pistola desde lo alto de su balcón, tras lanzar un beso al tiempo en el que jalaba del gatillo. La bala atravesó mi pecho lentamente, mientras la música en mi interior se iba apagando poco a poco. Pero la sonrisa en mi rostro y la expresión de felicidad y goce, nunca desaparecieron.
Ni aún cuando la amargura de aquella mujer felina, ofendida por mi jovialidad lobuna y por mi gusto por las artes, hubo querido destrozar en aquella noche mi locura y mi espíritu libre, permanecí danzando por las calles de aquella siniestra ciudad. Llevando en mi interior la música de aquellos hermosos valses.
Acaso te encontrabas en gto?
ResponderBorrarSe nota que el buen gusto por la musica reside en ti John.
Prury