Debí saber que era demasiado bueno para ser verdad. Que una oferta de ese tipo no se le podía presentar a un sujeto como yo sin que hubiese algún riesgo o peligro. Era de esperarse, mi suerte nunca ha sido la mejor. O tal vez soy demasiado idiota para notar las señales de alarma, aquellas que harían correr a cualquier otro. Pero no a mí.
Era una calurosa tarde de
marzo y el interior de la librería era un sauna. El día iba lento y no había
vendido gran cosa. No me molestaba la calma que traía la falta de clientes,
pues era en esas ocasiones cuando podía poner mi música, en lugar de alguno de
los discos de música chill out o instrumental que teníamos a la
venta. Ese día me encontraba solo, pues el jefe de librería había descansado.
Se acercaba la hora de cerrar y yo estaba que me moría de ganas de ir por una
cerveza con mis amigos.
Entonces la vi entrar. No
debía medir más de un metro setenta. Delgada, de cara afilada y facciones muy
finas. Su cabello rubio descendía hasta sus hombros y su piel bronceada
irradiaba un brillo mágico. Quedé embobado. Sólo bastó que me mirara con esos
ojos cristalinos para quedar prendido. Y esas piernas… fuertes, macizas. De las
que te gustaría que te asfixiaran hasta la muerte.
Me preguntó si sabía
de alguna imprenta por la zona. Le dije que no, sintiéndome como un completo
inútil ante aquella ninfa de mirada feroz. Su acento me recordó a los gitanos,
gente de Rumania o esa zona. Definitivamente no era mexicana. Entonces me tomó
de la mano y me preguntó si me encontraba bien. “Sí, supongo”, respondí. Me
sentí extrañado por la pregunta, así como por su muestra de confianza. Su piel
era cálida y yo ardí al sentir su tacto. Dijo que mi aura estaba ennegrecida,
que alguien me había hecho un trabajo. Me preguntó si sabía de alguien que me
deseara el mal. Me puse a pensar en ello antes de recordar que todo el tema de
la brujería me parece una completa idiotez. Pero la chica era hermosa y decidí
seguirle la corriente. Le respondí que no se me ocurría nadie que quisiera
perjudicarme.
Seguía sujetándome de la
mano con la mirada clavada en mis ojos. Un bochorno comenzó a subir por mi
rostro y no sabía qué hacer. Me dijo que ella sabía leer la mano y que podría
hacerlo gratis si yo quería. Accedí. Faltaban cinco minutos para que terminara
la jornada, pero no tenía nada que perder. No recuerdo qué fue lo que dijo
sobre esta línea y aquella. Yo sólo seguía los trazos que hacía con la punta de
sus dedos sobre la palma de mi mano.
Estaba muy confundido. No
sabía qué esperar de esta mujer que apenas acababa de conocer y que me tenía a
sus pies. Su aroma me hacía querer tomarla y tener sexo con ella ahí mismo, en
el suelo de la librería, con el peligro de ser descubiertos por cualquiera.
Creo que lo notó, porque me preguntó si ya tenía planes. Le respondí que aún no
y ella me propuso acompañarla a su casa. Me daría una limpia para quitarme el
trabajo que pudría mi aura. Repito que yo no creo en ninguna de esas idioteces,
pero tendrían que haber visto a la chica. Era difícil negarse a algo tan lindo
como ella. Además de que sonaba que la limpia podría llevar a algo mucho más sucio.
No perdí el tiempo y cerré
la librería lo más rápido que pude. Al salir, detuve un taxi y nos subimos en
el. Ella le dio la dirección al chofer. Calle Magnolias, en la colonia
Españita. Era una buena colonia, así que el mínimo temor que sentía sobre ir
con una completa desconocida a su casa y ser asaltado, se disipó. De camino a
su casa le dije que tenía que bajar a un Oxxo a recargar saldo. Le pedí al
taxista que se detuviera en el Oxxo más cercano y bajé casi corriendo. En
realidad no necesitaba hacer una recarga de saldo, lo que necesitaba era
comprar un paquete de condones. Estaba caliente, pero no había perdido todo
sentido de precaución. Subí al taxi y ella me tomó de la mano, la puso sobre
sus piernas y la acarició suavemente con el pulgar.
Llegamos a su casa y ella
bajó primero. Yo me entretuve a propósito con el chofer para evitar que ella se
diera cuenta de que tenía una erección pétrea. Me acomodé el miembro como pude
para que se notara lo menos posible, y bajé a su lado. La casa no era muy
grande pero estaba muy bien arreglada. Tan pronto cruzamos el umbral, me rodeó
el cuello con sus brazos y me besó con inusitada furia. No sé qué fue lo que la
llevó a hacerlo, pero yo estaba encantado. Sentía mi erección palpitar contra
su vientre y la forma en la que mordía mis labios despertaba mis instintos
primitivos.
La tomé de las nalgas y la
levanté para llevarla al sofá de la sala. Ella se aferró a mí, restregando su
pelvis contra mi verga de forma frenética. Nos tumbé sobre el sofá y la seguí besando,
con mis manos recorriendo sobre su cuerpo a placer. Me separé de ella y le
quité los leggins sin mucho cuidado. Ella se mostraba más que solícita a mis
órdenes mudas. Me hinqué en el suelo y levanté sus piernas sobre mi cabeza para
rodearme el cuello con ellas. Rocé su piel con la punta de mi lengua,
acercándome peligrosamente a su tanga. La mordía y besaba. Ella se retorcía de
placer y me tomaba la cabeza para acercarme más a sus labios. Hice su tanga a
un lado y me lancé en picado contra mi objetivo, succionando, lamiendo y
mordiendo según mi apetito. Ella se retorcía contra mi rostro, empapándome
hasta hacerme escurrir. Nadé en la calidez de sus aguas, revitalizándome con su
néctar. Buscando ahogarme en él.
Sin aviso, desenrolló sus
piernas de mi cuello y se abalanzó sobre mí. Besándome con más furia que antes.
Por un momento me dio la impresión de que quería comerse mi lengua, pues la
succionaba y mordía con violencia. Era doloroso, pero hacía que sintiera la
picha a punto de estallar. Se incorporó y se quitó la blusa y el bra, revelando
unos senos pequeños de pezones rozados. Luego me quitó la playera, me
desabrochó el cinto y me quitó los pantalones junto con el bóxer en un
movimiento hábil y rápido. Tan pronto los hizo a un lado, se lanzó sobre mí.
El calor de su boca me
hacía pensar que me derretiría la verga. Su lengua era algo terrible,
devastador. Atentaba contra mi control y capacidad de resistencia. Fue entonces
que miré al techo y vi el espejo sobre nosotros. Una mueca se formó en mi rostro.
¿Cuántas personas pondrían un espejo en el techo de su sala? Lo común es que
estuviera en la alcoba, y eso si estuviéramos en un motel. Levanté la cabeza
para observar a mi anfitriona, que me devoraba sin percatarse de que mi
atención se centraba en otro asunto. Pero vamos, para qué pensar en eso.
Además, verla en cuatro con el culo empinado en el espejo era una vista
fenomenal. Miré mi reflejo y me dirigí una sonrisa y un guiño. Joder, siempre
había querido hacer eso y fue tan divertido como lo había imaginado.
Ella se puso de pie y se
disponía sentarse sobre mi polla. Reaccioné y le dije que esperara a que me
pusiera un condón. No me hizo caso, y antes de que bajara por completo, me
incorporé y gatee hasta mis pantalones, que se encontraban al otro lado de la
habitación. Ella corrió hacia mí y me arrebató los pantalones para buscar el
paquete de condones. Se veía molesta, como si la hubiera ofendido el que
quisiera ponerme un plástico. Me puso un pie en el hombro y me empujó,
haciéndome caer hacia atrás. Levanté la vista hacia su rostro y ella miraba al
espejo, pero no a un ángulo desde el cual se viera a ella misma o a mí, sino a
un punto alejado de la habitación.
Bajó la vista y me dirigió
una sonrisa que se me antojaba maléfica. La lujuria en su mirada me causó un
estremecimiento. Me ordenó que me levantara y se la chupara mientras abría el
paquete. Por sus muslos corrían hilillos de sus fluidos, lo cual me hizo salir
de mi estupefacción. Me incorporé tomándola por el culo y me arrimé su vagina a
la boca, lengüeteándola como gecko. Me tomó la cabeza con una mano y movía la
cintura adelante y atrás mientras mi lengua la penetraba. Me separó la cabeza
de su entrepierna y me dijo que me recostara. Entonces se puso de cuclillas
sobre mí y me puso el condón. Estaba listo para que me montara.
No perdió ni un segundo
tras ponerme el condón, para acomodarse, agarrarme el pito y zambullírselo en
la pepa mojada. Joder, parecía que quería estrangularlo. Estaba muy apretada y
se revolcaba como gata en celo. Me arañaba el pecho, me clavó los dientes en el
hombro. Nunca había cogido de forma tan salvaje como con ella. Estaba
encantado. Sentí un profundo e intenso agradecimiento con el universo por
haberme brindado esa oportunidad. Yo pasaba mi mano por sus nalgas, por la
cintura, el estómago, llegando a sus tetas, apretándolas y pellizcándole los
pezones. Entre más fuerte lo hacía, ella más se prendía.
Soporté cuanto pude para
no venirme. Ustedes habrían hecho lo mismo. El paquete de condones sólo traía
tres y no quería que el primero se gastara sin haberlo aprovechado al máximo.
Me deleitaba observando nuestras figuras desnudas en el espejo. Me sentía como
un dios al ver a una mujer así gozando con mi verga. Pero todo tiene un límite.
Y hasta un dios sucumbiría ante la tremenda cogida de una hembra como ella.
Estallé y hubo luz y
colores. El mundo era un lugar magnífico, especial. Todo era posible. Sí
existía tal cosa como la felicidad. Ella se sacudió con rabia cuando alcanzó el
orgasmo. Creí que me partiría el pito. Entonces se acercó a mí y me besó
lentamente. Estábamos empapados en sudor y su respiración comenzaba a hacerse
más profunda y lenta. Se separó un poco de mí y miró hacia el frente con una
sonrisa.
Me encontraba sumamente
relajado, pero aún tenía la verga dura y aún no estaba listo para terminar.
Cuando menos quería acabarme el paquete de condones, no dejar que ninguno se
desperdiciara. Ella seguía mirando hacia el frente con una sonrisa. Comenzó a
mover las caderas en círculos y a asentir. Era como si yo no existiera o sólo
fuera un objeto con el cual se estuviera masturbando. Eso sólo lo sueles ver en
las películas porno, pero cuando lo hacen, es porque miran a la cámara.
Un estremecimiento me dejó
helado. Me paralicé y ella lo notó. Bajó la vista y me puso las manos sobre los
hombros, presionándome contra el suelo sin dejar de moverse con mi pija dentro.
Me miraba a mí y al punto que observaba antes aleatoriamente. Entonces escuché
pasos de pies desnudos sobre el mosaico y supe que todo había valido madre.
Busqué en la mirada de la chica una respuesta a lo que estaba pasando, sin ser capaz de hablar por miedo a conocer la respuesta. “¿Qué está pasando?” Me
repetía en la cabeza una y otra vez, intentando exteriorizarlo, gritarlo.
Conforme los pasos se
acercaban más, ella agachó la cabeza y su cabello me cubría la vista. Sólo
podía ver su rostro y esos ojos que no se separaban de los míos. El negro de
sus pupilas irradiaba una intensidad que no había notado en ella. Era lujuria,
sí, pero había algo más. Algo que no me agradaba. De pronto los pasos se
detuvieron a centímetros de distancia de mi cabeza. Pude sentir la vibración en
el suelo y eso sólo contribuyó a empeorar mi pánico. Ella sonrió.
Se levantó lentamente. Yo
sabía que en cuanto se hubiese incorporado por completo, algo terrible pasaría.
Antes de que lo hiciera, cerré los ojos. No recé, pero fue algo parecido a
ello. Se podría decir que pedía un deseo. Uno en particular. No estar allí.
Abrí los ojos y me
encontré con un hombre que tenía una monstruosa erección. Estaba parado con sus
pies a los lados de mi cabeza, asomándose por sobre su pito para verme
directamente a los ojos. Cerré los párpados intentando no pensar en nada. Temía
llegar a cualquiera de las múltiples conclusiones que era capaz de imaginar.
Los abrí sólo para observar cómo el sujeto le entregaba un objeto largo y
metálico a la chica. Mis ojos siguieron la trayectoria del objeto. La mujer lo
sujetó con ambas manos de la empuñadura y la levantó por sobre su cabeza. El
frío del metal, la hoja haciendo contacto contra mi cuello, y el dolor
inimaginable, sólo duraron una fracción de segundo.
La maldita descargó un
machete contra mi cuello. Aún pude sentir el golpe de la hoja contra mi columna
vertebral. Y claro, los dos golpes siguientes que se encargaron de separar el
cráneo de mi cuerpo. Había leído que uno no muere inmediatamente después de que
le han cortado la cabeza. El cerebro sigue funcionando por cuestión de diez
segundos antes de que se apague. Diez segundos. Uno lo escucha todo. Lo ve
todo. Lo siente todo. Jamás pensé que algo así pudiera sucederme a mí. Y menos,
que pasara los últimos segundos de mi vida observando cómo un degenerado se
masturbaba y eyaculaba sobre mi cabeza cercenada.
Por John Reed