Es la mitad de la noche. La
habitación está en penumbras. Apenas alcanzo a distinguir el ventilador que
gira en el techo sin hacer el menor ruido. No recuerdo qué soñaba antes de despertar.
Intento recordarlo pero hay una terrorífica sensación que evita que me
concentre en ello. Cierro los ojos y respiro profundamente. Es esa misma sensación
la que me despertó y sobre la cual me niego a saber qué es lo que la ocasiona.
Espero no haberme orinado en la cama. Cuando era niña solía rezar antes de
dormir. Ahora rezo porque no sea lo que temo.
Tengo doce años, ya no estoy
en edad de mojar la cama, ¿por qué tendría que suceder ahora? Mamá va a estar
muy enojada si se entera de esto. La última vez que lo hice, el dolor en el
trasero por las tundas me duró por dos semanas. Cinco años desde mi último accidente. ¿Por qué
ahora?
Se siente frío y húmedo.
¡Dios, qué pena! Cuando froto mis piernas la sensación se hace más evidente.
Está pegostioso, como si ya se estuviera secando. ¿Cuánto tiempo habré estado
durmiendo sin darme cuenta? Esto definitivamente no es agradable. Tal vez
debería levantarme y cambiar las sábanas por unas limpias, sólo espero que mamá
no despierte y vea lo que hice. La puedo escuchar ahora mismo: “¿Otra vez,
Rebeca? ¿Otra vez te orinaste en la cama?” Y por supuesto, el lacerante
cinturón esperando golpear mi trasero hasta dejarlo tan rojo como la navidad.
Hago la sábana y la cobija a
un lado. Será peor una vez que esté seco, pero no quiero levantarme y ver mi
“chistecito”, como lo llamaría mamá. Supongo que no tiene sentido seguir
postergando lo inevitable. Me pongo de pie y camino hacia el interruptor
intentando no tropezar con el desorden que es mi habitación. Enciendo la luz arrepintiéndome de haberlo hecho. Mi cama parece la escena de un grotesco
crimen. Desearía haberme orinado…