lunes, 29 de octubre de 2012

El Buen Fin. Episodio tres, "¡Desquiciada liquidación de mercancía, aproveche ahora!"

Tercer episodio, "¡Desquiciada liquidación de mercancía, aproveche ahora!"


Mañana del 26/10/2012

Me despertó el espantoso silencio que colmaba a la ciudad. Eran apenas las 7 de la mañana y todo se encontraba en silencio. La mortecina luz blanca entraba por mi ventana, el cielo estaba gris y se podía oler la humedad en el aire. No sentía más sueño y tenía la mente clara. Traté de no pensar en nada, de mantener esa serenidad que acudía a mí en un día que resultaría espantoso. La apacibilidad que reinaba tanto en la casa como en las calles me causaba escalofríos. Quizás siempre sería así de ahora en adelante. Silencioso. Cerré los ojos. Comenzó el irregular golpeteo de las gotas de lluvia en la lámina que formaba un techo para el patio interior. Primero débil e indecisa, luego fuerte, se descargó la lluvia sobre Guanajuato. Por todas partes se lavaría la inmundicia, la sangre, la mierda que había por toda la ciudad. Lavaría a esos seres. Tomé el ipod y busqué al buen Ludwig Van, en momentos en los que me siento triste, esta pieza me salva el pellejo. Me coloqué los audífonos y subí el volumen al máximo. Me puse en pie, tomé un cigarrillo de la cajetilla, el encendedor y el hitter y me dirigí a la ventana. La lluvia caía rencorosa sobre la tierra. Llegaba hasta mi ventana y me mojaba los pies. Fumé, tres o cuatro veces, sintiendo mi cuerpo y mi mente relajóndose, dejándose pasear por la música como una fibra de polvo en el viento. Tomé el cigarrillo entre mis labios y lo encendí con una danzarina llama del encendedor, calé lento y profundo, dejando que el humo se paseara con delicadeza hasta mis pulmones, luego exhalé. Miraba el cielo gris, como el humo. Al estar observando la luz blanca supe que no sería un buen día. Fran abrió la ventana de su cuarto, que también daba al patio interior, me vio ahí donde estaba, ausente, meditabundo, señaló al cielo y decía algo muy alterado. Tardé un momento, pero me terminé quitando los audífonos.

-¿¡Escuchas eso, lo escuchas!?, preguntó excitado.
En efecto, en el cielo se escuchaba un espantoso ruido que ya había escuchado con anterioridad y que me hacía estremecer hasta los huesos. La primera vez que lo escuché fue en León, cuando vivía en el quinto piso de un edificio de apartamentos. Es difícil de explicar, suena como si una estructura metálica gigante se estuviera poniendo en movimiento. También como esa vez se me erizó la piel y se me llenaron los ojos de lágrimas. Nos mantuvimos en silencio hasta que el sonido desapareció por completo, para ello debieron pasar al menos quince minutos. Cuando terminé volteé a ver y Fran y me percaté de que tanto él como yo teníamos una expresión de desamparo en el rostro.

-Otra vez ese ruido... dije en voz baja.
¿Por qué se estará escuchan...

Fran no terminó de decir la frase cuando los gritos de una mujer llegaron a nuestros oídos. Tovar también los había escuchado y ya estaba viendo él por la ventana que daba al callejón. “¡Vamos para arriba!,” les dije. Salimos corriendo hacia la azotea lo más rápido que pudimos. Los gritos seguían escuchándose, provenían de la vecindad. En una de las partes altas y más alejadas de la vecindad, una mujer y su niña peleaban por contener una barricada que habían hecho en el acceso hacia su patio. Había tres consumidores tratando de hacerse paso hacia sus presas, y se podían ver a los demás caminando en su dirección. Hubo un momento, un leve vacileo en la señora al mirar a su hija que permitió que la defensa se rompiera y una de esas cosas la mordiera en el brazo. Los gritos de dolor de la señora, así como los gritos histéricos de la niña me perforaban los oídos. Estábamos ahí de pie, pegados a la reja observando, escuchando, sin poder hacer nada. La niña gritaba “mami, mami”, una y otra vez, y la madre gritaba de dolor mientras su brazo se desangrada y esa cosa se prensaba más y más, luego otro que la jaló y logró morderla en el hombro. Ya todo estaba perdido, no había nada que pudiéramos hacer. Tardó tan sólo un momento, unos minutos en que la señora había caído al suelo y se convulsionaba como histérica, los consumidores la dejaron en paz y buscaban entrar para comer ahora de la niña, ésta se mantenía en el suelo, de rodillas a un lado de su madre, llorando incontenible. De pronto cesaron las convulsiones, la señora se incorporó y se arrojó sobre la niña, mordiendo su cuello una y otra vez hasta que la criatura dejó de moverse. No hace falta decir que ninguno de los tres tenía algo por decir. La escena había sido desastrosa para nuestros ánimos. Cuando la madre y la niña se pusieron en pie y comenzaron a rondar como el resto de los consumidores, bajamos la mirada y nos dirigimos al comedor. El espectáculo había terminado.

-Ahora es cuando tenemos qué decidir qué hacer, les dije, tanto con los cuerpos de Carlos y Geraldine y sobre si nos quedamos aquí o nos movemos.
-Creo que deberíamos quedarnos aquí, dijo Fran.
-¿Pero cómo quedarnos aquí?, preguntó Tovar, yo tengo que ir a Celaya, saber si mi mamá y mi familia se encuentran bien.
-Tovar, ya viste lo que pasó allá afuera, si eso está sucediendo aquí, puedes estar seguro de que está sucediendo en otras partes. ¿Y cómo es que piensas llegar a Celaya con toda la ciudad infestada por esas cosas? Tan sólo te encontrarías en un grave problema llegando a la calle principal.
Fran miraba con severidad a Tovar, éste bajó la mirada y calló.
-Digo que nos quedemos aquí, creo que con la comida que tenemos podemos durar unos días más. Después podríamos ir a conseguir comida a las tiendas que están en el otro callejón, al menos hasta que nos mentalicemos por completo de la situación, terminó por decir Fran.
-Creo que es lo mejor, no podemos arriesgarnos a salir por nuestra cuenta sin antes estar preparados para lo que vamos a hacer. Tenemos que ser conscientes o de lo contrario moriremos. ¿Tú crees que no nos gustaría saber si nuestra familia está bien? Pero ese no es un lujo del cual podamos disfrutar ahora. Los teléfonos están muertos, el internet no parece funcionar, afortunadamente aún hay luz y agua, por lo cual no sufriremos del todo hasta que todo se paralice. Y tenemos que llevar los cuerpos al cuarto de arriba, creo que será mejor utilizar su cuarto como punto para echar ojo al callejón. Supongo que lo haremos Fran y yo. Si quieres puedes regresar a la cama, Tovar, por ahora no hay nada qué hacer. ¿Me ayudas, Fran?

Dejamos a Tovar en el comedor. Llegamos al cuarto de Geral y Carlos, olía espantoso. Nos decidimos a cubir primero a Geral, Fran la tomó por las piernas y yo por los brazos. No creo que podré olvidar sentir su cuerpo tan pesado y laxo, balanceándose de un lado a otro a medida que avanzábamos por la estrecha escalera metálica que lleva a la azotea. La puerta se encontraba abierta. Antes de que esto pasara, recuerdo que tenían pensado irse a vivir a ese cuarto; Geral tenía pensado diseñarlo a su gusto por parte de una tarea de la escuela. La dejamos a la mitad de la habitación, con las manos sobre el estómago y los ojos cerrados. Ahora a traer a carlos. Lo tomamos en la misma forma que a Gera, Fran tomando las piernas y yo los brazos, podía observar la herida en su ojo tan sólo bajar la mirada. El trayecto al otro cuarto fue todo un suplicio. Los acomodamos uno al lado del otro en la misma posición y los cubrimos con una manta. Nos dejamos caer en el suelo, recargándonos en la pared. Exhaustos. No pudimos evitar llorar al sentir por completo el peso de nuestra realidad.