lunes, 25 de junio de 2012

De cuando no hacemos caso a las indicaciones de mamá


El sol golpea su rostro con ferocidad, despertándola del letargo en el que se encuentra. Abre los ojos que reciben, como punzadas, los rayos del astro. Con los brazos intenta bloquear la luz y percibir mejor. Una vez que sus ojos se van acostumbrando con cada parpadeo a la luminosidad, observa que su piel es cubierta por miles de granos. Asombrada y con los ojos entornados, se incorpora y pone en pie, recorriendo con la vista desde sus manos hasta sus hombros, pasando por su torso y piernas. Pasea sus manos sobre su cuerpo, atónita por el fenómeno que la acontece. Una ligera jaqueca comienza a emerger muy desde el fondo de su cabeza a creciente velocidad, nublándole el pensamiento. Da unos pasos inseguros haciendo equilibrio con los brazos, tratando de no caer sobre el suelo. Una mueca de sufrimiento se forma en su rostro. Cierra los ojos, apretando los párpados con fuerza.

Lleva sus manos a su enmarañado cabello negro, sintiendo como si cada uno de ellos le causara profundas punzadas de dolor. Gime y sacude la cabeza con fuerza, intentando apartar el tormento. Cierra los puños capturando grandes mechones del sucio pelo, que se desprenden con gran facilidad apenas da un pequeño tirón de ellos. Nota cómo se quedan prendidos de sus manos y abre los ojos para observar con terror cómo su cabellera se desprende lentamente. La desesperación se inyecta en sus ojos al ver cómo sus greñas continúan cayendo sin que pueda hacer nada para evitarlo.

Se hinca, juntando el pelo que tiene ante sí, con sus manos. Las lágrimas comienzan a correr por sus hundidas mejillas como un caudal. De pronto se ve invadida por oleadas de calor y de frío que recorren en totalidad su cuerpo desnudo, partiendo de la nuca, llegando a la punta de las extremidades. Se retuerce y estruja el cuerpo, abrazando su torso para intentar serenar la desquiciante sensación. Su piel exuda un agrio sudor que la cubre como el rocío matinal. La dermis comienza a arderle y a causarle inmenso escozor a lo largo de su esquelético ser. Se tira sobre la tierra, dando vueltas, doblando sus piernas y contrayendo sus brazos hacia su pecho que ahora parece querer estallar desde el interior. Comienza a gritar con desenfreno, el suplicio torna insoportable, le corroe la mente. Se encuentra tumbada boca abajo, arrastrándose por sobre las piedras y tierra, causándose dolor; lo que sea que aleje ese terrible sentir que le exprime los sentidos. Llora desconsolada sobre la suciedad, babeando; su rostro se ve deformado con una mueca que le desencaja la quijada. Cierra los puños y comienza a golpear el suelo con todas las fuerzas que su desnutrido y famélico cuerpo le permiten; asiéndolo así también con su recién calva cabeza, que retumba con cada impacto contra el empedrado suelo.

Una nueva oleada de lacerante dolor golpea su pecho. Gira, quedando con la vista al cielo. El sol la observa desde lo alto. Su pecho se hincha y desciende a gran velocidad. Clava sus largas uñas en su cuero cabelludo, desgarrando hasta traer consigo carne y sangre. El suplicio no se detiene. Del salpullido comienzan a salir gruesos vellos, como espinas; abren sus poros, rasgando su tierna piel. Su cuerpo se ve cubierto por pequeños puntos ensangrentados.

Se levanta y comienza a caminar con torpeza, llevando sus manos a la cabeza. La siente próxima a estallar, como si alguien estuviera provocando una inmensa presión sobre ella. Su garganta se encuentra cerrada, no puede gritar ni lanzar gemido alguno. Mira al sol que la penetra muy hondo, hasta su interior. Se siente desfallecer, las púas que han salido de su piel comienzan a crecer, volviéndose más gruesas, abriendo más la carne. Sus mismas manos se vuelven más raquíticas y se ven cubiertas por las afiladas astillas. Ya no puede tocarse por temor a herirse con las púas. Las espinas crecen a velocidad alarmante. Largas y puntiagudas. De ellas comienza a brotar un oscuro y ligero vello, más parecido a un plumaje.

La chica cae de rodillas, apoyando las manos contra el suelo, respirando aceleradamente con la boca. Los párpados firmemente cerrados. Se siente desfallecer. Su quijada se desencaja con movimientos involuntarios hasta que finalmente se fractura y sale de su sitio. Comienza a ahogarse, algo grande sube por su garganta, se le puede ver ascendiendo con lenta decisión. La chica lleva las manos a su cuello, el aire falta a sus pulmones y no puede entrar a causa de la obstrucción. Finalmente algo comienza a salir por su boca abierta, un pico duro y afilado, saliendo más y más hasta que pasa a ocupar el lugar de la boca. Se abre un poco y lanza un ligero graznido, apenas audible. La piel de su rostro comienza a abrirse, no pudiendo soportar más la tensión. Sus raquíticos brazos muestran un plumaje parecido al de las aves recién nacidas, fresco y cubierto por sangre. Lleva sus manos, que apenas puede decirse que fueran las de un humano, al estómago y comienza a jalar la piel que se desprende a tirones, descubriendo debajo de ésta más del plumaje que por todo su cuerpo crece. Los pies se han ido deformando con el paso de la transformación que sufre hasta volverse unas garras filosas. Suben y bajan en desenfrenado pataleo.

La inmensa ave se encuentra tirada en el suelo, retorciéndose aún, quizás de intenso dolor. Lanza un graznido al aire, luego otro aún más fuerte. Se intenta poner en pie, sacudiéndose los tirones de piel que siguen adheridos a su plumaje, perdiendo el equilibrio y golpeándose contra uno de los muros cercanos en pleno rostro. Alza el pico y observa la salida del inmenso hueco donde se encuentra. Sus ojos, grandes y profundos, posan su vista en las alturas. Bate las alas que ya se han desarrollado por completo, en un primer intento por quitarse el entumecimiento de su nuevo cuerpo. Gira el cuello a un lado y a otro, observando su entorno. No ve más salida que la que se encuentra metros arriba.

Con un fuerte batir se lanza hacia el muro, elevándose con velocidad, ayudándose con las garras para intentar subir. Sus garras tiran consigo un par de rocas y cae sobre su espalda, graznando desesperada. Se incorpora balanceándose a un lado y a otro con ayuda de sus alas. Vuelve a mirar la alta pared que se impone frente a ella y se precipita nuevamente a subirla. Sus alas y garras comienzan a tomar fuerza, permitiendo alzarse más con el aleteo y prenderse mejor a las paredes. Grazna incontrolablemente en su ascenso a la libertad. Mueve sus alas tan velozmente como puede, creando una fuerte corriente de aire. Ya está casi afuera, su pico asoma al exterior y se engancha al suelo para no permitir la caída. Con desespero aspira el aire fresco, intentando hacer un último esfuerzo. El pico se va clavando cada vez más hacia el exterior, su cabeza y la mitad del cuerpo ya se asoman imponentes sobre el suelo. Al fin sale de su encierro y se queda así tumbada pecho abajo, inspeccionando su alrededor con cautela, a la espera. Sus grandes ojos negros reflejando el brillo del sol, pendiente a su designio.

Se levanta y contrae sus grandes alas; gira su cabeza de un lado a otro observando a la gente que se acerca estupefacta a observarla mejor. Una ligera multitud de sorprendidos pobladores comienza a formarse a una distancia considerable de la oscura ave. Ésta da grandes brincos hacia el frente, buscando alejarse de su vieja prisión. Un niño pequeño y famélico que se encontraba sujetando un laso en la persecución de un canino, se acerca a ella despreocupadamente, invadido por la curiosidad brindada al ver la inmensa creatura que ha surgido del basurero, al centro de la plaza. Con pasos tímidos se posa frente al ave, que lanza un graznido, eleva el pico y lo descarga furiosa sobre el rostro del chiquillo cuando vio la cuerda que el niño sujetaba con ambas manos. La gente espantada y enfurecida se lanza contra el ave, golpeándola con puños, otros arrojando piedras. Dos hombres que observaban la escena se lanzaron a detener el cuello del ave, evitando que lo descargara sobre alguien más. Una señora, grande y obesa corre al interior de una vivienda, saliendo de nuevo con un gran y filoso cuchillo entre manos. Los hombres forcejeaban con la criatura con todas sus fuerzas, lanzando gritos para llamar más gente en su auxilio. La obesa mujer se acerca al ave, mirando sus profundos ojos tristes antes de pasar el cuchillo por sobre el cuello de la misma, cortando su piel. El ave se sacude frenética intentando liberarse de la muerte que se avecina. Pero nada hay que pueda hacer para evitar el abundante sangrado que corre por la herida.

Los hombres la sueltan viéndola aletear torpemente, desorientada por la falta de sangre. La inmensa criatura cae al suelo, abriendo y cerrando el pico sin emitir ningún sonido más que el de la sangre que burbujea y brota de su cuello. Todos esperan en silencio hasta que el ave deja de moverse, incapaz de salvarse a sí misma. La mujer que antes mató al ave, toma en brazos al niño que yacía en el suelo. Su cráneo había sido perforado por el ataque; su cuerpo lánguido, suelto, ha perdido la vida. La mujer camina hasta la orilla del hoyo y deja caer al infante en su interior. Nada más había por hacer. Voltea a donde se encuentra el ave y se abalanza sobre ésta. La multitud imita a la mujer, arrancando las plumas del animal con desenfreno. Por aquí y por allá se podían observar las plumas del animal volando. Luego con las manos y uñas comenzaban a rasgar su piel, arrancando y cercenando sus extremidades. Con bestialidad, mordían y arrancaban la piel del animal, tragándola con enfermizas ansias. Como aves de carroña, devoraron a la criatura hasta dejarla en los huesos. Un río de sangre corría hasta la orilla del inmenso hueco de donde salió el ave al fin liberada, escurriendo y goteando hasta el fondo, empapando el cuerpo del niño que había fallecido, víctima de la curiosidad. Así dejaron los restos del animal en la plaza. Luego todos volvieron a su rutina como si nada hubiese sucedido.

El viento comenzó a soplar fuerte, trayendo consigo grandes nubes cargadas de agua. Una ligera llovizna cae sobre el pueblo, lavando la sangre del cadáver. La gente corre a sus casas para evitar mojarse, quedando la plaza al fin vacía. En las lejanías, perdida entre el bosque de los cerros, una anciana miraba la escena pendiente a cada detalle. Mueve su cabeza de un lado a otro en negación, decepcionada. Ni el mismo sol pudo ayudar a esa desdichada alma.