Capítulo
I
Día
1
25/10/2012
Pienso
que llevar una bitácora sobre lo sucedido me ayudará a mantener la
mente clara. Que con poder contar lo sucedido lo vaya asimilando con
mayor sencillez. Porque... si no lo logro... estoy seguro de que
perderé la cabeza. Tal vez sea inútil, pero debo mantener un
registro de esto. No sé para quién, o si alguna vez alguien lo
llegará a leer, pero he decidido no pensar en eso, sea como sea, no
quiero que mi vida quede sin constancia alguna. Y menos cuando el
final se avecina, cuando repta fuera de nuestro hogar, esperando el
momento en que caigas en sus fauces y entonces todo termine. Si tan
sólo fuera así...
Eran
aproximadamente las once de la noche del día anterior. Me encontraba
en pijama, tirado en la cama con un cansancio terrible. Había fumado
mucha marihuana y me había abatido por completo. Tenía el ipod a un
lado con los audífonos conectados, reproduciendo algo al azar. No le
prestaba atención. Tovar, mi compañero de cuarto, ya se encontraba
dormido y roncando ruidosamente. Además de mi música, llegaba a
mis oídos la música que tenían Geraldine y Carlos en su cuarto.
Sonaba violenta, animada. Aunque un resorte del colchón se me
clavaba en la espalda, y a cada momento era más insoportable la
molestia, seguía sin cambiar de posición. Un grito se escuchó
fuera de la casa. Pensarán que eso era extraño, pero viviendo
frente a una vecindad donde toda la gente se comunica a gritos,
escuchar algo así formaba parte de lo cotidiano. Luego el sonido de
la puerta principal cerrándose con violencia, pasos rápidos
subiendo por la escalera, la música liberada, descargando toda su
fuerza, escapando por la puerta abierta del cuarto de Geraldine,
luego un portazo. La música sofocada.
Estaba
helado, preguntándome qué diablos había pasado. Apagué mi ipod
para poder escuchar mejor. Trataba de decidirme sobre ir preguntar si
todo estaba bien. Luego la música se detuvo por completo, se abrió
la puerta y escuché a Geraldine que decía algo en un tono de voz
alterado, nervioso, algo como: “es que no se detiene, ya voy, ya
voy”; se dirigió al baño e hizo algo allí; Carlos se quejaba con
fuerza; Geraldine que regresa al cuarto creando un silencio
abominable.
Estaba
completamente desconcertado. “Fran”, susurré. “Mande”, me
susurró de vuelta. Fran habita en el cuarto contiguo al mío, pero
sólo una puerta falsa separa nuestros cuartos y podemos escucharnos
con claridad.
-¿Escuchaste
eso?, pregunté.
-Sí,
¿qué crees que haya pasado, sonaba a que estaban peleando o algo
así, no?
-Sí,
pero quién sabe qué pasó, ahora ya ni se escucha nada.
-¿Crees
que debiéramos ir a preguntarles qué pasó?
-Sí,
mejor vamos.
Me
puse de pie y me calcé las chanclas. Tovar seguía roncando, al
parecer este muchacho no se despierta con nada. Pasé por su
habitación y abrí la puerta tratando de hacer el menor ruido
posible. Caminé hacia la puerta de Geraldine, Fran llegaba también.
Hicimos una seña con la vista y toqué tres veces a la puerta. Se
escucharon unos pasos y Geraldine abrió la puerta. Estaba alterada.
-¿Todo
bien?, pregunté.
-Mmm...
sí, nomás que pasó algo, ahorita les cuento, ¿está bien?
-Sí,
dijimos Fran y yo.
-Compré
un six de cervezas, pero creo que ya no nos lo tomaremos, dáselos,
Gera.- dijo Carlos, que parecía estar acostado sobre la cama. Su
habitación se encontraba en penumbra.
Geraldine
tomó la bolsa con las cervezas y nos las entregó, luego nos hizo
una seña como de ahorita hablamos y cerró la puerta. Fran y yo, con
cervezas en mano, decidimos bajar a beberlas.
-No
mames, ¿qué crees que haya pasado?, pregunté un tanto emocionado.
-No
sé, ¿pero escuchaste el grito que se escuchó en el callejón antes
de que entrara en la casa?, quién sabe qué habrá pasado... dijo Fran, abriendo su cerveza.
En
eso bajó Gera y se sentó en una silla entre Fran y yo. Me preguntó
si tenía un cigarro, se los pasé y le ayudé a encenderlo. Tras
exhalar la primera bocanada de humo, nos miró a ambos, bajó la
mirada y volvió a calar el cigarro.
-Un
morrito de la vecindad mordió a Carlos en el brazo, y bien culero...
dijo Gera.
-¿Pero
cómo estuvo el pedo, neta lo mordió?, pregunté.
-Pues
sí, dijo Charlie que venía subiendo con la bolsa en la mano, y que
al llegar a la entrada al callejón vio a un niño fuera de la reja
de la vecindad que estaba cerrada. Y que él siguió subiendo, y que
cuando estaba cerca del niño, éste se le lanzó y lo mordió en el
brazo, Charlie lo golpeó y el niño se quedó tirado en el suelo. Ya
luego entró, pero sí, no mames, tiene una mordida bien culera,
incluso sangró un chingo. Tengo toda la colcha llena de sangre.
Mañana en la mañana iremos al hospital.
Fran
y yo nos manteníamos en silencio. Creo que no teníamos nada que
decir.
-Pues
si quieren que mañana los acompañemos, nos dices, ¿vale?, dijo
Fran.
-Sí,
gracias. Bueno, volveré arriba, buenas noches.
-Buenas
noches, que descansen, respondimos a coro.
La
escuchamos subir las escaleras y entrar en su habitación. Luego nos
miramos con ganas incontenibles de hablar al respecto.
-Una
mordida... ¿no crees que eso es un tanto extraño, incluso para los
niños del callejón?, dijo Fran con una sonrisa en el rostro.
-Sí,
me parece muy extraño, y creo que podremos divertirnos haciendo
especulaciones absurdas al respecto, ya que, bueno, una mordida dada
con gran fuerza como para hacerte sangrar, y dada por un niño, es
algo muy interesante., dije emocionado.
-No
mames, imagínate que fuera un zombie... dijo Fran.
-Estaría
bien cabrón, además, imagínate que esa madre hubiera comenzado en
la vecindad.
-Sí,
con todos convertidos en zombies.
-No
me imagino cómo andaría la viejita en caso de que se convirtiera en
zombie, jaja, creo que sería de las primeras en morir, reímos.
Continuamos
hablando un rato más hasta que se terminaron las cervezas. Fran
había conseguido un programa de computadora en el cual podríamos
hacer animaciones diversas. La idea nos emocionaba, poder hacer
tonterías con nuestra imaginación, quizás hasta crear un nuevo
movimiento artístico. Las posibilidades eran ilimitadas. Recogimos
la basura y marchamos a dormir. Yo llegué a mi cuarto y me puse los
audífonos, dejando correr todo el Dark side of the moon, de Pink
Floyd.
Cuando
desperté era ya de día, las cortinas contenían al malévolo sol que
quería quemarlo todo. Revisé la hora en el ipod y la sorpresa que
me llevé al ver que era la una de la tarde. Demonios, no podía
evitarlo, terminaba durmiéndome muy tarde y despertando siempre a la
mitad del día. Ni modo. Me quité los audífonos y me calcé las
chanclas. Necesitaba orinar con urgencia. Tovar estaba sentado sobre
su cama, haciendo lo que suponía una piñata, lo saludé y corrí
hacia el baño. Tras salir, me encontré con Fran, que acababa de
llegar de la escuela. Regresé a mi cuarto y me puse un pantalón
para bajar a comer. Tomé la computadora y bajé. Fran bajó al poco
rato. Comimos juntos. Encendimos un cigarrillo y platicamos sobre la
noche anterior y me comentó que él no los había escuchado salir de
su cuarto en todo el día. Decidimos ir a preguntar qué sucedía.
Estábamos
frente a su puerta, sin decidirnos a tocar. Dentro se escuchaba
movimiento, alguien caminaba de un lado a otro de la habitación y
jadeaba pausadamente. Fran y yo nos miramos con preocupación. Toqué
y abrí la puerta. Carlos, llamé, y lo vi caminando, encorvado,
volteando lentamente a verme. Tenía sangre al rededor de la boca y
sobre la playera que usaba. Nos miraba fijamente a Fran y a mí con
los ojos en blanco. Volteé hacia su cama y Geraldine estaba tendida
con una horrible herida en el cuello, había mucha sangre y no se
movía, de pronto Carlos se precipitó hacia nosotros con la boca
abierta y llena de sangre, sin conciencia aparente. Mi única
reacción fue gritar y cerrar la puerta lo más pronto que pude.
Dentro se escuchaba a Carlos golpear la puerta, pero sin tocar la
perilla o intentarla abrir siquiera. Fran y yo estábamos aterrados,
tirando de la perilla en caso de que quisiera abrir la puerta. Salió
tovar y nos preguntó que qué pasaba. Fran le contó lo sucedido y
entonces caimos en cuenta de que estábamos en un terrible aprieto.
Los tres nos encontrábamos aterrorizados y sin saber qué hacer. Una
idea circulaba por mi mente, y seguro que Fran también pensaba lo
mismo. Pero suponer que algo así era real, que estaba sucediendo,
parecía perder los estribos con la cordura. Tras un rato en que los
tres nos encontrábamos en silencio, absortos en nuestros propios
pensamientos, Carlos dejó de batallar con la puerta y pareció
ponerse a deambular una vez más por su habitación. Entonces bajamos
y nos mantuvimos en silencio, sentados al rededor de la mesa con la
cabeza a punto de explotar.