miércoles, 6 de junio de 2012

De gravedad y caída (De Sofía y Rogelio)

Con la mirada perdida esperas paciente. Has olvidado traer siquiera un libro para ahuyentar el aburrimiento, para distraer el pensamiento. Tu párpado izquierdo tiembla nervioso, lo frotas con el dorso de la mano. De tu bolso sacas un pequeño espejo para observarte en él. Notas lo cansada que te ves. La falta de sueño te ha dibujado unas horrendas ojeras. Ya no sonríes como lo hacías un mes atrás, cuando ignorabas la tormenta que se avecinaba. Ahora eres solo una chiquilla tomando decisiones de adulto.

La sala de espera se encuentra vacía. Eres la única paciente de la tarde. Es mejor así, no tendrás que cruzar palabra con nadie. Tal vez debiste llamarlo para que te acompañara, pero eso requeriría de largas explicaciones, quizás discutirían y él se negaría a hacerlo, te pediría que esperaras hasta haberlo pensado con detenimiento. Por eso es mejor así. Con solo verlo se caería tu teatro.

Flexionas tus piernas subiéndolas a la silla y recargas tu frente en las rodillas; los brazos cuelgan lánguidos. Tu negra cabellera te priva de la blanca y estéril luz de la habitación. Tu cita no sería sino hasta dentro de una hora, ¿Por qué viniste antes sabiendo que tendrías que esperar? Levantas la mirada para inspeccionar los objetos a tu al rededor. Lo olvidabas, sin tus lentes no ves nada. Buscas en tu bolso el par de anteojos y encuentras las pastillas tranquilizadoras que robaste a tu madre. Ahora caerían de maravilla. Das con los lentes y te los pones. Expulsas un largo suspiro. Te pones de pie y caminas al dispensador de agua. Tomas un cono de papel y lo llenas con agua fría casi hasta el borde. Lo miras por largo rato con la mente en blanco. Cierras el puño con fuerza, sintiendo el agua helada correr por tu mano. Tus facciones se endurecen en rabia espontánea, golpeas la pared con todas tus fuerzas. Tus nudillos tiemblan adoloridos. Las lágrimas fluyen enseguida. La soledad te abofetea con crueldad, te desarma rompiendo en llanto.

Estás tumbada en el suelo, lloras desconsolada. Las lágrimas empapan tus rojas mejillas, no hay quien te abrace y te diga que todo estará bien. Quisieras que Rogelio estuviese ahí para ti; que te tranquilice como cuando te daban tus ataques de ansiedad y atacabas tus muñecas sin piedad. Entonces el corría por las vendas y el alcohol; besando tus heridas y ahuyentando el dolor. Siempre estaba ahí cuando lo necesitabas. Pero ahora solo la soledad te acompaña.

La enfermera se hace presente, pregunta si todo se encuentra en orden. Recobras la compostura, no sin esfuerzo. Secas las lágrimas y te pones de pie entre sollozos que no se detienen. Ella te mira con curiosidad, sabe que podrías dudar y dar marcha atrás. Pero para ti ya no existe el retorno, ya te has arrojado al precipicio. La caída es ya inminente.

Vuelves a tu asiento, sacas tu ipod y te pierdes en el blues. Dejas que el vacío te consuma por dentro. Por fin llega la hora, la enfermera te hace señas con los brazos. Ha llegado tu turno, el doctor espera. No sabías si confiar en él, recomendado por una conocida de la universidad. Cuatro mil, el precio de un descuido.

Retiras los audífonos de tus oídos y respiras profundamente. Ya no hay vuelta atrás, el vértigo te envuelve. Pasas por detrás del mostrador hacia otra habitación. La enfermera te pide que te desnudes y te deja sola. Lo haces despacio. A cada prenda retirada, un recuerdo de las caricias de Rogelio. Un nudo se forma en tu garganta, quisieras llorar, gritar como desquiciada. Pero no viniste a hacer dramas, el servicio ya está pagado. Finalmente, te pones una ligera bata blanca. Ascética, como la luz que te cubre, como tu láctea piel. Te sientas en la camilla donde acomodaste tu ropa. Con tus dedos repasas la suavidad de tus muslos, recordando a Rogelio jugar con su rostro entre ellos, ladrando como cachorro y mordiéndolos juguetonamente. Sonríes.


La enfermera entra y pregunta si estás lista. Asientes a nadie. De tus labios escapa un "Goodbye, ruby tuesday".