Con la mirada perdida esperas paciente. Has olvidado traer siquiera un
libro para ahuyentar el aburrimiento, para distraer el pensamiento. Tu párpado
izquierdo tiembla nervioso, lo frotas con el dorso de la mano. De tu bolso sacas
un pequeño espejo para observarte en él. Notas lo cansada que te ves. La falta
de sueño te ha dibujado unas horrendas ojeras. Ya no sonríes como lo hacías un
mes atrás, cuando ignorabas la tormenta que se avecinaba. Ahora eres solo una
chiquilla tomando decisiones de adulto.
La sala de espera se encuentra vacía. Eres la única paciente de la tarde.
Es mejor así, no tendrás que cruzar palabra con nadie. Tal vez debiste llamarlo
para que te acompañara, pero eso requeriría de largas explicaciones, quizás discutirían
y él se negaría a hacerlo, te pediría que esperaras hasta haberlo pensado con
detenimiento. Por eso es mejor así. Con solo verlo se caería tu teatro.
Flexionas tus piernas subiéndolas a la silla y recargas tu frente en las
rodillas; los brazos cuelgan lánguidos. Tu negra cabellera te priva de la
blanca y estéril luz de la habitación. Tu cita no sería sino hasta dentro de
una hora, ¿Por qué viniste antes sabiendo que tendrías que esperar? Levantas la
mirada para inspeccionar los objetos a tu al rededor. Lo olvidabas, sin tus
lentes no ves nada. Buscas en tu bolso el par de anteojos y encuentras las
pastillas tranquilizadoras que robaste a tu madre. Ahora caerían de maravilla.
Das con los lentes y te los pones. Expulsas un largo suspiro. Te pones de pie y
caminas al dispensador de agua. Tomas un cono de papel y lo llenas con agua
fría casi hasta el borde. Lo miras por largo rato con la mente en blanco.
Cierras el puño con fuerza, sintiendo el agua helada correr por tu mano. Tus
facciones se endurecen en rabia espontánea, golpeas la pared con todas tus
fuerzas. Tus nudillos tiemblan adoloridos. Las lágrimas fluyen enseguida. La
soledad te abofetea con crueldad, te desarma rompiendo en llanto.
Estás tumbada en el suelo, lloras desconsolada. Las lágrimas empapan tus
rojas mejillas, no hay quien te abrace y te diga que todo estará bien.
Quisieras que Rogelio estuviese ahí para ti; que te tranquilice como cuando te
daban tus ataques de ansiedad y atacabas tus muñecas sin piedad. Entonces el
corría por las vendas y el alcohol; besando tus heridas y ahuyentando el dolor.
Siempre estaba ahí cuando lo necesitabas. Pero ahora solo la soledad te
acompaña.
La enfermera se hace presente, pregunta si todo se encuentra en orden.
Recobras la compostura, no sin esfuerzo. Secas las lágrimas y te pones de pie
entre sollozos que no se detienen. Ella te mira con curiosidad, sabe que
podrías dudar y dar marcha atrás. Pero para ti ya no existe el retorno, ya te
has arrojado al precipicio. La caída es ya inminente.
Vuelves a tu asiento, sacas tu ipod y te pierdes en el blues. Dejas que el vacío te consuma por
dentro. Por fin llega la hora, la enfermera te hace señas con los brazos. Ha
llegado tu turno, el doctor espera. No sabías si confiar en él, recomendado por
una conocida de la universidad. Cuatro mil, el precio de un descuido.
Retiras los audífonos de tus oídos y respiras profundamente. Ya no hay
vuelta atrás, el vértigo te envuelve. Pasas por detrás del mostrador hacia otra
habitación. La enfermera te pide que te desnudes y te deja sola. Lo haces
despacio. A cada prenda retirada, un recuerdo de las caricias de Rogelio. Un
nudo se forma en tu garganta, quisieras llorar, gritar como desquiciada. Pero
no viniste a hacer dramas, el servicio ya está pagado. Finalmente, te pones una
ligera bata blanca. Ascética, como la luz que te cubre, como tu láctea piel. Te
sientas en la camilla donde acomodaste tu ropa. Con tus dedos repasas la
suavidad de tus muslos, recordando a Rogelio jugar con su rostro entre ellos,
ladrando como cachorro y mordiéndolos juguetonamente. Sonríes.
La enfermera entra y pregunta si estás lista. Asientes a
nadie. De tus labios escapa un "Goodbye, ruby tuesday".