lunes, 11 de julio de 2016

Niño detective



Desde que era pequeño me gustaba encontrar cosas. Ya fuera algo que mi madre o mis hermanos mayores hubieran perdido, yo estaba listo a resolver el misterio de la desaparición de dicho objeto. Dado que mis padres trabajaban gran parte del día, y de que mi hermano y mi hermana me llevan cinco y diez años respectivamente, contaba con plena libertad para ocupar mis tardes en las pequeñas actividades que me traían desasosiego y un sentido de realización. Encontrar objetos perdidos era una de esas actividades, y la que se me daba mejor. Nunca faltaba que surgiera algún misterio por resolver.

En una ocasión mi padre no encontraba el disco número dos de Grandes Éxitos de Queen que había quedado de prestarle a un amigo suyo. Mi padre dijo que no tuvo tiempo para guardar el disco en su caja, así que lo guardó en la caja de otra banda. El problema era que ya había pasado una semana desde entonces y no recordaba el nombre del grupo. ¿Led Zeppelin?, ¿tal vez los Rolling Stones? Vaya lío, ese disco de Queen contiene la canción Crazy Little Thing Called Love que tanto me gustaba escuchar pretendiendo que una escoba era mi guitarra eléctrica. No podía dejar que las cosas se quedaran así.

Comencé revisando las cajas que se encontraban sobre el estéreo y a un lado de las bocinas, y no lo encontré. Acto seguido, abrí las puertas del mueble donde se encontraba el estéreo, y me topé con el centellar de cajas de discos que tenía mi papá. Entonces recordé que la señora que nos ayudaba con el aseo había sacado todo del mueble para limpiarlo a profundidad tan sólo un par de días atrás. Cualquiera de esas cajas podía contener el disco.

Sin duda me llevaría mucho tiempo encontrarlo, pero siendo el niño de ocho años que era,  tiempo era lo que había de sobra. Debí tardar tres horas en revisar caja por caja hasta que el mueble estuvo vacío. Y ahí estaba yo. Sentado con las piernas cruzadas entre edificios musicales, sintiendo la frustración acumularse en mi infantil y pequeño ser. Mientras buscaba a la Reina encontré muchos discos en cajas a las que no pertenecían, así me di a la tarea de evitar confusiones y problemas futuros y poner orden al caos que tenía mi familia con la música. Finalmente guardé los discos en el mueble y cerré sus puertas lleno de coraje.

Ese era mi disco favorito. Alguien tuvo que haberlo tomado y no lo devolvió a su sitio, alguien después de mi papá. Me rendí, pensé en decirle a mi papá que había fallado, que no sería capaz de encontrar a la Reina. En mi derrota, decidí que lo mejor que podría hacer era escuchar algo de música para levantarme el ánimo. Encendí el estéreo y éste comenzó a reproducir el disco en su interior. Podrán imaginar mi sorpresa cuando escuché la voz de Freddie Mercury decir “It´s a kind of magic…” Todo ese tiempo el disco estuvo dentro del estéreo. Recuerdo haberme sentido como un idiota al no haber buscado primero ahí, pero los testimonios e indicios no apuntaban a que ahí se encontrara. Sin embargo, encontré el disco y el misterio se resolvió.

Hubo una lección en particular que aprendí siendo niño, y me la brindó un escurridizo roedor que había decidido cohabitar con mi familia sin nuestro consentimiento. Era una tarde de vacaciones decembrinas y me sentí de ánimos para ver Fantasía, de Disney. Tendría que haberla visto ya cientos de veces, pero nunca dejaba de encantarme. Abrí el cajón donde guardaba mis películas y encontré heces de ratón. Y no sólo eso, el roedor había mordido algunas de las cajas y arruinado las portadas de mis preciados tesoros, incluida la de mi documental sobre tornados de Discovery Channel. Estaba furioso.

Le comenté a mi madre del hallazgo y ella me encomendó la tarea de colocar las trampas. Me recomendó distribuirlas por toda la planta baja de la casa, pero yo sabía que lo primero que tenía que hacer era buscar más indicios de dónde pasaba el tiempo el ratón, por dónde es que se movía cuando no había nadie que lo viera. Así fue que encontré un rastro que iba desde la cocina, pasando por el comedor, hasta el estudio, donde guardaba mis películas. Fue a partir de esa evidencia que planté las trampas con un pegamento que le haría imposible escapar al roedor sin dejar algo de su piel atrás. Después fue sólo cosa de esperar.

Los días pasaron sin que cayera el ratón y comenzaba a perder la paz, pero finalmente lo hizo. Era el medio día y no había nadie en casa. Me encontraba solo e imperaba el silencio. Fue así que escuché golpecitos, apenas perceptibles, proviniendo del estudio. Mientras me acercaba pensé que el ruido provenía de la casa de mis vecinas, pero al entrar a la habitación me di cuenta del origen del sonido. La rata había caído.

Me asomé detrás del mueble de la tele y la vi ahí, a mitad de la cama de pegamento, luchando por escapar y respirando agitadamente. Pude percibir el pánico en su mirada al verme observándola desde lo alto, su desesperación cuando la levanté del suelo para llevarla a donde me pudiera deshacer de ella.

La idea inicial era arrojarla con fuerza a un punto indeterminado del baldío y dejar que muriera de hambre. Pero entonces me surgió un pensamiento más creativo. Dejé la rata en el patio delantero y subí al cuarto de mis papás para tomar la botella de alcohol etílico que mi mamá guardaba con el resto de los medicamentos, y tomé una caja de cerillos que guardaba en el buró de mi alcoba. Bajé corriendo las escaleras, tomé la trampa, y salí al baldío que se encontraba a tres casas de la mía. Sabía que no tendría mucho tiempo, pero aprovechando la cobertura que me brindaba la maleza, di con un pequeño claro que serviría para mis propósitos. En su centro había un enorme hormiguero. Podía verse a las hormigas salir y entrar del agujero, propagándose por todo el terreno por órdenes de su código genético.

Rápido y con cuidado di saltos sobre las puntas de mis pies hasta el centro del hormiguero, y deposité al ratón a la entrada de la guarida de las furibundas hormigas. En menos de un segundo ya estaban subiéndose a la trampa, listas para el ataque contra el objeto alienígena que amenazaba a su reina, a quien debían proteger a toda costa.

La criatura se sacudía, presa del terror al saberse impotente y completamente vulnerable para lo que vendría. Las hormigas avanzaron haciendo un puente con las que se habían quedado adheridas al pegamento, y llegaron hasta el pequeño roedor, que chillaba de dolor al sentir las pinzas de las hormigas cerrarse sobre su piel. No pasaron muchos minutos hasta que ya sólo podía verse una masa roja que se convulsionaba a causa del sufrimiento.

Fue hasta entonces que decidí darle muerte al animalejo. Abrí la botella de alcohol, y caminando velozmente sobre las puntas de mis pies, me acerqué y vertí parte de la botella sobre aquella masa roja. Le puse la tapa y rápido saqué los cerillos de mi bolsillo. Encendí uno y lo eché sobre el monte de hormigas que no dejaban de acumularse sobre mi enemigo. Tan pronto vi que el fuego se propagó, me alejé de ahí. Di saltos y me di palmadas en las pantorrillas para tirar las hormigas que se hubieran podido subir a mi pantalón. Entonces escuché un chillido horrendo, acompañado por el nauseabundo aroma a quemado que desprendía la carne del ratón, las hormigas, el pegamento y el plástico. Sentí ganas de vomitar y me fui de ahí, regresando a mi casa, la cual se encontraba nuevamente segura y libre de invasores.

Tal vez se pregunten qué lección aprendí de un acto de violencia innecesario como ese. Es sencillo. Si alguien se atreve a atentar contra aquello que amo, soy capaz de dejarlo reducido a cenizas si eso ayuda un poco a reparar el daño.

Si les comento todo esto es porque quiero que comprendan por qué estoy en un callejón, en medio de la oscuridad, con un bate de béisbol en mis manos, al acecho.

Hace tres semanas un infeliz asaltó a mi mejor amiga. Pero no conforme con robarle su bolsa, el desgraciado le dio una paliza que la llevó hasta el hospital. Me destrozó ver su hermoso rostro cubierto por una constelación que habían formado los moretones en su piel hinchada, y su mirada asustada, vacía. No sólo la destruyó física, sino también psicológicamente.

Al preguntarle sobre lo sucedido se mostró evasiva, sé que no era algo sobre lo que quisiera hablar, no cuando debía ser en lo único en lo que pensaba desde esa noche. Pero finalmente me dijo todo lo que necesitaba para dar con el maldito que se atrevió a lastimarla.

Ya lo había visto en varias ocasiones por la zona donde ella vive. Casi siempre de noche, otras por la mañana. Por lo general era un jueves o viernes, de eso está segura. Dijo que su aspecto es como el de un pendejo cualquiera, olía a alcohol y comenzó a insultarla y seguirla hasta el callejón donde ella vive. No supo en qué momento el sujeto se lanzó para arrebatarle el bolso. Ella forcejeó, naturalmente, y eso lo hizo perder el control. Comenzó a golpearla en el rostro y siguió golpeándola incluso después de que cayó al suelo. Pudo escucharlo escupir sobre ella antes de marcharse y dejarla semiconsciente.


Ahora comprenderán por qué no pude dejar que las cosas se quedaran así, en una simple denuncia al Ministerio Público y esperar a que las autoridades hagan su trabajo. Yo no tengo tanta paciencia, ni confianza en la proclamada justicia que imparte el Estado. Y como ustedes saben, desde pequeño me gustaba encontrar cosas. Es algo que se me da muy bien.

lunes, 23 de mayo de 2016

Every Day Is Exactly The Same






Otro día inicia. El techo blanco me abofetea con su cínico vacío. El sol brilla y la ciudad vuelve a la vida con sus ruidos metálicos y su smog. Las náuseas se acumulan en mi garganta y tengo que pasar saliva para no sentir que se me vuelve el estómago del disgusto de tener que pasar otra vez por lo mismo. Me quedo inmóvil debajo de las sábanas y hago mi mejor imitación de una roca pese a que la alarma sigue sonando y no se detendrá hasta que yo haga algo al respecto. Pero no hago nada. Mr. Blue Sky hace un inútil intento por motivarme lo suficiente para que levante mi trasero del colchón y comience la rutina, pero mi terquedad y deseos por no hacer cosa alguna son más fuertes. Y el techo blanco, que refleja la luz del exterior y la proyecta como navajas hacia mis ojos.

Seguro que si inspecciono mi habitación no encontraré rastro alguno de él. Todo estará limpio, sin rastros de la violencia acontecida la noche anterior. No habrá sangre, no habrá trozos de carne cercenada o piezas de un cráneo fracturado. Será como si nada hubiera sucedido. Otra vez. Como el día de ayer y el día anterior.

No sería tan desquiciante de no ser porque no queda evidencia alguna. No hay sangre por limpiar, no hay cadáver por enterrar. Sólo el vacío que es como el de ayer, pero más profundo, si es que eso tiene sentido. ¿Por cuánto tiempo tendré que soportar la misma estupidez, el mismo sinsentido que hace de mi vida una puta broma? Al carajo con todo.

Hago las sábanas a un lado y me incorporo con celeridad para forzarme a despertar, pero sólo consigo marearme y provocarme una jaqueca que me durará gran parte de la mañana. “Qué alegría estar vivo”, me digo en voz baja mientras me tomo la cabeza con las manos y cierro los ojos. Recuerdo que es miércoles y comienzo a hacer la lista de libros y cuadernos que tendré que llevar para las clases de hoy. Dentro de una semana comienzan los exámenes parciales y hay muchas tareas y trabajos por preparar. Eso sin contar que aún debo estudiar para las pruebas y que seguro dejaré todo hasta el final, como lo hice el semestre anterior, y como no faltaré en hacerlo ésta ocasión. Tantas cosas absurdas por las cuales preocuparse.

El día transcurre lento e insufrible como la muerte de una anoréxica a causa de la inanición. No sucede nada interesante o novedoso, los mismos rostros que recorren los pasillos, y escapar a fumar entre clases esperando un tumor se genere instantáneamente en mi cerebro y esa promesa de muerte se cumpla de una vez por todas, amén.

No es tan malo si lo veo como una posibilidad de distracción. Sí, no sucede nada nuevo, pero al menos esas interacciones me permiten privarme de otros asuntos más caóticos y fatalistas. Como el maldito cadáver que desaparece al fin de la noche. ¿A dónde es que va? ¿O quién se lo lleva? Tal vez todo sea imaginación mía, pero de ser ese el caso significaría que he perdido la razón, ¿no es así? Me deschaveté, se me fundió el foco, se me cruzaron los cables, me freí el cerebro. Vivo a la espera de que me pongan la camisa blanca y me encierren en una cómoda habitación acolchonada sin derecho a visitas. Lo preocupante es que ya podría estar en esa habitación blanca y quizás toda esta realidad sea sólo un constructo de mi mente enferma y severamente medicada. No hay modo de saberlo. Sólo espero que en esa realidad no termine siendo un vagabundo que recorre el centro de la ciudad con sus pantalones orinados y mantenga relaciones amorosas con perros callejeros. Digo, las posibilidades son infinitas y la vida es una perra, mejor tener contemplados los sitios siniestros en los que pueda pasar la noche.

Llego a la soledad de mi hogar, a su paz infernal y su blancura desquiciante. Hogar, dulce hogar. Me dirijo a la cocina sin un objetivo en mente. Abro el refrigerador y echo un vistazo. Nada apetecible. Pasa lo mismo con la alacena y sólo me queda hacer una mueca de frustración. No es que no tenga comida, pero no hay nada que me haga salivar. Ni hablar, no hay por qué comer si no se tiene antojo. Tal vez lo mejor sea tomar una siesta. De nada sirve querer funcionar si la falta de sueño me tiene hecho polvo.

Entro a mi habitación y enciendo el ventilador. Parece un maldito horno alemán. Ni en el infierno debe hacer tanto calor. Me tiro sobre la cama y me topo con el maldito techo blanco. Me recuerda del vacío y demás ideas maricas que me rondan como buitres esperado mi muerte. Lanzo un bufido a la nada y me giro boca abajo, todo estará bien en cuanto caiga dormido, la realidad no tiene por qué apestar. Respiro profundamente un par de veces, sintiendo mi cuerpo relajarse con la promesa del descanso. Pude imaginar la burlesca carcajada que estalló en mi mente cuando el estruendo de música banda llegó a mis oídos. Vivo cerca de un jardín de eventos y es usual que haya fiestas entre semana. Los odio con todo mi ser.

Me incorporo con violencia y enciendo el estéreo y la computadora. Pueden irse al diablo con su música horrenda, no estoy de humor para concesiones a extraños. Elijo una lista de reproducción aleatoria en itunes, me recuesto nuevamente boca abajo y cubro mi cabeza con una almohada. El enojo no se ha marchado y puedo imaginarme irrumpiendo en la fiesta con rifles de alto poder, listo para acabar con todos los presentes en mi camino al dj, al cual pondría de rodillas y lo miraría a los ojos con un revólver apuntando a su cabeza, lágrimas que se acumulan bajo sus párpados y resbalan por sus mejillas a causa de la gravedad. “Sólo quería dormir”, le diría antes de disparar el proyectil en su ojo derecho, esparciendo sus sesos en el suelo como una pintura de Pollock. Mi agente llegaría a mi lado y me diría que es la mejor de mis obras hasta el momento. Hablaría de hacer una exposición e invitar a Grimes para que sea la curadora. “El martes tienes una entrevista con Jimmy Fallon y quieren que seas coanfitrión en Saturday Night Live junto con Taylor Swift y Chris Pratt…” 

La oscuridad impera y me siento desorientado. La música se detuvo horas atrás y sólo queda el silencio. Debí dormir de más, es normal que suceda. Lo que no sé es por qué tenía que despertar. Escucho el ruido de una reja que se abre en la calle y me quedo estático y atento a ese sonido. ¿Podría ser la reja de mi casa la que están abriendo? No, tal vez no sea aquí. ¿Pero cómo saberlo con certeza? ¡Carajo! Me pongo de pie y voy a la habitación que da al frente de mi casa pero no hay nadie afuera. Eso no me tranquiliza. Tal vez ya han brincado la cerca y ahora tratan de abrir la puerta principal, por eso es que no los veo. Otra vez la paranoia.

Me doy por loco y entro al baño a vaciar mi vejiga. Si hago ruido tal vez se den cuenta que la casa no está sola y se marchen. Pero no hay nadie afuera, lo sé y eso sigue sin dejarme en paz. Doy otro vistazo a la calle antes de regresar a mi cama, pero me congelo al escuchar movimiento en mi alcoba. Ahí está. Camino cuidando de no hacer ruido y bajo a la cocina por un cuchillo. Esta vez no me sorprenderá desarmado, no señor.

Llevo el cuchillo en la mano derecha, listo para utilizarlo en contra de la bestia infame que repta y escupe bilis negra por todo el suelo. Criatura maldita, nos volvemos a encontrar. Mi habitación se encuentra a oscuras y me acerco sigilosamente al interruptor, pero la luz no viene cuando la llamo. Este debe ser otro de sus trucos. Me aferro con fuerza al cuchillo y mi cuerpo se tensa con la expectativa. Cada paso al interior se vuelve más pesado, el aire llega con dificultad a mis pulmones y puedo sentir al desgraciado observándome desde alguna esquina. El jadeo de la bestia comienza a hacerse cada vez más evidente. Ya no le preocupa mantenerse callado, trata de construir una atmósfera adecuada para consumirme. Cree que no me doy cuenta de ello, pero hemos hecho esto tantas veces que conozco bien sus intenciones. Golpea la mesa y un par de objetos caen al suelo. Las pulsiones en mi cabeza amenazan con debilitarme en esta batalla, no veo ni un carajo y sé que se acerca cada vez más.

Primero el grito desquiciante que perfora e inyecta el miedo en mí, luego su ataque cobarde que me hace caer al suelo y me pone a su alcance. Lanzo patadas en todas direcciones pero no acierto un solo golpe. Su risa me rompe los nervios y la ira me hace estallar en una serie de improperios. Blando el cuchillo listo para exterminarlo, despedazarlo con mis manos y dejarlo reducido a nada. Lo provoco y lo animo a enfrentarme en lugar de andarse con juegos absurdos. Obedece y se lanza sobre mí, rasguñando y golpeando mi rostro incesantemente mientras intento sujetarlo y encajar el cuchillo en su putrefacto ser. Un líquido espeso me empapa conforme la navaja penetra su ser y lo hace chillar incontrolablemente. Lo golpeo en el rostro para que se calle y me lanzo encima de él, sujetando su cabeza contra el suelo y lanzando furiosos ataques a su cuello. Se atraganta con su propia sangre y me la escupe al rostro como un último recurso a la burla que ya no puede profesar. Desgarro su garganta y encajo el cuchillo sin control alguno mientras siento su carne separarse y su sangre salpicar todo a nuestro alrededor. El frenesí se apodera de mí y no me detengo hasta separar su cabeza del torso y sostenerla con mi mano izquierda en señal de victoria.

Arrojo la cabeza a un lado como la basura que es y me pongo de pie con dificultad. El cuerpo molido por la contienda contra la bestia, mi ser bañado en su sangre y el cuchillo aún en mi mano. Es hora de dormir. Arrastro los pies hasta la cama y me recuesto sintiendo la levedad llegar a mis extremidades. Me cubro con las sábanas y dejo el cuchillo bajo la almohada en caso de necesitarlo, nunca se sabe. Pierdo la conciencia y me abandono al vacío de una noche sin sueños.


Otro día inicia…


lunes, 10 de agosto de 2015

Better off dead







He asesinado a muchas personas. No importa cómo lo mire, he hecho algo terrible. Desde el primer día, aquel en que terminé bañado en la sangre de aquella adolescente, he tratado de encontrar una justificación a mis acciones. Y funcionó, claro que sí. Me tragué la primera mentira que llegó a mi cabeza. Lo que fuera con tal de alejar de mi mente el sentimiento de culpa, no por eso olvidando el temor de ser descubierto y expuesto como lo que realmente soy.

Creí que todos sabían lo que había hecho, que lo llevaba impreso en el rostro con la sangre de mi víctima. Justo en la frente, donde todos pudieran leerlo. Pero pasaron los días y nada sucedió. No había noticias del asesinato de la chica en los periódicos. Ni siquiera informaban que hubieran encontrado el cuerpo. Nadie me buscaba, nadie sabía mi secreto. Entonces supe que no era la culpa lo que me asediaba. Era el miedo a ser descubierto, a ser apresado como una bestia inmunda. El miedo de ver el mundo que edifiqué caer en pedazos, moronas irreconocibles de lo que un día fue y no será jamás. Ese era el verdadero temor.

El cielo descarga su ira sobre la ciudad. Los relámpagos iluminan las oscuras calles por las que transito sin prestar atención a lo que me rodea, ni al rumbo que llevo. Sólo sé que necesito escapar, aunque no sé de qué. Tal vez de mí mismo. De lo que soy y que no puedo cambiar. La oscuridad me envuelve y no logro ver nada más allá de ella. He llegado al punto sin retorno. Al punto en el cual debo decidir qué es lo que quiero hacer. Si continuar con las mentiras, con todo el dolor y sufrimiento que he causado y que no se detendrá… o si debo ponerle fin a toda esta locura.

Cuando desapareció el pánico que causó en mí el primer asesinato, juré que no lo volvería hacer. Me dije que sólo fue cosa de una vez. Que ahora que lo había sacado de mi sistema, no tenía porqué volver a repetirlo. Finalmente lo había hecho y podría seguir adelante con mi vida. Qué ingenuo fui. A partir de entonces algo cambió. Fue como si un ente oscuro se hubiera adueñado de mi cuerpo, de mis pensamientos. El mundo a mi alrededor se había roto. Ya no era el lugar que alguna vez tomé por real y seguro. No… ahora las cosas estaban aún más claras. Este mundo es un lugar horrendo. Y más porque yo estoy en él, contribuyendo a crear la fetidez que hace que la gente se tape la nariz y mire a otro lado.

Pero sé que no pueden apartar la mirada. No realmente. Estamos acostumbrados a la violencia, es parte de nuestra vida. Somos bombardeados con ella desde todos los frentes. La muerte se ha convertido en parte de nuestro día a día, lo queramos o no. Yo sólo soy un agente más del caos. La muerte me ha encomendado enfriar tantos cuerpos como me sea posible. Está en mi naturaleza. Eso lo descubrí cuando encontré a mi segunda víctima.

Entonces no actué inmediatamente ni de forma impulsiva, como con la primera. Esta vez me tomé mi tiempo. No lo hice conscientemente, o tal vez sí. Me dije que mirar no hacía daño a nadie. Que mientras me mantuviera en la periferia, no habría problema alguno. La seguía a su casa todas las noches después de que salía de trabajar. Se convirtió en mi obsesión, en mi actividad extracurricular. No me faltaba el deseo de acercarme más a ella para poder escuchar su voz y respirar su aroma. En una ocasión estuve a punto de hacerlo, pero recapacité a tiempo. Lo mejor era no ser visto cerca de ella. No tardé mucho en aprender sus horarios y sus rutas, con quién salía, y hasta qué hacía cuando se encontraba sola. Estaba jugando un juego sumamente peligroso, en el cual no sólo ella saldría perdiendo.

Finalmente cedí al deseo. Esa mañana desperté con la certeza de que no podría soportarlo por más tiempo. Pasé el día pensando en cómo llevaría a cabo su secuestro, a dónde la llevaría para saciar con su cuerpo mi retorcida hambruna, y dónde terminaría por esconder sus restos del mundo. Supe cómo la asesinaría el primer instante en que la vi. Ese era el detalle. Su destino se definió en cuanto posé mis ojos en ella. Sabía que lo disfrutaría demasiado, que la diversión sería enorme y el éxtasis se apoderaría de mí.

Nunca me he sentido tan vivo como en aquellos momentos en los que la sangre de mis víctimas salpica y empapa mi cuerpo. El calor que me envuelve es sofocante, me nubla el pensamiento con cada corte, con cada penetración de la fría navaja en sus tibios cuerpos. Sé que tengo una enfermedad. Una que nunca podré curar. Y no estoy seguro de que quiera hacerlo.

Conduzco a toda velocidad por las desoladas calles de esta inmunda ciudad. Ya me he terminado la botella de whisky que traía conmigo, y siento que el momento de finalizar la noche se acerca. Las lágrimas corren por mis mejillas, pesadas y cálidas. No puedo dejar de llorar. No puedo dejar de sentir este inmenso odio por lo que soy, por lo que he hecho. Grito y aúllo perdido en mi sufrimiento. Por más que lo intente, no puedo cambiar lo que soy. Jamás podré. He guardado este secreto desde el inicio y me carcome no poder contárselo a nadie. Me encuentro extraviado, alienado de toda conexión humana real. Nada es lo que parece conmigo. Nadie sabe lo que realmente pasa por mi cabeza. No saben de la ira, del deseo de destruir todo a mi paso, de la doble vida que llevo.

He tomado una decisión, si acaso decir eso es correcto. Fue una idea fugaz, como aquellas que acudían a mi mente meses antes de tomar mi primera vida. Piso el acelerador hasta el fondo, rugiendo con el motor, buscando explotar junto con el. Pienso en mi familia y amigos, en lo que se dirá de mí después de que haya partido al infierno. En la fiesta de bienvenida que me darán espíritus y demonios cuando vaya a reunirme con ellos como un igual. Sólo puede ser de ese modo. Sólo así lograré conseguir paz.

Las curvas en el mirador de la ciudad son cada vez más angostas. La adrenalina dicta mi rumbo y sólo me queda abandonarme a sus instintos. Desabrocho el cinturón de seguridad, no tiene caso jugar con mi vida si no voy a salir perdiendo, ganando, ya nada tiene sentido. Río y grito con cada curva que logro superar sin impactarme contra los muros de contención. No hay necesidad de dejar explicaciones atrás. Nadie podría comprenderlo, ni yo mismo puedo hacerlo.


Alcanzo altura, como los halcones alzan el vuelo antes de abalanzarse sobre su presa en el suelo. Soy un halcón, un depredador. Eso nadie lo podrá cambiar. No importa cuánto lo intenten. No importa cuánto traten de convencerse de lo contrario. He llegado al fin de mi camino, literalmente. El primer impacto, contra la barra metálica que delimita el mirador, me confirma que es muy tarde para dar marcha atrás. Esta era la única conclusión lógica, terminar al fondo del barranco acompañado por las dos últimas mujeres que me hicieron sentir vivo. Encontrarán sus cuerpos en el maletero, creando más preguntas dentro del sinsentido de mi muerte. Ya habrá tiempo para explicaciones, sólo que no seré yo quien tenga que traer luz a la oscuridad en la que me he sumergido.

miércoles, 29 de julio de 2015

Just another job

 
 
  • ¿A dónde vamos? 
  • Entre menos sepas, mejor. Créeme. 
  • Me sentiría más cómodo si supiéramos lo que estamos por hacer. 
  • Conste, pero no te vayas a escamar desde ahorita, eh, porque no hay salida de esto. 
  • Lo sé, es sólo que necesito saberlo para estar preparado. 
  • Mmm… Vamos a levantar al hijo de un cabrón… Mira, te digo que es mejor que no sepas. Ya he traído a otros como tú: novatos, recién contratados. Les dije cómo iba el bisnes y se me echaron para atrás a medio camino. Por eso te digo que es mejor que no sepas nada. 
El viento entra por la ventana sacudiendo mi cabello a su antojo. Transitamos por una de las zonas más descuidadas y peligrosas de la ciudad. Tengo una pistola en las manos. Su frialdad me asusta. Trato de imaginar el trabajo mientras medito las palabras del Chepo. El frío cala y me siento pequeño, indefenso. Es la primera vez que tengo un arma entre las manos y no sé qué hacer con ella. Hemos pasado el libramiento en dirección a Salamanca. No sé qué vaya a pasar al final de la noche. Me prometieron diez mil pesos una vez que terminemos el trabajo. Si nos agarran, estamos por nuestra cuenta. Si la libramos, diez mil pesotes a la bolsa. Cosa fácil. Me serviría mucho esa cantidad de dinero. La vieja está enferma y hay que pagar las medicinas mes con mes. Ahora que se ha puesto peor, es lo único que puedo hacer para ayudarla. 
 
Trato de no pensar en la vieja y en sus medicinas. En sus quejidos nocturnos y todas las veces que he tenido que ayudarla a ir al baño. Tengo incrustado en la nariz el pesado aroma de su orina, como recordatorio de lo mierda de mi situación. Hace tres años que murió el viejo y de ahí todo se ha ido cuesta abajo. 
 
Entramos a la ciudad y los nervios me congelan la sangre. Mis brazos se vuelven pesados como el plomo, y mis manos se derriten al contacto con el metal de la pistola. 
  • Sigo pensando que es mejor saber qué es lo que vamos a hacer. 
  • Cálmate, chiquillo. Tu único trabajo es esperar en la camioneta y hacer lo que yo te diga. 
Aprieto el arma e imagino caos, balaceras y muerte. Detesto no saber cuál es el plan, qué es lo que se debe hacer. Desde niño fui así, curioso. Necesitaba saber las reglas del juego antes de meter mano a las piezas. Ahora me temo lo peor. Nunca he usado una pistola en mi vida. Ni siquiera sé si tiene el seguro puesto. No me gustaría que se disparara hiriéndome a mí o al Chepo. El plan se arruinaría y adiós dinero. Adiós al dinero y adiós a la vieja. Mi vida entera derrumbada, hecha añicos. No, las cosas tienen que salir bien. Le conseguiré el mejor médico a la vieja y pronto saldremos de esta mala racha. 
 
Nos adentramos a la ciudad sin que identifique la zona en la que estamos. El viento me congela y no puedo subir el vidrio. Si lo cierro me sentiré atrapado, sin salida de una situación desastrosa de la cual no tengo control alguno. Todo en mi vida es así: incontrolable. La muerte del viejo. Su sepultura en un campo fertilizado por otros cadáveres como él. La enfermedad de la vieja y su camino a la tumba si no tengo cuidado No quiero quedarme solo, no tengo más familia. Mi suerte no podría ser peor. 
  • Prepárate, estamos por llegar. Yo me bajaré e iré por el encargo. Tú quédate aquí a vigilar y no hagas ninguna pendejada. Si ves que viene una patrulla, me marcas al celular. No contestaré, pero sabré que algo ocurre. Toma, usa este celular para marcarme. Recuerda, todo saldrá bien si cumples mis órdenes. Ahora ponte atento, que ya llegamos. 
  • S-sí. 
 
No se me ocurre otra cosa por decir. Tengo la mente en blanco, y una parte de mí se siente indefensa cuando el Chepo sale de la camioneta con el pasamontañas puesto. Estamos frente a la casa donde se encuentra la persona a la que vinimos a levantar. El Chepo le dio a la vuelta a la casa para entrar por la parte trasera. Es viejo, pero se mueve ágilmente. Lo conocí hace tres semanas. Fui a comprar uno de los medicamentos de la vieja a la farmacia de siempre. El encargado me informó del aumento en el precio de la medicina y yo perdí la cabeza. Me enfrasqué en una discusión sin sentido, desahogando mi frustración e impotencia con el encargado de la farmacia, que no tenía la culpa de mis desgracias. El Chepo me siguió y me detuvo en el regreso a casa. Compró el medicamento para mí y platicamos un poco. Me habló de lo mucho que podría ayudarme si trabajara junto con él en un encargo. Su oferta me cayó como del cielo. La ferretería en la que trabajaba cerró, y la pensión del viejo apenas y nos alcanza para sobrevivir. 
 
La calle está oscura y desierta, sólo alcanzo a escuchar a los camiones transitando por la avenida. Me mantengo atento a causa de la paranoia, aún con la vorágine de pensamientos y recuerdos que pasan por mi cabeza. Veo al Chepo avanzar decididamente con un objeto grande entre sus brazos. Pensé que secuestraríamos a alguien. 
  • ¡Abre la cajuela, rápido! 
Actúo veloz y mecánicamente. Mi cuerpo está tenso y me quedo de pie como imbécil al ver al Chepo meter el cuerpo de un niño a la cajuela de la van. 
  • ¡Métete con él! Órale, ¿¡qué esperas!? 
  • Pensé que vendríamos por un cabrón, ¿de quién es ese niño? 
  • ¡Que te calles, pendejo! ¡Súbete ya! 
Los oídos me zumban mientras subo a la cajuela y cierro la puerta tras de mí. El Chepo sube y arranca velozmente. Mi cuerpo y el del niño son lanzados de un lado a otro furiosamente con los giros del volante. El niño comienza a llorar. Despertó y pide por su mamá. 
  • ¡Cállalo! ¿Qué crees que haces? 
  • Pensé que levantaríamos a alguien más. 
  • El jefe lo quiere así, ahora cállalo. 
Le repito al niño que todo estará bien, que lo llevaremos al parque de diversiones. No paro de decir cosas sin sentido y nada parece calmarlo. 
  • ¡Con una chingada, que lo calles! 
Me siento peor con cada instante que pasa. Tengo náuseas, todo gira vertiginosamente a mi alrededor. El niño llora y yo quiero llorar junto con él. ¿En qué rayos me metí? El Chepo mencionó al jefe. No me ha dicho algo específico sobre él, como su nombre o apodo. Pero sé que tiene mucho poder y recursos.  Me lo figuro como un espectro entre las sombras, mostrando únicamente su mano al estirarla y darle una orden a sus fieles trabajadores.  
  • Chepo… ¿para quién trabajamos? 
  • ¿Para qué quieres saber? 
  • Tengo curiosidad. 
  • Acuérdate del gato y aprende de él, no vaya a ser que también termines tieso por andar de curioso. No tiene sentido que sepas quién es si sólo trabajarás para nosotros una sola vez. Y una vez que entras en este negocio, no puedes salir tan fácilmente. Yo llevo varios años trabajando para él. Es muy profesional y siempre paga a tiempo si es que uno también se pone las pilas y hace las cosas como se le piden. ¿Por qué, estás pensando en trabajar con nosotros por más tiempo? Podría irte muy bien, considerando que tienes quince años y necesitas el dinero para la medicina de tu mamá. 
  • Lo he pensado… el dinero me servirá de mucho, y las cuentas no pararán de llegar, con el tiempo no será suficiente. 
  • Pues piénsale, me han comentado que les hará falta una mano extra en la hacienda. Mes con mes levantamos a uno, quizás dos paquetes. Pero este mes pidieron más de los acostumbrados. Así que nos ayudarías bastante. Y por el dinero, ni te preocupes, tu mamá obtendrá lo mejor para su recuperación, nosotros nos encargaremos de ello.  
  • Gracias. Pero dime, ¿siempre son niños? 
  • Niños, a veces adolescentes. Depende de lo que pida el patrón y sus colaboradores. Él me da la dirección y yo los levanto. 
  • ¿Y qué hacen con ellos? 
  • ¿Qué te dije sobre hacer muchas preguntas? 
Un mal presentimiento se aloja en mi pecho. Es mucho dinero, ¿pero estará bien todo esto? 
  • Es sólo que no me queda muy claro. ¿Cobran alguna clase de recompensa? 
  • Eso sí no sé. Una vez que le llevo un encargo al jefe, el trabajo ha terminado para mí 
  • ¿Y no te causa curiosidad? 
  • Claro, pero aprendí a callar y mejor observar. 
  • ¿Qué quieres decir? 
  • Lo que quiero decir es que no somos los únicos que trabajamos para él. Existe una red de empleados que se encargan de distintas áreas del negocio del patrón. Conozco a dos o tres de ellos y me contaron las cosas horrendas que les hicieron a aquellos que no cumplían los encargos tal cual se les pedían. Los desaparecían no sólo a ellos, sino a sus familias. Por Dios que no quisiera que eso me pase a mí. Así que tú también ten cuidado y no seas imprudente. 
  • ¿Y quién es el jefe? 
  • Ya lo sabrás cuando lleguemos, es muy conocido en todo el estado. Cuídame bien al niño y arréglalo un poco. Llegaremos en veinte minutos. 
Hemos regresado a la carretera camino a Irapuato. El quedo lloriqueo del niño evita que mis pensamientos vuelen más allá del parabrisas, más allá de esta carretera y de cualquier ciudad. Siento que algo no anda bien. Me siento mal por entregar al niño sin saber qué es lo que sucederá, si es que volverá a ver a su madre o desaparecerá como tantos otros a lo largo del país, sepultados bajo los escombros de una sociedad agrietada y sucia. ¿Qué estoy pensando? Yo mismo soy partícipe de toda esta mierda, el sentirme culpable no cambiará la situación. No me hará mejor persona, pero el saberlo me reconforta un poco. 
 
El Chepo baja la velocidad y entra a un camino de terracería. Hemos de estar por llegar y vuelvo a sentirme atrapado, diminuto, indefenso. El niño llora con más fuerza, como si presintiera el peligro. Debe tener cinco o seis años. Está aterrado, quizás más que yo. Y con justa razón Lo rodeo con el brazo y le repito que todo estará bien. Pronto llegaremos y le darán nieve de chocolate. Por supuesto que eso no lo tranquiliza, puede ver a través de las mentiras que escupo sin que pueda sonar convincente. Algo me dice que nada bueno le pasará a partir de ahora. Que tal vez no viva lo suficiente para volver a jugar en las calles o abrazar a sus padres antes de dormir. Puedo ver que nos acercamos a una hacienda en la mitad de la nada. La casa es inmensa y hay gente cuidando los alrededores. El jefe debe tener muchísimo dinero como para poder pagar por todo esto. 
  • Deja ahí al niño y pásate para acá. Necesito que te vean antes de entrar. 
Me paso al asiento del copiloto, recibiendo el aire helado que entra por la ventana. Tomo el arma entre mis manos y me pregunto si ya no será necesaria. Nos acercamos a los terrenos del jefe. Eso debería tranquilizarme, saber que pronto estaremos rodeados por hombres de los nuestros. No me siento ni un poco contento. Quiero que esto termine pronto y regresar a casa con la vieja. Creí que podría hacer un trabajo como este sin muchas complicaciones. Parece que no soy el hombre para este trabajo 
 
Hemos llegado a la entrada principal de la hacienda. Dos hombres armados nos interceptan y saludan familiarmente al Chepo. Al verme encogido en mi asiento, los dos hombres ríen divertidos.  
  • Quiero que te mantengas callado y hagas todo lo que yo te diga, ¿me entiendes? Me voy a estacionar frente a la casa. Yo bajaré, tú te quedas aquí hasta que yo vuelva. Ahora dame la pistola, ya no la necesitas. 
Asiento sin emitir un sonido y le entrego el arma. Fuera de la casa hay dos hombres con metralletas. Ellos no saludan al Chepo. La puerta de la casa se abre y sale un grupo de individuos vestidos con túnicas blancas, sus rostros ocultos con capuchas negras. Detrás de ellos aparece uno que lleva una túnica púrpura, cuyo rostro también se encuentra oculto. La situación se vuelve más bizarra y me siento sumergido en un sueño espantoso. Deseo con todas mis fuerzas desaparecer sin más, esfumarme sólo para aparecer en mi cama, bajo las cobijas, cerca de la vieja. El Chepo se acerca al grupo de hombres, se inclina para besar la mano del que lleva la túnica púrpura y charla con ellos. No alcanzo a escuchar lo que dicen, asienten, se miran entre ellos. Luego, el Chepo y los hombres encapuchados miran en mi dirección sin apartar la mirada por lo que parecen años. El Chepo regresa a la camioneta, se sienta en silencio y, tras unos segundos, me pide que baje al niño y se los lleve. 
  • Por cierto, el jefe quiere que te quedes esta noche con ellos. Piensan que les serás de mucha utilidad. 
  • Pero se supone que esta noche regrese a mi casa. No puedo desaparecer. Necesito estar ahí en la mañana, cuando la vieja despierte con sus dolores y deba ayudarla a ir al baño. 
  • Tranquilo, tranquilo. El jefe sabe todo esto, créeme. Sólo quieren que los apoyes un par de horas. Por la mañana te llevarán a tu casa y tu mamá no sabrá siquiera que te fuiste. 
El mundo se cierra y sus paredes me aprisionan. No puedo decir que no. Si me niego puede que no me paguen los diez mil que me prometieron. También está lo que dijo el Chepo sobre lo que les pasa a quienes no hace el trabajo como se los ordenan. No quiero que me maten a mí y a la vieja. Pero entonces, ¿qué hago?  No puedo permanecer más tiempo paralizado como estoy. Me trago mis miedos e inseguridades. Como dijo el Chepo, debo ser prudente. Una estupidez podría costarme la vida. Terreno hay mucho, no les sería complicado hacer un hoyo y dejar que me pudra en él.   
 
Abro la cajuela del automóvil y le pido al niño que me acompañe. Por supuesto que se rehúsa a hacerlo. Sabe que las cosas no andan bien, que quizás empeoren. Ya no puedo pronunciar palabras reconfortantes. No para él, ni siquiera para mí. El niño chilla y se retuerce mientras lo jalo fuera de la camioneta. Pelea por su vida como lo haría cualquier otro en su situación, incluso más. Me rasguña y patea intentando liberarse de mi abrazo. Siento como si llevara una eternidad caminando sobre la tierra. Rumbo a mi muerte, a mi entierro. 
 
Todos me miran acercarme con el niño en brazos. Debo verme ridículo, pues no puedo controlarlo. Siento mi rostro arder cuando el hombre con la túnica púrpura me dice que me detenga. Estoy a unos cinco metros de ellos, con el niño en los brazos. Entonces, el que debe ser el jefe me habla, su voz suena como la de un viejo, pero es enérgica y dominante. 
  • ¿Cómo te llamas, hijo? 
  • Josué… señor. 
  • Josué, mis compañeros y yo quisiéramos que te nos unas esta noche. ¿Estarías dispuesto a hacerlo? 
  • ¿Qué es lo que tendré qué hacer? 
  • Vamos, Josué, no seas un aguafiestas. No querrás arruinar la sorpresa, ¿cierto? 
  • N-no, señor. 
  • Comprendo que tienes una madre enferma, Chepo ya me ha contado todo sobre ti. Debes saber que después de esta noche no tendrás por qué preocuparte más por los gastos generados por la enfermedad de tu madre. 
  • ¿Ustedes se encargarán de ello? 
  • Sí, Chepo ya tiene instrucciones precisas. Ahora ven, debes estarte congelando en un clima como este. Dentro tenemos un cambio de ropa para ti. Uno más adecuado para las tareas que desempeñarás esta noche bajo nuestra supervisión. 
Los miro a todos ellos, a los guardias, a los hombres encapuchados. Todos esperan que cumpla una función que ni siquiera yo estoy seguro que pueda llevar a cabo. Los brazos se me entumecen por el esfuerzo que representa cargar al niño por tanto tiempo. Antes de dar un paso, miro en dirección a la camioneta, al Chepo, a aquello que me resulta familiar entre la bruma y las sombras que me rodean. Todo por diez mil pesos, por una vida sin problemas de dinero. Sin la preocupación de que la vieja se me muera al dormir. Sin tener que pensar en qué demonios haré para conseguirnos de comer. Camino sin saber qué es lo que sucederá una vez que la puerta se cierre. Regresa el zumbido en mis oídos al pasar por entre las dos filas de hombres que me miran por debajo de sus capuchas, como búhos observando a su presa. Escucho el motor de la camioneta encenderse y avanzar hasta perderse en el ruido de pensamientos que estallan uno tras otro en mi cabeza. Es sólo un trabajo más, eso fue lo que me dijo el Chepo cuando nos conocimos.