martes, 12 de junio de 2012

De jugar a quemar hormigas con una lupa en mano


Camina lentamente bajo el inclemente sol, arrastrando un enorme bulto por detrás suyo. Lo lleva cuesta abajo, hasta las faldas de la montaña. El interior del bulto se sacude frenético intentando liberarse, violentos espasmos lo hacen retorcerse sobre el árido suelo. La vieja toma una roca y la deja caer sobre el saco, que lanza un grito ahogado, sacudiéndose con más fuerza que antes. La anciana mira el bulto con repulsión, como si le molestara que aún pudiera moverse. Se pone en cuclillas y vuelve a tomar la roca, descargándola una y otra vez sobre el bulto que va dejando de moverse a cada golpe que le es propinado. Algo cruje en su interior, quizás el cráneo, quizás un brazo. La sangre aparece como una ligera mancha, haciéndose más grande hasta empapar toda la tela. La anciana continúa golpeando, sudando a cántaros por el esfuerzo.

Una vez que el bulto ha quedado inmóvil, arroja la roca lejos de ahí, resoplando exhausta. Seca el sudor con el dorso de su mano izquierda. Necesita tomarse un descanso. Sobre su cabeza, en el cielo, los buitres rondan haciendo círculos en espera de bocado. Se arrodilla y olfatea su carga, la sacude con los brazos cerciorándose que haya muerto.

Se pone de pie y posa su vista en el cielo, un rayo de luz en los ojos la deja ciega momentáneamente. Retrae la mirada y maldice al sol con odio. Sabe que la ha cegado intencionalmente por mera diversión. Se contrae y restriega sus ojos con las manos, tratando de recobrar la vista. Una fuerte risa, venida de lejos, llega hasta sus oídos. Aguza la mirada para encontrar la fuente de tan burlona carcajada. Allá lejos, donde comienza el bosque, lo ve prendido de una rama. Un enorme y majestuoso cuervo. Lo maldice a él también, que siempre la vigila, pendiente de todo cuanto hace. Le hace una seña obscena y le grita que se largue. Pero éste no se mueve.

Patea el bulto para liberar su enojo, luego toma la soga y continúa su camino. Es medio día y el sol parece querer fundirlo todo con su calor. El andar de la vieja se vuelve lento y anárquico, zigzaguea y pierde dirección. Las piernas comienzan a fallarle, el sol se ha hecho insoportable y sabe que Él disfruta viéndola padecerlo. Pero ya no falta mucho, ya puede ver el lugar donde ha hecho la zanja para enterrar el cuerpo.

Por fin llega a la que será la tumba de la muerta. Desata el nudo y tira el contenido en el hoyo. Una joven no mayor de dieciséis años, con el cuerpo magullado, lleno de moretones y cortaduras, yace inmóvil en el fondo. Tiene el cráneo hecho trizas por tan tremenda golpiza y el estómago hinchado y de color verduzco. Aún muerta, la expresión de terror y sufrimiento no desapareció de su rostro. La vieja observa sin hacer movimiento alguno, absorta en sus pensamientos. Su perfil comienza a endurecerse y desencajarse de rabia, aprieta la mandíbula y comienza a gritar como desquiciada; se hinca y golpea el suelo, luego toma piedras cercanas y las arroja al cuerpo de la doncella preñada. Escupe y maldice llena de ira. “¿¡Por qué, por qué!?”, se le escucha gritar salvajemente.

El cuervo observa desde lejos con diversión, la escena que se le presenta. Abre sus inmensas alas y emprende el vuelo hasta perderse de vista. La anciana decrépita llora inconsolable ante su fracaso.


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