Camina lentamente bajo el
inclemente sol, arrastrando un enorme bulto por detrás suyo. Lo lleva cuesta
abajo, hasta las faldas de la montaña. El interior del bulto se sacude
frenético intentando liberarse, violentos espasmos lo hacen retorcerse sobre el
árido suelo. La vieja toma una roca y la deja caer sobre el saco, que lanza un
grito ahogado, sacudiéndose con más fuerza que antes. La anciana mira el bulto
con repulsión, como si le molestara que aún pudiera moverse. Se pone en
cuclillas y vuelve a tomar la roca, descargándola una y otra vez sobre el bulto
que va dejando de moverse a cada golpe que le es propinado. Algo cruje en su
interior, quizás el cráneo, quizás un brazo. La sangre aparece como una ligera
mancha, haciéndose más grande hasta empapar toda la tela. La anciana continúa
golpeando, sudando a cántaros por el esfuerzo.
Una vez que el bulto ha
quedado inmóvil, arroja la roca lejos de ahí, resoplando exhausta. Seca el
sudor con el dorso de su mano izquierda. Necesita tomarse un descanso. Sobre su
cabeza, en el cielo, los buitres rondan haciendo círculos en espera de bocado.
Se arrodilla y olfatea su carga, la sacude con los brazos cerciorándose que
haya muerto.
Se pone de pie y posa su
vista en el cielo, un rayo de luz en los ojos la deja ciega momentáneamente.
Retrae la mirada y maldice al sol con odio. Sabe que la ha cegado
intencionalmente por mera diversión. Se contrae y restriega sus ojos con las
manos, tratando de recobrar la vista. Una fuerte risa, venida de lejos, llega
hasta sus oídos. Aguza la mirada para encontrar la fuente de tan burlona
carcajada. Allá lejos, donde comienza el bosque, lo ve prendido de una rama. Un
enorme y majestuoso cuervo. Lo maldice a él también, que siempre la vigila,
pendiente de todo cuanto hace. Le hace una seña obscena y le grita que se
largue. Pero éste no se mueve.
Patea el bulto para liberar
su enojo, luego toma la soga y continúa su camino. Es medio día y el sol parece
querer fundirlo todo con su calor. El andar de la vieja se vuelve lento y
anárquico, zigzaguea y pierde dirección. Las piernas comienzan a fallarle, el
sol se ha hecho insoportable y sabe que Él disfruta viéndola padecerlo. Pero ya
no falta mucho, ya puede ver el lugar donde ha hecho la zanja para enterrar el
cuerpo.
Por fin llega a la que será
la tumba de la muerta. Desata el nudo y tira el contenido en el hoyo. Una joven
no mayor de dieciséis años, con el cuerpo magullado, lleno de moretones y
cortaduras, yace inmóvil en el fondo. Tiene el cráneo hecho trizas por tan
tremenda golpiza y el estómago hinchado y de color verduzco. Aún muerta, la
expresión de terror y sufrimiento no desapareció de su rostro. La vieja observa
sin hacer movimiento alguno, absorta en sus pensamientos. Su perfil comienza a
endurecerse y desencajarse de rabia, aprieta la mandíbula y comienza a gritar
como desquiciada; se hinca y golpea el suelo, luego toma piedras cercanas y las
arroja al cuerpo de la doncella preñada. Escupe y maldice llena de ira. “¿¡Por
qué, por qué!?”, se le escucha gritar salvajemente.
El cuervo observa desde
lejos con diversión, la escena que se le presenta. Abre sus inmensas alas y
emprende el vuelo hasta perderse de vista. La anciana decrépita llora
inconsolable ante su fracaso.
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